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lunes, 30 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.7

Previamente: 

    –…la educación actúa como la cicuta. …puede paralizarnos antes de que fallezcamos casi sin darnos cuenta. Es una engañosa toxina disfrazada de información. Acabará con nosotros. No estoy exagerando.

    –Usa tus sentidos. Piensa… ¡Nada es lo que parece!

    –Nada de lo que has vivido aquí es casualidad.



Episodio 7: La tortuosa deriva ♣

“…sabía que la vida en la selva era frágil, muy frágil. Más aún la vida de un parapléjico como él sobre una balsa a la deriva, navegando río abajo por algún afluente del amazonas.”  

    La última imagen que recordaba de AkhaaSha, fue impactante. Parecía estar llorando sangre. Su rostro albo, surcado por manchas rojizo-púrpuras, le pareció muy familiar y justo cuando estaba por recordar donde lo había visto, se despertó sobresaltado ¿Había sido una pesadilla? Debía serlo. Nada le hacía sentido. No tenía lógica. Era imposible que aquello hubiese ocurrido. Pero, su palma izquierda tenía un corte y en su lecho había mucha sangre. Un rayo de luz lo cegó momentáneamente. El sol de esa mañana auguraba un gran cambio para Gaspar. Entre varios adultos lo sacaron ceremoniosamente de su albergue, cuidadosamente lo llevaron al río y lo pusieron, con bastante dificultad, sobre una balsa. Una embarcación de troncos, amarrados firmemente con lianas construida especialmente para él. Le dejaron algo de comida y un morral con setas, semillas y hierbas que seguramente le envió AkhaaSha para el viaje. Eso era todo el equipaje que llevaba Gaspar en la vacilante embarcación que desataron para dejarla a merced del río y así devolverlo a la civilización. 

    Llovía copiosamente. Dos jóvenes escoltaron su peligrosa travesía en sendas piraguas, dejándose llevar lentamente por la corriente a pocos metros de la balsa. Sonreían alegres de participar en aquella aventura. Por lo que se veía, era claro que los nativos pensaban que naturalmente el agua lo haría llegar a su destino, cualquiera que este fuese, sano y salvo. También estaba claro que confiaban en que no iba a surgir ningún inconveniente en el trayecto. Supuesto que Gaspar obviamente cuestionaba. Se sentía inseguro. Lamarc sabía que la vida en la selva era frágil, muy frágil. Más aun la vida de un parapléjico como él sobre una balsa a la deriva, navegando río abajo por algún afluente del amazonas.  

    El rector había escrito un episodio bastante extraño en la historia de esa pequeña tribu, que luchaba denodadamente por conservar su modo de vida respetando las leyes de la naturaleza. Y Gaspar debía ser alguien especial, porque lo habían resucitado, protegido y preparado para ser chamán. Prueba de ello es que algunos indígenas aparecieron en la orilla del río para verlo partir. Los saludó en señal de agradecimiento y despedida. Ellos devolvieron el gesto con algarabía. Sabían que no volverían a verse. 

    La balsa era bastante estable y la corriente, tranquila. El viaje hasta podía haber sido placentero, si Gaspar no hubiese estado plenamente consciente de que si su embarcación volcaba por algún motivo, sus acompañantes tendrían mucha dificultad para rescatarlo, si acaso siquiera lo intentaban. Se sentía vulnerable y con razón, porque su condición era muy precaria y en ese sentimiento incluso pecaba de optimista. Sus reales posibilidades de sobrevivir eran mínimas. 

    A pesar de todo, estaba contento. Dejaba atrás una prisión que lo estaba asfixiando. Vivir así, le pareció una tortura impropia de su espíritu aventurero. Durante meses su parálisis lo había confinado a la choza de AkhaaSha y, en ciertas ocasiones esporádicas, a sus alrededores. La pequeña aldea y el sector ceremonial, a una decena de pasos de su lugar de residencia, fue el único paisaje selvático que vio durante casi un año en cautiverio. 

    Estaba confundido por algunos acontecimientos, puesto que habían cosas que le hacían sentido y otras, tal vez la mayoría, seguían siendo misteriosas o francamente mágicas. Su mente aun no lograba procesar aquellas experiencias, pero su corazón estaba profundamente agradecido. Había sido totalmente dependiente de la tribu. En especial de AkhaaSha y de las jóvenes que lo habían alimentado, aseado, cuidado y despiojado periódicamente. Aunque sabía que ninguna de ellas ya lo veía, agitó nuevamente su brazo en señal de despedida. Quería despedirse de la jungla y tal vez, de la vida. Para el sobreviviente del fatal accidente aéreo, este paseo, aunque arriesgado, era una peligrosa bendición e intentó disfrutarlo. Podía ser el último.

    La vegetación era frondosa y desde el ancho cauce del río, pudo apreciar el amplio panorama por primera vez. Las aguas más bien turbias, la exuberancia de la naturaleza, la extraordinaria variedad de sonidos y la copiosa lluvia le mostraban una cara de la selva que hasta entonces jamás había conocido. La jungla era un universo cambiante, que tenía una energía vital asombrosa. Tal vez era ese espíritu de la naturaleza el que sus salvadores reverenciaban. Allí nada parecía fuera de lugar. Ni la vida, ni la muerte. 

    En lo más profundo de la selva amazónica, todos los días, ambas, vida y muerte, jugaban a las escondidas, disfrazándose de distintas criaturas que participaban con toda su energía en un letal carnaval de intensas emociones. Allí ningún animal era más importante que otro. Y si el ser humano era el más débil, también era el más ingenioso. Todas las criaturas que compartían la selva eran cómplices en una aventura de transformación permanente. Como si fuese un juego donde todos debían ganar.

    El esplendor de la selva amazónica se le apareció a Gaspar con igual intensidad que los rostros ancestrales del sueño de la noche anterior. En ese ambiente las costumbres y rituales de sus hermanos tribales no parecían fuera de lugar. La adaptación al entorno explicaba el comportamiento de casi todos los organismos, incluyendo a los nativos. La exuberancia vegetal estaba adornada con asombrosa diversidad biológica. ¡Era un ecosistema maravilloso! Digno de un documental. Todo el paisaje se revelaba ante Gaspar como un mapa de símbolos y metáforas de un proceso evolutivo atávico.

    Mientras avanzaban suavemente por el cauce, monos, caimanes, mariposas, tortugas, aves de plumaje llamativo y estridente canto,  y algunos extraños insectos gigantes, fueron llamando la atención del curioso visitante lisiado. Otros, animales más tímidos, se mantenían escondidos en la espesura del bosque y sólo se notaban por la agitación de las hojas que producían sus movimientos. Qué admirable era que todos ellos intercambiaran roles entre presa y depredador, manteniendo el frágil equilibrio ecológico. 

    Gaspar, divagando acerca del movimiento perezoso de su desplazamiento, se permitió reconocer un extraordinario milagro natural: que el agua sublime, portadora de vida y esperanza, fluía a través de la naturaleza, por la ondulante avenida de la menor resistencia, creando río y selva en su recorrido. La deriva natural era el proceso que generaba el río y lo trasladaba hacia la inmensidad líquida del océano, donde se diluía y purificaba, para después elevarse hacia el cielo. Ya entre las nubes, decidía disfrazarse de lluvia para volver a alimentar a la selva, buscando otro cauce para fluir en un ciclo eterno de buscarse a si misma. Estaba surcando una metáfora de la vida, la evolución y la muerte.

    Sus cavilaciones fueron interrumpidas por un ruido que se hizo notar recién al terminar la lluvia. El río aceleraba aguas abajo, el cauce se había estrechado y las turbulencias aumentaron. Un murmullo apagado le anunciaba que se aproximaban a cascadas o unos rápidos. La balsa se bamboleaba peligrosamente. Sus dos compañeros escoltas se le acercaron para protegerlo. Obviamente conocían el lugar y estaban inquietos. Algún peligro acechaba. El ruido aumentó progresivamente. Una cascada se les acercaba, acelerando.

    Con algunas hábiles maniobras sus escoltas lograron llevarlo a un recodo más calmo y allí, una vez que lograron detener la balsa, lo sacaron de la embarcación. Llevándolo en andas, siguieron una pequeña senda con gran dificultad. Apenas lograron avanzar unos diez metros y debieron descansar. Sin recuperarse del todo, volvieron a cargarlo. Gaspar intentaba ayudarlos con unos bastones improvisados, pero progresaban lastimosamente. Repitieron el ejercicio varias veces, hasta quedar visiblemente extenuados. Finalmente lo deslizaron por una especie de tobogán natural y consiguieron depositarlo en un recoveco donde se formaba un pequeña playa. Desde ese lugar se podía apreciar la cascada. La humedad era asfixiante. Lo dejaron solo y por señas le indicaron que regresarían por la balsa y sus canoas. Estaban tan agotados que temió que sencillamente lo abandonaran a su suerte allí mismo. Mientras esperaba y sus temores crecían, Gaspar apreció la tremenda fuerza del río. Aunque la caída no era tan alta, la potencia del caudal se reconocía por un estruendo ensordecedor. Un arcoíris terminaba por convertir el lugar de refugio en una postal. Sabía que estaban intentando regresarlo a su mundo pero si tenía que morir, ese era un lugar digno. 

    Para alivio del precario navegante, después de un buen tiempo regresaron con su balsa. Tampoco debió ser fácil, porque lucían desencajados por el esfuerzo. Pronto sus temores volvieron, atizados por la fragilidad de la vapuleada embarcación, que debió sufrir algunos potentes impactos en el traslado. Descansaron un momento y apenas recuperaron la respiración, volvieron a buscar los pocos enseres que cargaban. Retornaron cuando ya anochecía ¡Qué rápido había pasado el día! ¡Qué lejos parecía la aldea! Sus acompañantes ahora estaban sigilosos. No hablaban. No prendieron fuego, ni se alimentaron. La noche los envolvió rápidamente con su música natural. Gaspar también estaba extenuado y sabía con certeza que sus compañeros también, pero ninguno de los dos hizo amago de dormir. Por el contrario. Se mantuvieron expectantes. Un par de veces uno de ellos se ausentó por breves minutos. Era evidente que el miedo vencía al cansancio y que esa noche tenebrosa sería interminable ya que no iban a dormir. 

    Antes que despuntara el alba y sin mucho trámite, lo pusieron en la maltrecha balsa con sus bártulos y lo abandonaron a merced de la corriente. Sus escoltas sencillamente desaparecieron. Esperó en vano volver a verlos e intentó afirmar las lianas y amarrar los maltrechos troncos mientras sus esperanzas de compañía se desvanecían. Sabía que la vida útil de su nave se extinguía rápidamente y que su situación era desesperada. A la deriva, la embarcación avanzó en círculos arrastrada por las “surgencias” del río. Serpenteando, la balsa se atascó en la vegetación de la orilla un par de veces y en una oportunidad, Gaspar debió luchar tanto para zafarla que se desestabilizó y cayó al agua. Si no hubiese sido un eximio nadador en su juventud, allí mismo se habría hundido. Sus reflejos apenas le permitieron alcanzar la balsa y después de un agotador esfuerzo, logró subirse a ella. A parte de ella, ya que algunos troncos se soltaron en la batahola. Fue una batalla muy desgastante. Ya no tenía energías para continuar luchando. Desplomado sobre los pocos troncos que se mantenían unidos, siguió flotando río abajo y entonces el sol comenzó a castigarlo hasta convertirse en un verdadero suplicio. La sed y el hambre se hicieron presentes. Los insectos también. Atraídos por los desechos del sucio y moribundo navegante, una increíble cantidad de bichos lo atormentaron en su arriesgada deriva. La fragilidad de su situación era conmovedora. El castigo que estaba soportando era brutal. Quería rendirse.

