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domingo, 18 de agosto de 2013

Algo anda terriblemente mal


En el sistema educacional algo huele definitivamente mal. Lamentablemente nadie parece saber cual es el origen del hedor.

Muchos culpan injustamente a los profesores. A ellos, a quienes verdaderamente les importa la educación. A quienes inocentemente pensaron dejar sus huellas en las aulas e influir en la juventud para entregarles valores y conocimientos. Pero si bien están atrapados en un sistema que les paga mal, que no reconoce su importancia, que no les da autonomía ni libertad, siguen yendo a clases resignados e intentando enseñar lo mejor que pueden. Se refugian en ese viejo mundo de los libros donde aprendieron a vivir, que hoy parece estar pasado de moda.
¡No es raro que estén frustrados!

Algunos culpan a los estudiantes. Pero ellos pertenecen a una nueva generación, son nativos digitales, viven híper-conectados, ultra-comunicados… Están acostumbrados a la acción y satisfacción inmediata. Son multitaskers que no aceptan las normas sociales de los mayores. Porque viven en un mundo completamente diferente: un mundo con internet. Un mundo anárquico, plano, diverso, cooperativo y donde todo ocurre a un par de clicks de distancia.
¡No es raro que estén aburridos!

Otros en cambio, culpan a los padres.  Porque la mayoría de ellos son dependientes de un trabajo, que los exige y los estresa… Un trabajo que les permite darles a sus hijos muchas de las comodidades que ellos no tuvieron. Padres que viven en el mundo de la televisión, ese mundo que sistemática y repetidamente nos incita a consumir sin restricciones. Son padres hipotecados y con la agenda colmada de compromisos…
¡Sencillamente no tienen tiempo!

Nosotros sospechamos que lo que huele mal no es la calidad de los profesores, ni la capacidad de aprendizaje de nuestros jóvenes, ni la dedicación de los padres. Es un sistema educacional rígido, que no reconoce el extraordinario cambio que ha experimentado el mundo ahora que tenemos internet. Un mundo que funciona de otra forma. Creemos que el sistema educacional industrializado, uniforme, jerarquizado, fragmentado y desconectado del mundo actual, está descomponiéndose a pasos agigantados. Hemos convertido a nuestros profesores en máquinas, que exponen la misma materia año tras año;  y a nuestros alumnos en productos estandarizados que aprenden lo mismo, al mismo ritmo y tiempo, sin considerar sus talentos, condiciones o intereses.

Hemos deshumanizado a la educación. Una consecuencia no prevista de una buena intención. Buscando ser eficientes e intentando masificar el acceso al conocimiento, hemos perdido de vista el sentido original de la educación: preparar a las nuevas generaciones para vivir en armonía con el mundo real.

Necesitamos una nueva pedagogía, que incluya pero trascienda la actual. Necesitamos diseñar una educación orientada a aprovechar la principal característica del ser humano: su capacidad de reflexionar. ¡Necesitamos enseñarles a nuestros jóvenes a pensar! Ni más, ni menos.

Desde la biología, podemos rescatar el concepto de evolución, para diseñar una educación dinámica y flexible, que entienda el desarrollo humano como un proceso en etapas, dependiente de las condiciones de vida, que nos permita enseñar a pensar contextualmente. También podemos recoger el concepto de sustentabilidad para enseñar a pensar a largo plazo.

Con los conocimientos que recientemente hemos adquirido de las neurociencias, tenemos una mejor comprensión de cómo funciona el cerebro humano y el sistema nervioso. Esto nos permitiría diseñar una educación que ayude a optimizar el pensamiento, al construir arquitecturas neuronales plásticas. A aprovechar el sueño y optimizar la memoria, entre otras tantas cosas.

Con las herramientas tecnológicas que hemos desarrollado, estamos en condiciones de aprovechar la ubicuidad del conocimiento para hacerlo accesible a los estudiantes cuando, como y donde ellos lo necesiten. Esto permitiría una rápida consulta y retroalimentación.

Con los avances en comunicaciones, podemos generar redes de trabajo y un ambiente colaborativo, que ayudarán a aprender colectivamente y a usar las buenas ideas de otros para alimentarlas y trascenderlas.

Con el encuentro de la ciencia clásica con la complejidad, advertimos de que todo está intrínsecamente conectado y encontramos una nueva forma de pensar, que nos ayudará a explicar de mejor forma la realidad del mundo actual.

Con todas estas extraordinarias herramientas, podemos preparar a nuestros jóvenes a enfrentar al mundo real, apoyándose en nuestro legado (pero enriqueciéndolo con innovación, creatividad y pensamiento independiente), con optimismo y entusiasmo. No solo podemos, debemos.

Y sin embargo, seguimos aplicando las viejas prácticas pedagógicas que a estas alturas, no solo huelen mal, están francamente podridas. Pero no menos rancias que la visión de aquellos que se oponen al cambio y pretenden seguir usando un modelo perverso. ¡Miedosos! Sus miedos, inseguridades  y sus propios intereses los tienen aferrados a malas prácticas. Debieran estar demoliendo y sin embargo tratan de aprovechar sus últimos minutos. A ustedes, que están de rodillas y que esconden la cabeza como el avestruz, ¡a ustedes les estoy hablando! ¿Porqué, pregúntense, no quieren enfrentar el problema? Cualquier respuesta que se hayan dado, está equivocada, terriblemente equivocada.

Porque cuando los estudiantes despierten, no tendrán compasión. Sencillamente los mirarán con lástima y los despreciarán aun más. Al que le quede el sayo, que se lo ponga.

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