    No tuvo conciencia del paso del tiempo hasta que comenzó a anochecer. Había viajado solo y abandonado durante un día. Siguió avanzando en penumbras. Tras evaluar su situación consideró peligroso seguir avanzando de noche y aprovechó la lentitud de la corriente en un amplio remanso para tomarse de unas ramas y amarrar la embarcación con las cuerdas del morral.

    Sin darse cuenta, durante la noche mientras dormía, la insegura balsa se soltó y navegó sola río abajo durante horas. Cuando Gaspar despertó tenía fiebre y deliraba. Semiinconsciente reflexionó que no le hacía sentido haber sobrevivido al accidente y estar en condiciones tan miserables durante tantos meses para terminar ahogado. Tal vez el sentido de su vida era reconocer lo desconectado que está el hombre moderno de la sabiduría de la naturaleza y de su historia evolutiva. Recordó las lágrimas de sangre de AkhaaSha y lamentó haberle fallado. Decidió rendirse y acaso volver a nacer como un conservacionista. Su energía vital ahora tendría que diluirse y purificarse. Clamó por piedad y se entregó a la muerte.

    
–¿Donde estás ahora que te necesito? –murmuró, y su pregunta quedó flotando en la suave brisa que lo acompañaba, como para que alguien respondiera.


jueves, 26 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.6

Previamente:

    –Te regalaré conocimientos secretos para que los lleves a tu mundo. Debes usarlos para modificar el comportamiento humano. Para orientarlos hacia la amistad y guiarlos hacia el amor. Para que enseñes a tu gente a entenderse con la naturaleza y los animales.



Episodio 6: Graduación y despedida ♣

“Serás un chamán para tu pueblo y les mostrarás las posibilidades del mundo del corazón, porque en ese órgano habita la vida.”

“Por alguna razón los humanos dejaron de usar sus sentimientos para guiar sus acciones. Se volvieron fríos. Deben volver a sentir los afectos.”

    Una fría mañana, Gaspar se despertó con el corazón apretado, angustiado, como presintiendo alguna desgracia. El destino ya había repartido las cartas de ese día y por alguna misteriosa razón, le sabían mal. Pronto supo porqué. Aun no terminaba de amanecer cuando llegaron tres muchachos corriendo a la choza chamánica. Venían desde el río y requerían con voces alarmantes a la sanadora. El más joven y esbelto, apenas acercándose a la pubertad, era escoltado por sus perturbados compañeros, un poco mayores que él. El
aprendiz de chamán conocía bien al chico, puesto que siempre rondaba por allí, haciendo alguna travesura. A pesar de haber sido él mismo víctima de sus bromas, le había tomado cierto afecto por su contagiosa alegría. El muchacho ahora estaba evidentemente compungido, rengueaba y mostraba una pequeña laceración en el tobillo hinchado que aunque no parecía muy seria, por todas las reacciones Gaspar dedujo que se trataba de un problema mayúsculo. El jovencito afectado había sido mordido por una rana o una víbora venenosa, según le pareció comprender. AkhaaSha tomó de inmediato el mando y con un cuchillo afilado abrió la herida provocando mucho sangramiento, hizo un torniquete bajo la rodilla y masajeó vigorosamente la pierna afectada. Luego aplicó un par de hierbas especiales sobre el área afectada y finalmente cantó y danzó con especial dedicación. Ante la evidente desesperación de su maestra, Gaspar colaboró elevando sus plegarias y uniéndose al cántico lastimoso de los compañeros de juegos del pequeño que permanecieron allí mismo, acompañando a su amigo. Como si fuesen responsables del infortunio. Entretanto, el tobillo del paciente se había inflamado y oscurecido. El veneno parecía demasiado poderoso para aquel joven afiebrado y debilitado, que de pronto comenzó a sufrir espasmos. A medida que pasaba el tiempo la hinchazón crecía y a pesar de los esfuerzos de la chamana, el enfermo empeoraba claramente. Deliraba. El semblante de los amigos no auguraba un buen desenlace. El de la curandera tampoco. Al poco rato, el muchacho perdió la conciencia y pareció sumirse en un sueño profundo. Se había entregado. Apenas había transcurrido poco más de una hora desde su accidente, cuando finalmente el alegre joven descansó para siempre en los brazos de AkhaaSha. Ese día la vio llorar por primera vez. El chiquillo travieso era uno de sus hijos. El menor, probablemente. En aquellas trágicas circunstancias, a Gaspar le pareció que existían designios ocultos, que escapaban a cualquier ritual sanador que allí se practicara. Cuando se termina tu guión, la muerte te encuentra. Estés donde estés. Esos mismos designios llevaron a AkhaaSha a aliviar su propio dolor sumergiéndose en el silencio y la inactividad.

    Gaspar decidió respetar su introspección aunque intentó sacarla de la depresión reemplazándola discretamente en los rituales que ella habitualmente dirigía. Ella continuó refugiada en la inmovilidad, impertérrita. Aquella noche, decidió ofrecerle una versión personal de una conocida canción que siempre lo conmovió, esta vez titulada: No llores por mí, Adivina. Cambió algo la letra no porque no la sabía de memoria sino para adaptarla a las circunstancias e interpretó la melodía como si fuese el joven difunto cantándosela a su doliente madre. Esto pareció surtir algún efecto en su abatida compañera de choza y por eso decidió repetir el mismo repertorio cada noche. Así transcurrieron cuatro largos días, hasta que una tempestuosa noche, ella reaccionó. Los truenos y relámpagos la despertaron. Sonrió y entonó la melodía junto a su tullido colaborador. Como si la canción y las gotas de lluvia que escurrían por su piel, hubiesen eliminado totalmente su dolor emocional, al día siguiente AkhaaSha volvió a su rutina de siempre. Ella se recuperó y la relación entre ambos, maestra y discípulo, se consolidó. 

    AkhaaSha retomó sus enseñanzas con renovada dedicación y conminó a Gaspar a cultivarse en la correcta elección de hierbas, hojas, setas y semillas. Quería convertirlo en verdadero chamán y delegó muchos tratamientos en su aprendiz, observando desde cierta distancia. Él, comprendió que muchas de las solicitudes de sanación que recibían venían del miedo o la superstición y que para esos casos no había nada mejor que provocar algo de magia y entregarles un talismán. O darles una mezcla de hierbas para que el espíritu atemorizado derrotara sus ansiedades. En la selva amazónica, unas semillas que explotaban en el fuego y un collar de garras de jaguar eran como la risa, un remedio infalible. 

    Siempre había sido un buen juez de carácter y justamente por eso se había convertido en un buen curador. Allí en su aula selvática entendió que muchas de las enfermedades son de origen mental. Los humanos enferman físicamente cuando algo se desequilibra en su metabolismo. Y eso ocurre generalmente por problemas emocionales. Las enfermedades se originan en el centro emocional del cuerpo, en el corazón, especulaba. Sospechaba que la salud y el bienestar emanaban de una mente amorosa y que había mucho de psicología en la sanación amazónica. 

    En poco menos de un año, Gaspar Lamarc había completado su entrenamiento como chamán. Ya era un mago. A esas alturas él mismo reconocía que podía conectarse con el mundo invisible de su protectora. AkhaaSha dirigió una ceremonia donde las ancianas deliberaron, los adultos sentados observaron y las niñas cuidadoras lo lavaron y le entregaron un collar de plumas y un tocado de jaguar. Se convirtió oficialmente en chamán. Y aunque él no lo sabía, eso implicaba que debía irse al día siguiente. La tribu era demasiado pequeña para dos chamanes. Ahora que estaba preparado para cumplir con su misión, debía irse. No era su graduación ¡Era su despedida!

    Esa noche le costó quedarse dormido. Se movía de lado a lado, nervioso, inquieto por el futuro incierto. Cuando su mente ya se apagaba, pasó algo extraño. AkhaaSha se soltó el cabello y se le acercó, se acostó a su lado, se abrazaron y como si fuese lo más natural, tuvieron sexo. Fue un acto de profunda intimidad, que le sorprendió por su intensidad y duración, y que le maravilló porque ella supo encender una llama que parecía extinguida para siempre. Movía su cuerpo provocando sensaciones que Gaspar jamás había sentido y reacciones que resultaban inverosímiles. Sus manos eran milagrosas: quemaban la piel. Su abrazo era intenso y respetuoso. Sus caricias resultaban deliciosamente agobiantes. No había pasión, ni apuro. El cuerpo dañado del nuevo chamán pareció electrizarse y se estremeció internamente, con un ímpetu conmovedor, alcanzando la pequeña muerte del orgasmo total y de paso, despojándolo de toda su energía. Extenuado, durmió profundamente, sumergido en un sueño mágico. Un sueño que lo envolvió como si fuera una anaconda, pero respetándole la conciencia. Ahora sabía que estaba soñando…

    AkhaaSha aunque seguía desnuda estaba transfigurada, con su piel y cara totalmente pintadas de blanco. Tomó un cuchillo y se hizo un pequeño corte en la palma de la mano izquierda. Recogió las gotas de su propia sangre en un caparazón de tortuga. Luego tomó la mano de Gaspar e hizo lo mismo. Sangraba mucho y extrañamente él no sintió ningún dolor. Entonces ella mezcló la sangre de ambos y la bebió empinándose el recipiente. Su aspecto era espeluznante. Ahora su protectora parecía ser una hechicera siniestra. Su mirada era intensa y su tez blanqueada contrastaba con la sangre que le chorreaba por las comisuras de sus labios. Aquella imagen distorsionada de su querida maestra le sobrecogió y se le grabó en la mente: el rostro de AkhaaSha pintado de blanco y salpicado de sangre quedó enmarcado en su inconsciente. 

    Gaspar parecía no tener voluntad propia. Estaba como hipnotizado. Cuando ella le acercó el recipiente, también él bebió la sangre mezclada. Entonces AkhaaSha le dijo:

    –Debes prometer ante todos nuestros antepasados, testigos de nuestro abrazo –y miró a su alrededor como invitándolo a reconocer a sus ancestros, pero Gaspar no podía mover sus ojos de ese rostro–. Debes prometer, ante nuestros cuerpos y almas, tan unidos como nuestra sangre, que al regresar a tu mundo seguirás siendo un chamán para tu pueblo.

    –Prometo– balbuceó. 

    –Tendrás la responsabilidad de curarlos de la ceguera emocional en que se encuentran –dijo-. Usarás la magia que te enseñé y los secretos de la naturaleza que aquí aprendiste. Serás un chamán para tu pueblo y les mostrarás las posibilidades del mundo del corazón, porque en ese órgano habita la vida.

    –Así lo haré. 

    –Por alguna razón los humanos dejaron de usar sus sentimientos para guiar sus acciones. Se volvieron fríos. Deben volver a sentir los afectos. Y para que eso ocurra, es preciso que aprendan a darse cuenta, a tomar conciencia de las consecuencias reales de sus decisiones. Es algo urgente. Tienen que madurar antes de que sea tarde.

    El vapor que inundaba la choza escondía una serie de presencias. El rostro de su difunto padre brotó mágicamente desde las sombras y de su boca salió la voz cariñosa pero autoritaria que siempre reconocería:

    – ¡En tu colegio se debe catalizar un cambio cultural apremiante! Tus alumnos deben reconocer que las emociones que sienten gatillan sus conductas. Y tienen que tomar conciencia que la vida está profundamente interconectada. Sus actos, por inofensivos que parezcan, afectan, para bien o para mal, a todo el universo.

    Mientras aun retumbaban estas palabras en su mente, los vericuetos de las nubes vaporosas al interior de la choza, dieron forma al rostro de su madre quien pareció hablarle desde un rincón y, conmovido por la perenne belleza de esa mujer que tanto amó, sólo atinó a escucharla.

    –Eres la esperanza de la humanidad, como siempre te dije. En tu colegio puedes formar jóvenes diferentes. Tendrás ayuda muy valiosa. No te dejaremos solo. Allí puedes educar humanos sensibles, empáticos y amorosos. Respetuosos de la vida y del proceso de cambio permanente en que todos estamos inmersos.

    Entonces, el rostro de un anciano desconocido, de rasgos marcadamente indígenas, que presumiblemente era un ancestro de AkhaaSha, se hizo evidente en la otra esquina.

    –Nosotros somos muy diferentes a ti. Nos separa mucho tiempo –dijo el viejo de voz profunda– Y ustedes son muy diferentes al humano del futuro. Los separa mucho amor. El hombre está evolucionando y pronto se convertirá en un ser muy distinto. Tú puedes ayudar a la evolución humana, educando a jóvenes conscientes, respetuosos y responsables. Sabemos que no será sencillo, pero confiamos que una nueva raza humana aparecerá pronto.

    Entonces, AkhaaSha retomó el control, se incorporó y dijo:

    –Debes cambiar la educación, debes preparar el cambio de creencias y debes proteger a los más evolucionados.

    Lo abrazó y le susurró al oído: 

    – Debes educar para reconocer el amor ¿Lo prometes?

    –Sí, sí –dijo Gaspar, agobiado y transpirando.

    –Cuando estés en dificultades –y lo estarás–, recuerda a quienes estamos detrás de ti. Te acompañaremos siempre, pero no debes regresar. Ya no estaremos acá. ¡No nos encontrarás!

    –¿Qué significa esto? 

    Ella se tomó un buen tiempo, antes de responder. Quería que Gaspar comprendiera y asimilara el mandato. Aquella insólita preparación tenía un gran objetivo. Ahora que se había graduado de chamán, él tenía una enorme responsabilidad: expandir la conciencia de los jóvenes ofreciéndoles una nueva educación. Con cierta meticulosidad ella le explicó:

    –Nada de lo que has vivido aquí es casualidad. Nada. Ni el accidente, ni tu parálisis, ni los aprendizajes, ni tu propia transformación. Todo es parte de una confabulación que nosotros, los seres invisibles que habitamos en esta dimensión, queremos obsequiarle al ser humano. Una nueva oportunidad. Tampoco eres el único. No estarás solo. Tendrás ayuda, visible e invisible. Pero ahora debes regresar a tu mundo agonizante e intentar sanarlo. Mañana regresas a casa. 


sábado, 21 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.5

Previamente:

    –Tienes la marca del jaguar –dijo AkhaaSha, señalando la cicatriz que Gaspar tenía en la frente–. Esa es una señal. Todos los chamanes la tenemos.


Episodio 5: El aprendiz de Chamán ♣

“Aunque no lo sepas, puedes entrar en las dimensiones invisibles. Tú eres un chamán y tienes el poder de la magia”

    Tan abruptamente como se desvanecieron sus esperanzas de retorno, desapareció el cuerpo del misterioso visitante armado. Gaspar no pudo disimular su desilusión. Quedó ofuscado por una muerte innecesaria. Pronto amaneció, y se percató de que todos los hombres de la tribu también se habían esfumado. No fueron en busca de alimentos como acostumbraban, sino que esta vez su misión era proteger a su pequeña familia del encuentro con la peligrosa civilización. Esa noche probablemente algunos de ellos perecieron, pero todos estaban más que dispuestos a morir para proteger a sus mujeres y niños de la contaminación disfrazada de progreso. Los sobrevivientes fueron a borrar las huellas del fatal enfrentamiento y a buscar otro lugar para establecerse. 

    Las mujeres prestamente asumieron el rol de proveedoras y por un tiempo la tribu solo se alimentó de los frutos, hongos y semillas que ellas recolectaban. AkhaaSha, la gran intérprete de aquel mundo animista, fortaleció su indiscutida autoridad reforzando su liderazgo matriarcal basado en el amor y la colaboración, aumentando la frecuencia de los rituales de comunicación.  En las noches, cuando todos se disponían a dormir, ella conversaba en voz baja con seres invisibles y les transmitía los mensajes que las almas que habitaban la selva les enviaban de sus seres queridos. 

    Cuando después de un par de semanas, finalmente los hombres regresaron, todo pareció volver a la normalidad. Al parecer no había necesidad de huir a otro lugar. El peligro del encuentro con los “otros” había disminuido. La jungla aun les pertenecía. A Gaspar le quedó muy claro que sus anfitriones pensaban que las leyes de la selva no eran compatibles con las leyes de la civilización.

    Durante varias semanas Gaspar Lamarc fue observador pasivo del modo de vivir de esta tribu matriarcal, cuyo nivel de conciencia se centraba en la supervivencia. Y, sin más alternativa, tuvo que aprender de su modo de vida. Aprendió que el amor, el cariño y la protección eran valores muy respetados. Que para sobrevivir había que colaborar, adaptarse al tiempo y respetar a todos los seres vivientes. Comprendió que para la familia de AkhaaSha la selva estaba literalmente viva y que todos los organismos que existían en ella tenían emociones. Sentían. Esa sensibilidad, esa capacidad de percibir las emociones del ecosistema y de todos sus miembros, era la característica que distinguía a este grupo y también era su mejor herramienta para sobrevivir en aquella jungla. En esa capacidad residía el poder de liderazgo de AkhaaSha. Ella les enseñaba a entender a los árboles, a comunicarse con las plantas y a comprender la dinámica de la selva. Les enseñaba a reconocer la energía que habitaba en ella y su inteligencia natural, que por diferente que fuese a la inteligencia humana, era una inteligencia orgánica que les permitía adaptarse al clima, comunicarse entre ellos y percibir las verdaderas intenciones de los animales, humanos incluidos. El reconocimiento de las emociones en los otros organismos fue el principal aprendizaje del maltrecho rector. Observando y viviendo con la chamana matriarca aprendió a desentrañar e interpretar las emociones de muchos animales, insectos y plantas. En poco menos de un año se sentía un miembro pleno de la tribu amazónica. Se había integrado. 

    Un buen día AkhaaSha demoró más tiempo del habitual en su trance matutino. Se vistió con una piel de jaguar y se colgó varios amuletos. Gaspar intuyó que sería un día especial. No se equivocó. Unas jóvenes lo lavaron con prolijidad y lo vistieron con atuendos propios de una ceremonia. A continuación le dieron un brebaje en ayunas, una droga poderosísima, que de inmediato trastocó su percepción de la realidad. Todo comenzó a distorsionarse, a cambiar de sólido a líquido. En cuestión de minutos, Gaspar estaba en un estado de conciencia sumamente alterado. Los colores se hicieron más intensos, los sonidos más prístinos, las sensaciones más profundas. Cuando el tiempo se ralentizó y todo transcurría lánguidamente, ocurrió lo impensable. Si bien AkhaaSha no hablaba español, ahora Gaspar podía comprenderla perfectamente. Su familiar voz era inteligible. Como si se comunicara con él a través de subtítulos invisibles. Sus gestos y lenguaje corporal muy coherentes, reforzaban el mensaje, cuyo significado su mente fue capaz de traducir de manera espontánea.  

    –Nuestra familia está muriendo –dijo-. -Nuestros conocimientos se perderán-. Y luego de un momento interminable, AkhaaSha continuó: 

    –Estamos siendo exterminados por otros humanos, soberbios y agresivos, que desprecian nuestras creencias. Tú puedes preservarlas. Aunque no lo sepas, puedes entrar en las dimensiones invisibles. Tú eres un chamán y tienes el poder de la magia. 

    –¿Magia?

   –Te regalaré conocimientos secretos para que los lleves a tu mundo. Debes usarlos para modificar el comportamiento humano. Para orientarlos hacia la amistad y guiarlos hacia el amor. Para que enseñes a tu gente a entenderse con la naturaleza y los animales. A reconocer sus emociones. Porque el hombre civilizado está ciego y sordo, y eso lo condenará. 

    AkhaaSha lo contemplaba con una mezcla de solemnidad y cariño. Ella usaba su lenguaje habitual, él interpretaba sin dificultades aquellas palabras traduciéndolas misteriosa e instantáneamente en su mente. ¿Magia? Tal vez. De lo que estaba completamente seguro era que ella hablaba muy en serio:

    –Este hongo expande la conciencia mostrándote la realidad invisible. Te permite ver las emociones de las plantas y los animales.  Y también distinguir tus propias intenciones ocultas, aquellas que no deseas reconocer. La toma de conciencia puede ser incómoda, pero siempre es saludable. 

    AkhaaSha se detuvo y esperó a que Gaspar reaccionara.

    –¿Es una medicación?

   –Puede que sí. Es una cura para la persona atascada. Un tratamiento universal, puesto que todos estamos atrapados en la red de nuestras certezas. ¿Comprendes?

    –Creo que sí. 

    –Después de ingerirlo, la persona se transformará. El ser humano aprende más de sus ilusiones que de sus experiencias.

    –Entiendo –dijo Gaspar.

    –Esta es la magia que hace que nuestro pueblo viva feliz –dijo AkhaaSha con cierta sorna.

    –¿Las drogas? –preguntó el rector, arrepintiéndose de inmediato de su impertinencia. AkhaaSha, sin inmutarse, continuó imperturbable con su explicación. 

    –Los ayudo a vivir el momento y a estar más conscientes. A comprender la jungla y apreciar la vida. Ellos sospechan que su destino está escrito y saben que la muerte está cerca.

    –Comprendo…

   –Hay otra forma de sanación -aclaró AkhaaSha-. Pon atención. Este otro hongo te permitirá percibir las emociones dominantes de cada organismo. Son emociones heredadas de aprendizajes ancestrales. Son estrategias del organismo para acomodarse al entorno. Ninguna emoción es mala, aunque cualquier emoción que acompañe a un ser humano por un tiempo se le impregnará. Y si no es coherente con el entorno, puede dañarte. Por eso las familias y los amigos son tan importantes. Porque en los grupos las emociones individuales se diluyen en favor del sentir colectivo. 

   –Dices que los grupos… ¿Tienen emociones? –interpeló Gaspar.

 –Obviamente. La vida entera es un proceso emocional. Las emociones determinan nuestro comportamiento. Otro día te mostraré. Por ahora concéntrate en el tema de fondo: las emociones son contagiosas. Cuando dos criaturas se acompañan, sus emociones se mezclan como cuando mezclas colores. La emoción resultante de esa convivencia puede ser muy distinta a las emociones individuales. 

    Fue entonces cuando AkhaaSha lo miró fijamente a los ojos. Se acercó y le puso sus manos sobre la cabeza diciendo algo que el rector jamás olvidaría:

  –No estás aquí por casualidad. Estás aquí para conocer nuestros secretos y reconocer tu origen chamánico. Para convertirte en un educador mágico. Mis antepasados y los tuyos se han unido en una misión extraordinaria: transformar al hombre en un ser más responsable. Regresarás a tu mundo para modificar la emoción educativa. Desde el miedo al respeto. Volverás a cambiar la cultura individualista por una basada en la empatía. Nuestros antepasados piensan que es la única esperanza para que continúe nuestra vida en la tierra. El hombre se ha vuelto demasiado peligroso para él mismo. Una nueva manera de educar, podría expandir la conciencia de la especie hasta volver a conectarla con la conciencia de la naturaleza. Sólo así evitaríamos el desastre ecológico que se aproxima. La evolución es una danza sagrada de la vida y el ser humano así lo debe comprender.

    Preocupado por la intensidad del momento, Gaspar tomó a AkhaaSha de las manos y se estremeció. Nunca la había sentido así. Tenía una energía desbordante. Era casi eléctrica.

    –Tranquila…

   –¡Es que no queda mucho tiempo! –dijo ella–. El ser humano no percibe bien. Está ciego. Debes entregarles nuevos anteojos. Debes enseñarles a usar su imaginación. Convierte a tus alumnos en seres creativos y conscientes. Hazlos responsables y respetuosos. Tu colegio puede conseguir que la vida humana en la Tierra sea sustentable. Porque allí, se incubará la mutación humana que generará una nueva especie, más responsable, más empática, más compasiva ¡Esa es tu misión!

    Ahora AkhaaSha no parecía ser la mujer más poderosa de la tribu. Tiritaba y gimoteaba como si estuviese poseída. Gaspar la acogió, la abrazó y la besó y, tras acomodarla en su lecho, poco a poco se fue calmando. 

    –¿Estás bien?

  –Te quedan pocos días de entrenamiento conmigo. Aprovéchalos. Luego regresarás para recuperar tu trabajo, convertido en chamán educador. 

    Gaspar nunca supo si esta experiencia fue real o un viaje psicodélico producto del poderoso brebaje. Sin embargo, quedó tan impresionado con el mensaje que no olvidó detalle alguno del encuentro. Incluso, continuó durante varios días procesando aquella experiencia. Paulatinamente comprendió que las piezas del puzzle comenzaban a encajar.  

    Su educación chamánica continuó al día siguiente sometiéndolo a largos ayunos y períodos de aislamiento total. En algunos casos bajo el  efecto de fuertes alucinógenos. El hambre y la soledad fueron sus maestros. Semanas después trajeron a una joven con fiebre muy alta, que tiritaba y transpiraba. La depositaron delante de Gaspar. Era su primer paciente.

    Haciendo uso de su olfato decidió darle una hierba que comúnmente usaba AkhaaSha.  A continuación, para bajarle la temperatura, la roció durante un rato con agua helada mientras la abanicaba con unas ramas de hoja verde y cantaba imitando la entonación gutural de la maestra. Se le unieron dos de las jóvenes cuidadoras. La melodía ya la conocían todos. Más que un canto era un sollozo. Una verdadera queja a la naturaleza. AkhaaSha se sentó y entró en trance. Las cuidadoras hicieron lo mismo. Gaspar debió unirse sin comprender exactamente qué tenía que hacer pero, al cabo de unos minutos, estaba orando por la recuperación de la muchacha. 

    ¿La energía de varias mentes meditando, el poder de la oración o el efecto placebo? Quién sabe, pero la joven mejoró muy rápido. Así fue cómo Gaspar se fue convirtiendo, poco a poco, en un respetado chamán de la tribu.

    Algunas veces, a la aurora y cuando no había luna, lo sacaban a ver las estrellas. Entonces, disfrutaba viendo el majestuoso despliegue del universo, con toda su inmensidad sobre él, cohabitado por la voz de AkhaaSha susurrando una canción melancólica al cosmos. Mientras Gaspar observaba este espectáculo sobrecogedor, la chamana miraba con emoción a un par de estrellas luminosas que brillaban con intensidad en el firmamento. Según creía, eran los espíritus de sus ancestros que habitaban ahora el espacio infinito. Para AkhaaSha y su familia el cielo estrellado tenía vida e influencia en los acontecimientos cotidianos. 

    Una de esas mañanas AkhaaSha le dio una clase de economía circular de la naturaleza. Le mostró como unos escarabajos hacían una bola con los desechos de otros mamíferos y la llevaban rodando con sus patas traseras hasta su hogar. Era alimento. Todo se aprovecha, pensó Gaspar. Aunque tampoco dejó pasar el hecho de que su colegio se llamaba El Escarabajo ¿Estaría haciendo alusión a su escuela? En realidad AkhaaSha quería mostrarle algo muy diferente. El efecto de la luz en la conducta del escarabajo. Cuando les tapaba la luz del firmamento, se detenían. Sólo reanudaban su marcha cuando veían nuevamente la luz estelar ¡Las estrellas eran su brújula! El cosmos ordenaba el accionar de aquellos escarabajos. Es probable que AkhaaSha pensara que los humanos también deberían seguir sus indicaciones. O tal vez quería sugerir que sus alumnos deberían aceptar los destinos sugeridos por el firmamento ¿Quién sabe? Lo cierto es que todas las mañanas los nativos escrutaban las constelaciones buscando orientación astral. El aprendiz de brujo quedó sumido en la duda respecto de la real influencia de los astros en la vida terrestre. Pronto se decidió a mirar al cielo con nuevos ojos. Como si leyera el horóscopo del día. Y así comprendió porqué su tribu aseguraba que las estrellas eran mágicas. 

    A veces sus enseñanzas provenían de seres muy diminutos. Las hormigas eran visitas habituales a su lecho. Seguramente había un hormiguero cerca de la aldea. Eran bastante molestas por lo demás. Comenzó a observarlas con gran curiosidad. Según descubrió, algunas hormigas eran exploradoras, cazadoras o recolectoras. Se aventuraban audazmente hacia cualquier rincón buscando comida. Cuando encontraban algo interesante, de alguna manera se lo comunicaban a las demás de manera muy eficiente. Las recolectoras formaban una hilera para acarrear la comida hacia la despensa que tenían en el hormiguero. Sus vías eran de doble sentido. Algunas iban en busca de alimento y otras regresaban cargadas por el mismo recorrido. Cuando Gaspar interrumpía su camino, el caos cundía rápidamente entre todas y no sólo en el lugar afectado. Encontraban soluciones muy ingeniosas para resolver los problemas. Para unir las rutas que Gaspar había interrumpido, hacían puentes sorprendentes con sus propios cuerpos. Más extraordinaria aun resultó su reacción cuando se vieron rodeadas por agua. Aprovechando la gran cantidad acumulada en el piso producto de una lluvia persistente, Gaspar les tendió una trampa: dejó un enorme grupo de hormigas encerradas, sin salida. Si la lluvia seguía, o aprendían a nadar o morirían ahogadas. Presintiendo el peligro, algunas hicieron una especie de pirámide heroica con sus cuerpos que las demás comenzaron a usar como escalera para alcanzar las hojas más cercanas. Así con sus propios cuerpos lograron conectar el suelo con la vegetación circundante, permitiendo que muchas pudieran sobrevivir y escapar. Las que formaron la pirámide, en cambio, estaban dispuestas a sacrificarse por las demás. Colectivamente actuaban con una coordinación asombrosa. Juntas poseían una inteligencia sinérgica y exponencial ¡Eran otra maravilla más de la selva! 

    Una noche después de haber jugado largo rato con ellas, soñó que una pequeñísima hormiga entraba en su oreja, para confesarle allí mismo que ellas también tenían su propia internet: La inteligencia solidaria. Para probárselo, la diminuta intrusa se internó por el laberinto de su oído interno avanzando dificultosamente por intrincadas cavernas hasta llegar a su destino: el cerebro del anfitrión. Allí, saludó afectuosamente a las millones de neuronas como si fuesen familiares que no se habían visto jamás y con una batuta que salió de quién sabe donde, comenzó a dirigir sus pensamientos. Sintió que comenzaba a transformarse en insecto. Despertó sobresaltado. Nunca olvidó aquel sueño y tampoco volvió a hacer experimentos con hormigas. 


domingo, 15 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.4

Previamente:

    –...le acercó una enorme espina al muslo y se la clavó. Gaspar no sintió nada.

    – Tus piernas ya no caminarán. 

Fue entonces cuando Gaspar se dio cuenta de que estaba paralizado. Se transformó en un observador, el único papel que le cabía a un paralítico en la selva.



Episodio 4: Las leyes de la selva ♣

“…Gaspar imaginó que arriba, en el firmamento, habitaba un gran profesor celestial, que usaba la noche como pizarra y jugaba con las estrellas para trazar las lecciones que deseaba transmitir.

Al atardecer llegaron sus cuidadoras y lo desnudaron. Tiñeron su cuerpo de azul oscuro y le dejaron dos varas largas a los costados. Algo especial iba a ocurrir, supuso Gaspar. Esa noche, por primera vez desde el accidente, varios indígenas lo arrastraron con cuidado para sacarlo de la choza. Afuera, bajo la luz de las estrellas, advirtió que se reunía toda la tribu. AkhaaSha daba instrucciones y todos la obedecían. Al centro, una fogata teñía de colores cálidos a todos los asistentes. Lo pusieron cerca del fuego. Al parecer, sería un testigo privilegiado de una ceremonia importante. Los nativos tenían sus cuerpos pintados de diferentes colores. Algunos se movían muy lentamente, como acechando. Otros con espasmos nerviosos, con más rapidez, escudriñando el denso follaje que rodeaba la aldea. Y un número indefinido de ellos, camuflados subrepticiamente entre la frondosa vegetación, eran invisibles. Gaspar llegó a contar a unos cuarenta aborígenes, pero debían ser muchos más.

    AkhaaSha se veía radiante luciendo su tocado ceremonial. Todo el ritual giraba a su alrededor. Traía consigo un gran recipiente de greda, con una pócima verdosa y espesa, que repartió a cada uno de los presentes, incluido Gaspar. De pronto los ruidos de la selva se tornaron más diversos y nítidos, al tiempo que se alternaron con silencios más profundos mientras todos observaban las estrellas con devoción, expectantes del mensaje que la Madre Naturaleza tenía para ellos. 

    La jungla era rítmica y musical con notas que salían desde todas partes. Estaba viva. Respiraba. Después de unos minutos en esa experiencia mística, Gaspar pudo distinguir un sonido misterioso que surgía desde los árboles más frondosos. La selva parecía estar cantando. Una vez que sintonizó con aquella melodía de fondo, se dio cuenta que tras cada graznido, gruñido o aullido, un nativo camuflado emergía desde la oscuridad de la jungla hasta el resplandor de la fogata, donde se pavoneaba frente al fuego, como presentándose en sociedad. 

    A medida que circulaban los distintos disfraces, la luna se asomaba entre las copas de los árboles y el fuego se consumía. Progresivamente la luz ambiente se hizo más fría. Luego de una pausa silenciosa, los nativos lentamente comenzaron a entonar una canción gutural,  con un ritmo “in crescendo”, hasta que los tambores despertaron un ímpetu desbordante e invitaron a los cuerpos pintados a danzar o tal vez, combatir los espíritus de la selva. Los efectos del brebaje verde se hacían sentir cada vez con mayor fuerza. La cadencia de la música fue aumentando escalonadamente hasta volverse frenética. Los miembros de la tribu, visiblemente alterados, se contorsionaban rítmicamente, dejándose llevar por una coreografía invisible, pero que todos parecían conocer, salvo por supuesto, Gaspar. Cuerpos y almas confundidos en una danza primal que reflejaba la unión y conexión que tenían con la madre naturaleza, como si todos fuesen una familia que se cuida y se protege de las sorpresas que traen consigo las leyes de la selva. Sensualidad, jolgorio, risas y miedo. Batallas y enfrentamientos brutales, incluso con golpes feroces donde el derrotado terminaba siendo metafóricamente devorado por el vencedor. Gaspar mismo, fue atacado por algunos seres colorados y obligado a hacerse pasar por muerto. Tendido inmóvil en la tierra, observó. El aterrador espectáculo era magnífico. Todos corretearon caóticamente hasta que sus menguantes energías se consumieron por completo. Luego, extenuados, juntos y prácticamente desnudos, durmieron bajo la protección de la luna, entregados al cosmos, como si confiaran ciegamente en su destino. 

    Gaspar adivinó que esa experiencia era parte de su preparación. La primera lección que AkhaaSha quería transmitirle. Tendría que descifrarla. 

    Al alba siguiente, mientras los cuerpos seguían dormidos, el lisiado observador aprovechó la tranquilidad del momento para reflexionar. Comprendió que aquel ritual pretendía transmitir conocimientos. Y aunque debió reconocer que su cultura amazónica era paupérrima aún, finalmente creyó deducir el significado oculto que había detrás de la ceremonia: el rito escenificaba la profunda interrelación ecológica en la que todos los organismos vivían. La trama interdependiente de la vida en la selva. El drama periódico por sobrevivir. Revelaba la cercanía de la muerte y la brutalidad del instinto de conservación. Y sugería, de cierta forma más sutil, que la supervivencia era una tarea mutua. Dependían de la enmarañada convivencia selvática. Estaban conectados. La terrible jungla los unía en un proyecto colectivo. Allí, dejaban de ser individuos. La tribu, la flora y la fauna se convertían en manifestaciones de un solo cuerpo: un solo gran organismo; el cosmos amazónico, un frágil ecosistema luchando por perpetuarse. En esa dimensión, eran inseparables. Existían todos juntos, vivían todos juntos, compartían un ambiente natural que consideraban su hogar y por lo mismo, tenían un destino común. La vida era algo sagrado, que se expresaba con enorme diversidad en una delirante danza cotidiana que solo terminaba en el descanso nocturno bajo la supervisión de las constelaciones estelares.

    Desde su mirada pedagógica Gaspar imaginó que arriba, en el firmamento, habitaba un gran profesor celestial, que usaba la noche como pizarra y jugaba con las estrellas para trazar las lecciones que deseaba transmitir. Quizá en la profundidad del cosmos están escritas las leyes de la naturaleza que los seres conscientes deben descifrar. Quizás la ley de la selva era mucho más que una lucha por sobrevivir. Tal vez allí también estaban insinuadas las leyes para una convivencia armónica. Tal vez el hombre moderno debería volver a convertirse en un ser ecológico para entender al Universo, concluyó.

    Mientras cavilaba, presintió que lo estaban mirando. Al volverse captó la energía poderosa de AkhaaSha, que parecía estar examinando sus pensamientos. Ella sonrió. Apuntó con sus dedos índice a sus oídos, a sus ojos, su nariz y su boca, para luego deslizar las manos sutilmente por su cuello y terminar tomándose la cabeza, como si estuviese diciendo:

    –Usa tus sentidos. Piensa… ¡Nada es lo que parece!

Gaspar asintió y sonrió socarronamente, como si le contestara:

    –¿Acaso puedo hacer otra cosa?

    Después de ese momento telepático, varios indígenas literalmente lo arrastraron hasta el río. Allí estaban todos, diluyendo sus extravagantes colores en la corriente del río. Sus disfraces se desvanecían navegando hacia abajo como si fuesen interminables hilos multicolores. Dejaron a Gaspar sentado en la orilla, con sus inútiles piernas bajo el agua y sus manos libres para fregar su piel con el agua corriente. Despojándose de la tinta azulada. Sus cuidadoras lo ayudaron a lavarse bien, aprovechando la ocasión para bañarlo como si fuese un bebé. Fue el último en volver a su cuchitril pero iba fresco y renovado. Ahora se sentía parte de la tribu, como si hubiese sido bautizado por las aguas serpenteantes del Amazonas. 

    Desde entonces, AkhaaSha le reveló frecuentemente sus prácticas chamánicas, permitiéndole advertir como ella se relacionaba con la naturaleza. 

    Cada mañana, después de un breve período de meditación, ella transformaba su choza en aula para educar a aquel alumno de capacidades especiales y procedía a impartir su materia mediante demostraciones y señas. 

    Comenzó por enseñarle a extraer energía natural de la vegetación. Primero los hongos. A identificarlos mediante el olfato. Esto le costó muchísimo porque era un sentido que Gaspar jamás había necesitado desarrollar. AkhaaSha le indicó que las setas, en particular dos de ellas, poseían poderes mágicos muy potentes. Las puso a secar y luego le mostró el procedimiento para conseguir un destilado poderoso. Para ella esta energía era divina y sólo se podía ocupar en casos muy especiales. 

    Lo mismo hizo con varias plantas. Las trataba con mucho respeto y consideración, como si fuesen seres inteligentes y en extremo sensibles. Hablaba con ellas y reaccionaba en consecuencia, como si le respondieran. En algunas ocasiones les hacía cariño, les daba agua y las limpiaba. En otras, después de un pequeño ritual, les sacaba delicadamente algunas hojas para remojarlas. Así preparaba una especie de té, que usaba para las sanaciones. Había unas enredaderas que machacaba y mezclaba con otras plantas para luego hervirlas, que obviamente producían potentes efectos alucinógenos. Él mismo se mareaba durante las preparaciones. 

    Con las flores era más delicada aun. Actuaba como si las admirara. Con amor. Destilando los pétalos mustios, preparaba esencias aromáticas para sazonar los alimentos. 

    Eran demostraciones prácticas que Gaspar agradecía y disfrutaba como su principal actividad del día. No se extendían por mucho rato, puesto que ella tenía otras obligaciones, pero le permitían pensar en algo concreto el resto del día y así combatir el fantasma de la depresión que a veces se aventuraba por allí.

    Además, AkhaaSha le mostró cómo conseguir energía natural de las semillas. Allí disponían de una variedad asombrosa que primero molían y luego ingerían como infusión. Era evidente que tenían diferentes usos. Cada una emanaba una energía propia, que parecía estar relacionada con su aspecto y colorido. Supuso que esa era la forma que tenían las plantas de expresar su energía interna. Probablemente nuestra apariencia humana también expresa la energía interna que nos habita, se dijo a sí mismo, contemplándose desvalido y desamparado. Y esa energía de las plantas era la única medicina de aquella precaria aldea. Gaspar observó cómo AkhaaSha las usaba en diversos brebajes para tratar a quienes acudían a ella. Así fue cómo Gaspar, se convirtió en aprendiz de Chamán y fue comprendiendo que en la vegetación circulaba la salud de todo el ecosistema. Mientras observaba a su mentora, progresivamente asimiló diversas prácticas del arte de la sanación. Con bastante sorpresa constató que los resultados eran más que aceptables. No obstante la muerte era una visitante habitual dentro de esa comunidad, donde el cuidado diario era una forma de vida, todos cooperaban en la prevención y nadie daba por descontado el mañana. Morir era un evento natural. Común y corriente. Vivían literalmente el momento, intensamente, en un eterno presente, que los nativos respetaban mucho por los continuos riesgos que los sorprendían en la jungla. Eran una comunidad débil y lo sabían. Por eso se cuidaban con esmero. Y entendían que sus recién nacidos eran especialmente frágiles, por eso los cuidados extremos eran para ellos. Cuidar a los jóvenes era la principal ley de supervivencia en la selva. 

    Un día muy temprano en la mañana AkhaaSha despejó el piso y dibujó un árbol en la tierra húmeda de su choza. En sus ramas esbozó algunas criaturas. Luego trazó las raíces que crecían, enterrándose. Perfiló unas gotas cayendo de las nubes e hizo crecer al árbol. Hacia arriba y hacia abajo. En el tronco dibujó una sonrisa. Y finalmente caminó sobre el dibujo, con mucho cuidado, dejando sus huellas impresas en la tierra húmeda. Luego salió, dejando a Gaspar la tarea de interpretar el mensaje.

    Las plantas conectan al cielo con la tierra, fue lo primero que pensó Gaspar. Sin embargo, a medida que examinaba los trazos fue comprendiendo que AkhaaSha había dibujado el árbol de la vida. La simbología era fascinante. El gran árbol parecía un gran paraguas, cobijando a todas las criaturas vivientes. El árbol, el cielo, la tierra y la vida estaban conectados a través del agua, fuente de energía para el sustento del ecosistema, que fluía en diferentes estados a través de ellos despojándolos de cualquier impureza. Energía de la naturaleza que el hombre respetuoso de ella podía aprovechar para su propia sanación. La energía de las plantas sanaba al hombre bueno. 

    Maná cae del cielo, se acostumbró a decir Gaspar en señal de agradecimiento cada vez que llovía, a pesar de las condiciones miserables en las que se encontraba y que debía soportar. El hombre se acostumbra fácilmente a sus circunstancias, pero necesita agua como la vida misma, pensó. Bendita agua. Sin embargo, el ambiente húmedo y caluroso en que normalmente vivían, era veleidoso y cambiante. Lluvias torrenciales podían llegar sin previo aviso. Por eso predecir las condiciones climáticas era muy importante para la supervivencia de la tribu. En los atardeceres AkhaaSha salía a mirar el cielo y se reunía con los cazadores. A veces, cuando la reunión se hacía cerca, lo sacaban a tomar aire y participaba en ellas como observador. Notó que se fijaban mucho en las nubes, en los vientos, en los colores del cielo y en las primeras estrellas que parecían estar ligadas a los ritmos de la naturaleza, lo cual no le pareció extraño. Lo que le llamó mucho la atención fue que se concentraran tanto en los sonidos de la selva: las ranas, los grillos, los pájaros, los gritos de los monos y hasta los gruñidos de los jaguares eran mensajes que estas criaturas les enviaban acerca del clima, y que ellos sabían interpretar a la perfección. Las melodías de la selva eran su predictor más eficaz. Toda la fauna se comportaba como una orquesta sinfónica de extraordinaria sensibilidad, dirigida por los gestos imperiosos de la atmósfera. Cada organismo vivo que los rodeaba interpretaba su partitura con notable maestría, previniendo a los nativos de los avatares del mañana. Muchos escuchaban los atardeceres embelesados, convencidos de que aquella música auguraba su porvenir.

    En la oscuridad profunda de una noche raramente enmudecida, al otro lado de la choza se percibían los ojos ampliamente abiertos de AkhaaSha, negándose a conciliar el sueño. Parecía preocupada o tal vez temerosa, como presintiendo el peligro. Aunque sus pupilas estaban orientadas hacia el cielo, su mirada estaba dirigida hacia su interior. Como percibiendo una melodía alarmante que presagiaba el futuro inmediato. Susurraba en voz baja algo ininteligible, como si estuviese cuchicheando con seres invisibles. Probablemente conversaba con los espíritus de sus antepasados. Parece estar rezando, conjeturó Gaspar. Estaba en una especie de trance. Algo inquietante ocurría en su imaginación porque sus expresiones demostraban aflicción. Suspiraba, gemía y respiraba agitadamente. Sueños lúcidos, según Gaspar.

   Mucho antes del amanecer se escuchó a mucha distancia un disparo, perturbando la tranquilidad selvática. Como si fuese la señal que estaba esperando, AkhaaSha se levantó y salió. Al poco rato, movimientos sigilosos por todas partes demostraban que la tribu entera estaba preparándose para un encuentro inevitable y peligroso. 

    Los niños más pequeños de la tribu entraron a la choza y se apretaron en un rincón. En la oscuridad apenas pudo distinguir a una de sus cuidadoras cubriéndolos con cenizas. Luego hizo lo mismo con él. Tácitamente se estableció un pacto de silencio absoluto entre todos. Gaspar y los niños debían esperar mudos e inmóviles. Agazapados, paralizados por el miedo, como el animal que sabe que no puede huir de su predador. Esperando. 

    En cuestión de segundos, los ruidos externos se diluyeron y la aldea quedó desierta. Los mayores se internaron en la espesura de la selva y desaparecieron. Estaban siguiendo una estrategia cuidadosamente planeada para evitar el encuentro con “otros humanos”. Ellos tendrían que esperar. Sencillamente esperar. Y así, los cenicientos inmóviles aguantaron sus miedos dentro de la choza. 

    Y si la tribu se perturbaba por el peligroso encuentro con la civilización, Gaspar no pudo evitar que en su mente aflorara la esperanza del retorno. Tal vez esa detonación provenía de alguien que podría llevarlo de vuelta a casa. Un ser civilizado.

    De pronto, sonó otro disparo que volvió a sacudir a aquellas almas asustadas. Esta vez mucho más cerca. Y luego dos o tres más. Un grito apagado y algunas voces humanas se distinguieron entre las alarmas estridentes de algunos animales abruptamente zarandeados por el estruendo de las detonaciones. La selva se agitó por un momento. Luego vino una calma sospechosa y después la cautela más silente se apoderó de aquella tímida madrugada. 

    Silencio absoluto por un tiempo. Gaspar intentaba infructuosamente, acallar los latidos de su corazón. Creía oír hasta las palpitaciones de sus compañeros de escondite. La adrenalina lo ahogaba. Unos pasos renuentes delataban la presencia de alguien acercándose sigilosamente. Los niños aun permanecían quietos. Sus ojos desmesuradamente abiertos eran el único cambio perceptible. 

    Entonces, entre las sombras del alba se distinguió una figura humana acercándose a la entrada de la choza. Un cuerpo vestido se agachó preparándose para entrar. El cañón de un rifle penetró el precario refugio de los más débiles y detrás del arma se asomó el rostro pálido de un desaliñado individuo. Investigando. Al principio no reaccionó. Adentro estaba muy oscuro. Solo después de algunos segundos, la sorpresa apareció en ese curtido rostro. Y justo cuando su mirada se encontró con la de Gaspar, una flecha letal atravesó su cuello. 

    Sin que su contacto visual se desatara aun, el extraño se desplomó como pidiéndole explicaciones. Comprendió que había caído en una trampa mortal y se estremeció al darse cuenta del inexorable destino que le aguardaba. En breves instantes, aquel excepcional visitante murió. Su mirada se perdió en el infinito. Allí quedó tendido, bloqueando la entrada de la choza. Allí mismo lo pasó a buscar la muerte, que de paso hizo un gesto cómplice al asustado rector. 


miércoles, 11 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.3

Previamente:

    —…pido perdón. No puedo aceptar el premio ¡Discúlpenme!

Entonces se precipitó el encuentro con el presente. Un impacto fuerte y seco, un tirón desgarrador, gritos desesperados y un duro golpe en la cabeza que lo dejó sumido en la oscuridad.


Episodio 3: La experiencia humana ♣

“Tendrás que dominar al gran destructor que llevas dentro y enseñarle a escuchar a la naturaleza.”

Gaspar despertó frente a un rostro de mujer curtido y fascinante. Una indígena de mediana edad, de mirada penetrante y segura, lo observaba con indisimulado interés. Al ver que Gaspar abría sus ojos, acercó la mano derecha a su frente, donde tenía tres profundos cortes y, sin tocarlo, le transmitió un calor profundo. Eran manos que expedían energía, quemaban. El aire que respiraba parecía ser tóxico. Una serie de olores intensos y novedosos inundaban la atmósfera de la precaria choza que lo alojaba.

    La misteriosa mujer, que se veía espléndida con su piel morena adornada de tatuajes y pinturas, comenzó a moverse con su cuerpo casi desnudo, elástico y musculoso, cadenciosamente y con extraordinaria agilidad alrededor del postrado sobreviviente. La danza era su manera de agradecer a los espíritus de la selva que el chamán blanco hubiera recuperado la conciencia después de quince días en estado de coma. 

    Para el herido, en cambio, se trataba de una escena terrorífica. Desde su cama vegetal Gaspar observó con ojos desorbitados el baile gimnástico sin poder ocultarle a la mujer el miedo que se dibujó clarito en sus propias facciones maltrechas. Desencajado, intentó darle un sentido a la situación pero su mente no le respondió. No podía comprender lo que estaba ocurriendo, ni por qué estaba allí. En su memoria, el recuerdo del accidente, había desaparecido. Como si aquel episodio de su pasado se hubiese borrado por completo de su mente. 

    Quería incorporarse y arrancar, pero su cuerpo no respondía. Incapacitado como estaba se sintió a merced de una bruja danzante que parecía querer intimidarlo con gestos grotescos en lugar de consolarlo en su agonía. Gaspar abrió la boca, como queriendo gritar. Pero no pudo articular palabra alguna. Ella aprovechó ese preciso instante para acercarle un líquido amargo. Gaspar tenía tanta sed que tragó con desesperación. Fue un reflejo instintivo. Al poco rato volvió a perder la conciencia.

    Cuando después de un tiempo indeterminado Gaspar recuperó el conocimiento, la mujer pintarrajeada seguía allí. Esta vez más tranquila, sentada al medio de la pequeña morada, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Respiraba lenta y profundamente. Parecía estar en trance. O meditando. 

    Gaspar apenas recuperado alcanzó a ver parcialmente el lugar donde se encontraba. Dentro de una choza rústica, donde distinguió algunos pequeños huesos, ramas y hojas ordenadas y plumas coloridas. Le dio la sensación de estar en un lugar esotérico. Intentó moverse discretamente y no pudo. Se sentía drogado. Le dolía todo. Por alguna razón recordó a su adorada madre… Ella, que se decía adivina, se sentiría bien en aquel ambiente tan mágico. En vano intentó volverse. El esfuerzo le causó un penetrante dolor que le hizo perder la conciencia nuevamente. 

    Despertó tranquilo y más lúcido esta vez. Su barba crecida demostraba que habían transcurrido varias semanas desde el accidente. No había nadie a su alrededor. Su vista recorrió nuevamente el lugar que habitaba y ahora logró distinguir pieles, hojas, flores, algunos cacharros de arcilla y piedras cóncavas que parecían recipientes y un par de cráneos de animales salvajes. Un tocado lo impresionó. Parecía un disfraz ceremonial que dominaba el centro del recinto. Concluyó acertadamente que la mujer era la hechicera de una tribu primitiva.

    La pequeña choza estaba construida de ramas y hojas verdes. Parecía un refugio provisorio. El viento y la lluvia se colaban con facilidad. Escuchó un ruido. Alguien se acercaba. Como seguía inmóvil decidió cerrar los ojos y hacerse el dormido. Entraron dos muchachas preadolescentes casi completamente desnudas. Comenzaron a limpiarlo cuidadosamente con paños y agua. Le mojaron los labios y luego le movieron los brazos y las piernas para continuar con el aseo. Un grito de dolor que no pudo reprimir, les reveló su estado de conciencia. Las jóvenes se asustaron y salieron raudas, gritando algo incomprensible. 

    Después de un par de minutos la hechicera entró. Gaspar ya estaba calmado. Comprendió que si hubiesen querido hacerle daño ya no estaría vivo. Que estaban intentando salvarle la vida. La mujer lo siguió limpiando con paciencia y delicadeza. Era más que una curandera, era su doctora. Actuaba con total autoridad. Dedicó algún tiempo a tratar las heridas, aplicándoles amable y pacientemente, pócimas y ungüentos. Gaspar la miró con una expresión de profunda gratitud que ella comprendió inmediatamente. Ella le sonrió, mostrando al  unísono, su dentadura imperfecta y su amable benevolencia. Tenía ojos felinos, penetrantes y almendrados. Era portadora de una belleza salvaje y natural, digna de una reina amazónica. Desde ese momento Gaspar recibió sus atenciones con total confianza.

    Así pasaron varios días. El rector seguía postrado, sin adaptarse a su nueva realidad. Era un escenario propio de un cuento fantástico. Desde su lecho, advertía cómo ella, en un oscuro rincón, regularmente preparaba pócimas, escogiendo con cuidado los ingredientes. Parecía una alquimista preparando remedios naturales en la selva. Los guardaba en una especie de morral que siempre acarreaba consigo. A pesar de su sosegada mejoría, Gaspar adivinó que algo andaba muy mal. Algunos músculos no le respondían aunque sus heridas exteriores ya habían cicatrizado. Cada vez que intentaba comunicarse con su cuidadora, ella le respondía con una risita socarrona.

    Un día la mujer preparó un brebaje que ambos compartieron en lo que Gaspar presintió, era un ritual sagrado. Ella se sentó frente a él. Cantó, apenas susurrando una letanía monótona y pegajosa. Gaspar se animó e intentó repetir los sonidos que ella emitía. Después de un rato ella bebió la preparación de un recipiente y le ofreció el resto a su atribulado visitante. Gradualmente sus distorsionadas mentes se entrelazaron y sostuvieron una conversación sin palabras. ¿Telepatía? ¿Clarividencia? Más bien parecía un sueño. Por primera vez conversaron. 

    –AkhaaSha –dijo mostrándole su cuerpo, como si estuviese indicando su nombre–. Soy la eterna memoria de la experiencia humana y la madre de esta familia. 

    Gaspar supo instantáneamente que AkhaaSha era la principal autoridad del grupo. La jefa de la tribu. Se alegró de poder comprender. 

    –AkhaaSha –repitió él, señalándola y apuntó hacia el mismo diciendo– ¡Gaspar!

    –Aspar…

    – ¿Qué ocurrió? 

    AkhaaSha hablaba lentamente y gesticulaba con sus manos intentando explicarle lo sucedido. Gaspar traducía sus palabras y gestos intuitivamente. No estaba cien por ciento seguro, pero creía sus conjeturas eran correctas. El dialogo que sigue es su inmediata interpretación de aquella extraña conversación.

    –Del cielo cayó una gran ave metálica que traía en sus entrañas muchos humanos… Hizo fuego, ruido, daño. Y la selva lloró, se lastimó. 

    – ¿Y los demás? 

    –Muertos. Excepto tú y uno más que murió esa misma noche. Agradecimos a la Madre Naturaleza y a los cuerpos, que hicimos nuestros –dijo AkhaaSha.

    Gaspar se quedó mudo. Atónito. No quiso entrar en detalles, aunque inconscientemente se preguntó: ¿Canibalismo en el siglo XXI? No. Prefería pensar que estaba malinterpretando las señas. AkhaaSha respetó por un rato el silencio escandaloso que se interpuso entre ambos y finalmente lo interrumpió con palabras aun más desconcertantes.

    –Tienes la marca del jaguar –dijo, señalando la cicatriz que Gaspar tenía en la frente–. Esa es una señal. Todos los chamanes la tenemos.

    Entonces ella le mostró la suya detrás del hombro derecho. Tres rasguños paralelos que parecían hechos por una garra felina. Una cicatriz muy similar.

    – ¿Chamanes?

    –Tus ancestros también fueron furtivos chamanes. Me han pedido ayuda pues tienes una gran misión por delante. Ellos siguen acompañándote aquí mismo –dijo mirando al costado, donde se suponía que estaban los antepasados de Gaspar.

    Él se volteó, pero no vio nada. ¿Estaría interpretándola bien?

    –Mi madre era psíquica –musitó inconscientemente Gaspar, reconociendo íntimamente que la amorosa presencia materna se sentía allí. AkhaaSha respetó el contacto esotérico con un silencio prolongado…

    –Lo sé. Y también sé que ahora percibes su presencia –agregó ella.

    – ¿Cómo…?

    –Recuerda que yo guardo en mi corazón toda la experiencia humana. Sé bien quién eres tú. El cordón umbilical entre nuestros mundos…

    –Un cordón que estuvo a punto de cortarse –comentó Gaspar aludiendo a su accidente pero sin comprender del todo aquella insólita aseveración. 

    –No fue fácil tu recuperación desde la muerte. Ya habías entrado a la luz y no querías regresar. Debí usar mucha magia y hacer un pacto con el árbol de la vida. Tendrás que dominar al gran destructor que llevas dentro y enseñarle a escuchar a la naturaleza –le advirtió AkhaaSha.

    –Respetar la naturaleza –dijo Gaspar, dándole a entender que había comprendido, cuando en realidad estaba más confundido que nunca. De lo que sí estaba consciente era de que dependía de su buena voluntad para seguir viviendo. Trataría de seguirle la corriente…

    –Nuestros antepasados han hecho un pacto de honor y conspiran para el bien de la humanidad. Mueven energía para intentar evitar el suicidio humano. 

    –Debo volver ¡Debo irme! –dijo, intentando incorporarse sin éxito. No quería aceptar la interpretación que su mente daba a los gestos y palabras de su cuidadora. ¿Estaría volviéndose loco?

    –No Aspar. Debes prepararte-, lo interrumpió y antes de que él siguiera intentando moverse, le acercó una enorme espina al muslo y se la clavó. Gaspar no sintió nada.

    –Tus heridas fueron grandes. Tus piernas ya no caminarán. 

    Fue entonces cuando Gaspar se dio cuenta de que estaba paralizado. Sólo podía mover sus extremidades superiores, aunque con intenso dolor y mucha dificultad. Se había roto la columna y algunas costillas además del brazo dislocado. Aturdido por las implicancias de una conversación que le parecía irreal, decidió tranquilizarse y reflexionar.

    Su mente también parecía estar quebrada. Quiso creer que todo era una confusión producto del fuerte golpe en la cabeza y el brebaje. Necesitaba ordenarse. Intentó recoger las pocas piezas de información que tenía para construir un relato coherente. Comenzó por dejar las cosas más incomprensibles a un lado e intentaría no hacer suposiciones. 

    Era evidente que había sido el único sobreviviente del accidente aéreo. Estaba en plena selva amazónica, probablemente entre Brasil y Perú. Lo había rescatado una tribu de indígenas que, a juzgar por sus utensilios, costumbres y formas de vida, casi no tenían contacto con la civilización. Muy pocos de sus conocimientos previos servían en aquel mundo primitivo. Supo con certeza que su vida aún pendía del delgado hilo de AkhaaSha. Por el momento se encontraba protegido por esa mujer bondadosa pero aparentemente desquiciada. Ella creía en los espíritus y hablaba con las plantas y los animales, como si supiera sus idiomas. Si de algo estaba seguro era que no debía enfadarla ni contradecirla. Era evidente que ella esperaba algo a cambio de haberle salvado la vida.

    Sus heridas superficiales parecían haber cicatrizado bien. Su hombro aunque se había encajado, aún le dolía con cada movimiento que intentaba. Su cabeza había sufrido un fuerte trauma pero estaba mejorando. Y probablemente el reposo por la inconciencia había contribuido a la recuperación de las costillas. Lo que más le preocupaba ahora era su parálisis. Tal vez tendría solución si lo atendían en un hospital moderno. Allí, en medio de la selva, estaba condenado. Tendría que idear un plan para volver a la civilización cuanto antes. 

    Mientras tanto AkhaaSha lo observaba con evidente y creciente curiosidad. Su cuerpo reaccionaba frente a cada pensamiento de Gaspar. Parecía estar leyendo su mente. Comprendía sus emociones. Entonces fue cuando AkhaaSha le señaló en tono autoritario:

    –No te engañes ni te apures. Antes de regresar debes prepararte –y sin más que agregar salió de la choza.

    A partir de entonces, Gaspar aceptó sus circunstancias sin oponer resistencia y vigiló cuidadosamente los rituales de AkhaaSha. Se transformó en un observador, el único papel que le cabía a un paralítico en la selva.  Notó cómo preparaba sus pociones, cómo seleccionaba sus hierbas y cómo clasificaba sus setas. A veces ella le daba unas infusiones que agradecía mucho, porque saciaban su sed, calmaban sus dolores y lo ayudaban a dormir. Afortunadamente en ese clima tropical la habitual lluvia le regalaba algunas gotas de agua fresca que se colaban hacia el interior de la choza y que él se esforzaba por cazar. Estiraba su cuello y abría la boca, dando un espectáculo que divertía mucho a AkhaaSha. Una refrescante entretención en esa insoportable prisión.

    Aunque estaba claro que las secuelas serían graves, tras algunas semanas después del accidente, todo indicaba que había logrado sobrevivir. -¿Cómo?, ¿Por qué? -se preguntaba. Tal vez porque había sido un buen deportista y probablemente sus años de duro entrenamiento permitieron que su cuerpo resistiera el accidente y favoreciera su recuperación. Quizá gracias a la enorme rigurosidad con que su padre lo crió porque, reconocía, nunca aceptó rendirse frente a sus desafíos. De él heredó una testarudez que podía hacer titubear incluso a la muerte. Si estaba vivo era porque se había vuelto un “viejo porfiado”, como él muchas veces catalogó a su progenitor. Como correspondía a un abogado chapado a la antigua, su viejo fue exigente y obstinado pero justo. Honorable a la antigua, bastante distante y poco cariñoso. Muy diferente a su querida y gentil madre, con quien solía jugar a las adivinanzas. De ella heredó sus poderes psíquicos. Resolver acertijos era su juego favorito cuando era niño. Desarrolló una perspicacia magnífica. Tal vez esos distantes poderes le permitían comunicarse ahora con AkhaaSha. Nunca se atrevió a ejercitarlos frente a su padre. Quizás ahora, en plena jungla amazónica, lograría quitarse esa frustración infantil. Quizás ahora podría reconocerse como el “genio que habita en las entrañas del hombre” como sostenía su querida madre pitonisa.


viernes, 6 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.2

Previamente:
    —Debemos cambiar la forma de educar…¿Cómo hacerlo? Quién sabe… Pues bien, al menos yo rogaré por intervención divina para conseguir inspiración.



Episodio 2: El abrazo de la luz ♣

Una enorme luz envolvió a Gaspar Lamarc tierna y dulcemente, acogiéndolo y disolviéndolo en un abrazo infinito e inconmensurable de amor y paz. Súbitamente supo que volvía a su verdadero hogar.”
El avión era más pequeño y antiguo de lo que Gaspar había imaginado. Su capacidad bordeaba los cuarenta pasajeros y, de acuerdo a lo que observó al subirse, ni siquiera la mitad de los asientos estaban ocupados. Tanto mejor, pensó, y se deslizó hacia el final del pasillo. Ya sentado en la última fila pidió un trago para relajarse un poco. Estaba preocupado por las repercusiones familiares que tendría su rechazo al premio. La única azafata presente le sonrió mecánicamente cuando le entregó un whisky en las rocas con una porción de maní salado. Después de pagarlo, se lo tomó de un trago, apurándolo para sentir su efecto de inmediato. Poco acostumbrado al alcohol, su cuerpo se estremeció.

    – ¡Gracias! Muy amable de su parte –, le dijo a la azafata, que seguía mirándolo como si intentara acordarse de algo–. ¿Podría decirme cuánto demorará el vuelo a Bogotá? 

    –Debiéramos llegar en cuatro horas –respondió ella, con la característica cortesía de una tripulante con experiencia, sin atreverse a preguntar por qué ese pasajero le parecía tan familiar–. ¿Necesita algo más?

    –Sólo dormir un poco. Descansar. Le agradecería no despertarme hasta que lleguemos a destino. 

    –Con mucho gusto-, dijo ella con un sonsonete típicamente colombiano y desapareció de su vista. 

    A pesar de que el vuelo transcurrió sin ningún inconveniente hasta aterrizar en Bogotá, sus intentos por conciliar el sueño no tuvieron éxito.  Ya en Colombia, mientras cargaban combustible, notó que un par de pasajeros se bajó del avión. Ninguno subió. Pocas personas lo acompañarían a Lima. Lentamente, los acontecimientos previos comenzaron a quedar atrás, lo mismo su ansiedad. Intentó leer algunas revistas sin lograr concentrarse y luego trató en vano de ordenar sus ideas.

    El avión despegó hacia Lima con plena normalidad y en cuestión de minutos, Gaspar estaba durmiendo profundamente. Toda la tensión de México se había disipado y su cuerpo ahora estaba completamente relajado. Roncaba apaciblemente. No tuvo conciencia de cuánto tiempo había transcurrido cuando un timbre lo despertó. Se prendieron las señales de abrocharse el cinturón y se escuchó la voz del piloto advirtiendo:

    –Señoras y señores, les habla el capitán. Desviaremos nuestro rumbo para evitar una tormenta y pasaremos por una zona de turbulencias, por lo que hemos encendido la señal de abrocharse los cinturones. Por precaución les recomendamos mantenerlos abrochados hasta que apaguemos la señal. Es posible el avión se sacuda un poco en los próximos minutos. Muchas gracias por su atención.

    Malhumorado, Gaspar no consiguió volver a dormir. Las turbulencias aumentaron gradualmente y eso lo incomodaba. El avión crujía tras cada brusco movimiento. A pesar de todo, la azafata no se notaba nerviosa e intentaba tranquilizar a los pasajeros, a estas alturas, bastante inquietos. Avanzaron a tumbos durante largos minutos. Era evidente que las condiciones de vuelo no estaban mejorando y que el avión, por alguna razón, estaba volando demasiado cerca de la tormenta para la tranquilidad de sus pocos ocupantes.

    Lamarc miró por la ventana. Si bien la noche era oscura, los rayos iluminaban las alas del avión y entonces en forma intermitente, se podía apreciar la gran intensidad de aquella torrencial lluvia. Desde ahí atrás, el espectáculo era alarmante. La tormenta era feroz. Las frecuentes sacudidas de la aeronave hicieron cundir el nerviosismo entre los pasajeros que de pronto se transformó en pánico. 

    Se sintió un estruendo adelante. Un golpe seco e inesperado. Algo grave había ocurrido. En cuestión de segundos, la cabina del piloto se despresurizó. Todas las cosas sueltas fueron succionadas violentamente hacia delante. Almohadas, frazadas, vasos, papeles, bolsos y carteras volaban, arrastrados por la poderosa ráfaga de viento.  La pobre azafata que no estaba amarrada al cinturón, perdió el equilibrio y la compostura gritando desesperadamente, mientras era aspirada violentamente por el chiflón. Su cuerpo rebotó sucesivamente en varias butacas hasta detenerse bruscamente contra un compartimiento delantero. En ese preciso momento el avión perdió sustento y tanto Gaspar como sus compañeros de vuelo, supieron que caerían estrepitosamente. ¡Irremediablemente iban a estrellarse! Se acurrucó por instinto, preparándose para el impacto mortal. Un poderoso flujo de adrenalina le recorrió todo el cuerpo. El tiempo se ralentizó y la vertiginosa caída del avión comenzó a  transcurrir en cámara lenta, permitiéndole recordar, con todo detalle, algunos pasajes importantes de su vida. Como si fuesen lecciones que debía recordar durante su próxima reencarnación. 

    Visualizó a su madre, amorosa y abnegada, cuando en las noches de tormenta para aplacar sus miedos, le contaba a él y a su hermano historias de misterio a la luz de la chimenea. Los dos, arropados bajo una misma frazada, escuchaban con atención. ¡Oh…cuanto la necesitaba ahora!

    Recordó también a su perra “Sombra” -una labrador negro que él consideraba su mejor amiga-. Tenían una comunicación especial. Ella se sentaba frente a la ventana del porche y movía su cola preparándose para saltarle encima, anticipando precisa y telepáticamente su llegada a la casa. Era la expresión perfecta del afecto incondicional. ¿Estaría ella presintiendo su accidente?

    Percibió después a Esperanza, su primer amor. Esa chica pecosa y traviesa que lo cautivó muy temprano en su adolescencia. Corría descalza en la playa, etérea, como si flotara. Su largo cabello rubio ondeando al viento. Toda la belleza de la juventud plasmada en ella, disfrutando la plenitud del instante. ¡Cuánto la quiso entonces!

    Emergió luego, en ese instantáneo resumen vivencial, el momento más emocionante de su propio matrimonio, cuando en el altar frente a sus familiares y amigos, él y su novia prometieron amarse hasta que la muerte los separase. Sintió que volvía a reiterar ese compromiso: ¡Si, prometo! Ella, ahora convertida en su esposa, tal vez mereció mucho más amor de lo que él supo darle. ¡Efectivamente estaba en deuda!

    Reconoció que parte del amor que legítimamente le correspondía a su amada señora, se lo entregó a un absorbente colegio con nombre de coleóptero, que ahora no parecía nada de relevante. Igual recapituló ese día en que dirigió su primera asamblea como rector. Cuando siendo un joven profesor lleno de energía, prometió que daría larga vida al “Escarabajo”. ¡Cuanta energía desperdiciada en un trabajo que recién había desechado!

    En ese fugaz momento atemporal, se asomó la inolvidable figura de su autoritario padre, como advirtiéndole lo que en verdad estaba ocurriendo. Siempre riguroso y exigente e invitándolo continuamente a poner los pies en la tierra. Ahora eso le parecía un mal chiste. ¡Nunca comprendió bien ese amor severo de su querido viejo!
Entonces se precipitó el encuentro con el presente. Un impacto fuerte y seco, un tirón desgarrador, gritos desesperados y un duro golpe en la cabeza que lo dejó sumido en la oscuridad.

    Desde arriba el espectáculo era dantesco. Aún no amanecía del todo pero entre las alargadas sombras del alba y bajo los árboles se escondía un drama sin precedentes. El avión siniestrado estaba hecho mil pedazos. Fragmentos y piezas por doquier. Apenas se podía distinguir un ala quebrada y algo que podría haber sido la parte trasera del fuselaje. Había cuerpos y miembros humanos diseminados por todas partes. Escombros de todo tipo se asomaban entre la espesura de la selva. Algunas llamas, material incandescente, algo de humo y un intenso olor a combustible resaltaban en aquella frondosa y umbría vegetación. Todo aquello demostraba que allí, en la mitad de la selva amazónica, había ocurrido un trágico accidente aéreo. 

    Un quejido inubicable que parecía ser la señal de alguien con vida, se escuchó a lo lejos. ¿Quién había logrado sobrevivir al furioso choque contra la selva? Colgando de unas ramas había un cuerpo humano sangriento y destrozado. Penosamente pudo reconocerla, su rostro estaba incólume. Aún parecía sonreír. Era la gentil azafata colombiana. Inerte, fallecida. Y lamentablemente no era la única víctima.

    Sigilosamente, desde la frondosa espesura, aparecieron unos nativos semidesnudos que se acercaron con una mezcla de temor y curiosidad. Indios amazónicos bastante primitivos a juzgar por sus atuendos mínimos. Mujeres y niños principalmente. Aunque también habían algunos pocos adultos, distinguibles porque portaban lanzas, arcos y flechas. Afanosos comenzaron a registrarlo todo. Buscaban sin mucho éxito, sobrevivientes. 

    De pronto se produjo un alboroto. Los adultos habían encontrado el origen del quejido. Varios de ellos se acercaron a un asiento volcado que escondía un cuerpo aun amarrado al cinturón de seguridad. ¡Un herido! El daño físico parecía enorme pero su voluntad de vivir era superior. Respiraba con dificultad aunque intensamente. Cuando lo dieron vuelta, pudieron ver su rostro, aunque desencajado, atractivo, misterioso e inconfundible: ¡Gaspar Lamarc! ¡Era él! Malherido e inconsciente, aun estaba con vida. Allí abajo, entre el barro, los escombros y la vegetación, rodeado por nativos tribales, probablemente cazadores-recolectores, estaba su cuerpo, maltrecho, golpeado y sangrante pero inequívocamente vivo, palpitando. Arriba, entre las copas de los árboles más frondosos, como si fuese un primate observando desde las alturas, estaba su conciencia, contemplando el lugar del accidente, donde tantos ya habían muerto y su propio organismo luchaba por sobrevivir. Su cuerpo y su alma se habían separado.

    Desde aquella elevación pudo apreciar un paisaje inquietante: la tupida vegetación se extendía como un interminable océano verde. Su dañado cuerpo estaba en medio de la selva, lejos de cualquier vestigio de civilización. Solo en ese instante comprendió que para todos los efectos prácticos, el avión había sido tragado por la selva y desde el aire nadie lograría encontrarlo. Intentó distinguir algún camino o carretera en los alrededores. Sólo pudo reconocer un pequeño poblado de chozas primitivas en las cercanías. Seguramente desde ahí venían los aborígenes que intentaban reanimarlo, pensó. Cuando volvió su atención a su cuerpo agonizante, advirtió que sus heridas eran muy serias y recién se percató de su precaria situación.  Su vida pendía de un hilo a punto de cortarse. Ya no tenía esperanzas y los esfuerzos que hacían los nativos para reanimarlo parecían inútiles. Sabía que se había separado casi por completo de su cuerpo y que estaba experimentando su muerte lo que le pareció, por los demás, algo muy natural. No sentía dolor, ni temor.

    Una luz maravillosa lo llamaba. No se resistió. No podía. Era intensamente atrayente. Un magneto benevolente. Más que luminosidad, irradiaba amor. Un tipo de amor incondicional que por una parte lo hipnotizaba atrayéndolo y que simultáneamente parecía regocijarse como si estuviese recibiendo al hijo pródigo. Como ese afecto entrañable que los griegos llamaban ágape, pero infinitamente más poderoso. Era una energía indescriptible e inmutable, donde el tiempo no existía, que lo acogía sin juicios. Era una fuerza amorosa y resplandeciente, que lo invitaba a una verdadera fusión cósmica. Un baño para diluirse en un océano de felicidad. Allí no habían límites, ni diferencias. Allí estaba todo concentrado. El Cosmos, la Existencia, el Alma y la Conciencia.

    Avanzó hacia la luminiscencia por un túnel oscuro y frío, añorando la promesa del cariño eterno al final del trayecto. Había un fondo musical de armonías envolventes que subyugaban su propia identidad, atrapándola en una danza primal.  Gaspar ya no sufría, ni siquiera era Gaspar, sino que a medida que se acercaba, comenzaba a comprender y aceptar sus experiencias como parte de un proceso sistémico. Cada experiencia vivida era relevante. Necesaria. Todas ellas tenían un propósito que se aclaraba al avanzar. De hecho, en las umbrías paredes del túnel, relucían algunos recuerdos ya olvidados, teñidos de millares de colores, que condimentaban ese proceso de reunión. Estaba tranquilo, agradecido, asombrado y esperanzado. Porque a medida que se acercaba se volvía más sabio, entendiendo su propia vida desde una nueva perspectiva. Iba disfrutando del camino al cielo, de la experiencia de ser adimensional y de regocijarse con esa música gloriosa. Sabía que estaba falleciendo y se entregó a los brazos de la muerte sin ansiedad y sin culpa. Con la clara sensación de que el acto de rechazar aquel premio académico en México había sido una prueba que había logrado superar con éxito y que ahora sí estaba por recibir un merecido galardón. Reunirse con su esencia. Su vida como profesor de biología estaba terminando de la manera más consecuente: en medio de la naturaleza. Una enorme luz envolvió a Gaspar Lamarc tierna y dulcemente, acogiéndolo y disolviéndolo en un abrazo infinito e inconmensurable de amor y paz. Súbitamente supo que volvía a su verdadero hogar.