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lunes, 2 de octubre de 2023

La experiencia extraordinaria

Desperté al día siguiente. O al menos eso pensé yo. Días después supe que la misma noche de la operación me desconectaron del sistema de circulación extracorporal que hacía el trabajo del corazón y los pulmones mientras se injertaban los 3 by-pass. La revascularización había transcurrido sin inconvenientes y al parecer mi cuerpo respondió bien. Recuperé la conciencia y estaba muy lúcido, según el enfermero que me desconectó. Pero nada de eso quedó en mi memoria...

Solo recuerdo que desperté al día siguiente en la Unidad de Pacientes Críticos como si me hubiese atropellado un tanque. Y sentía como si aún estuviese estacionado sobre mi pecho. Aplastándome. Todas las células de mi cuerpo se quejaban. Hasta las uñas me dolían. Me costaba mucho respirar. Estaba hinchado y deshidratado. Tenía 3 drenajes insertos cerca del plexo solar y una sonda urinaria para eliminar sangre, suero y orina hacia unos recipientes graduados. Además estaba conectado a una serie de instrumentos que medían mis signos vitales e incluso a un marcapasos. La tecnología estaba ahora a cargo de mi vida. Algunas sondas me inyectaban medicamentos en forma permanente de modo que la química estaba regulándola. Me sentía como un despojo humano aprisionado entre cables e instrumentos. Mi energía vital había desaparecido. Evidentemente traumado y aun muy confundido, no podía pensar con claridad. El miedo, la angustia y la ansiedad revoloteaban en mi cabeza. 

Los doctores, enfermeras y el personal técnico fueron especialmente delicados y me atendieron como si fuese una frágil mariposa recién saliendo de su capullo. Ellos tenían muy claro que mi recuperación física dependía de mi voluntad de vivir, que había sido puesta a prueba en esa cirugía tan invasiva. E intentaban por todos los medios, hacerme tolerable ese mal día. Estaba muy cansado pero las recurrentes alarmas de los sensores que monitoreaban el estado de los pacientes, me impedían dormitar. En la televisión, proyectaban el mundial de atletismo, mostrándome (con algo de ironía) que las capacidades de un cuerpo humano sano eran extraordinarias. Cómo envidiaba la salud que irradiaban esos atletas. Con una lentitud exasperante, llegó la noche y finalmente el sueño me venció...


Desperté sobresaltado por el estridente sonido de una alarma que anunciaba una urgencia. Una serie de luces pestañeando en mis monitores me hicieron darme cuenta de que el paciente en crisis era yo. Varias personas irrumpieron en mi habitación y en una coreografía bien estudiada, tomaron sus posiciones rodeándome. Mi corazón latía desbocado. Sus células se habían descoordinado. Comprendí que estaba sufriendo una peligrosa arritmia. «No debo ponerme nervioso», alcancé a pensar e intenté tranquilizarme concentrándome en mi respiración. Mientras el doctor inyectaba medicamentos y las enfermeras seguían sus instrucciones, me invadió una profunda paz. Dejé de oponer resistencia y me entregué. Apenas entré en ese estado de rendición total, comenzó la "experiencia extraordinaria". 

Mi identidad se expandió. Ya no estaba circunscrita a mi cuerpo. Penetró en los cuerpos de las personas que se encontraban en mi habitación. Sentí como si yo fuese un organismo de 5 cuerpos interconectados: el mío (prácticamente inmóvil) y también el del doctor, el de las 2 enfermeras y el de la tecnóloga, es decir de los que estaban concentrados en sacarme de la crisis. Los movimientos de cada uno de ellos, parecían ser hechos por mí. Sentí como si yo moviese los músculos del cuerpo de una enfermera al estirarse para alcanzar una sonda y como si yo moviese las manos del doctor al inyectar algún medicamento. Sentí moverse también el cuello de la tecnóloga mientras revisaba los signos vitales en los monitores y cómo sus cuerdas vocales vibraban mientras los leía en voz alta. Sentí también como si yo diera los pasos de la otra enfermera al entregar ciertos remedios al médico. Toda la coreografía de esos 5 cuerpos parecía dirigida por una conciencia expandida a la cual tuve acceso por algunos minutos. 

Con mi mente pasó algo similar. Accedí a los pensamientos del doctor. Estaba tranquilo y sabía lo que tenía que hacer. «Esto está controlado», pensó. Igual pude leer las mentes de las enfermeras y de la tecnóloga: Una pensaba que yo estaba respondiendo bien al medicamento para la arritmia y la otra creía que el peligro ya había pasado. Bastante nerviosa y aun somnolienta, la auxiliar repetía una especie de mantra para que no pasara nada malo. De algún modo, mi conciencia estaba presente dentro de esas 5 mentes diferentes, que curiosamente no se interferían. En esos instantes, dejé de ser sólo el paciente. Yo también era el doctor y las enfermeras y la auxiliar. Supuse que, estando en un estado de conciencia alterado, había logrado trascender las limitaciones espaciales de mi cuerpo y mi mente. Tal vez en esos instantes, los distintos campos electromagnéticos de varias personas concentradas, se habían armonizado, permitiendo que mi conciencia los recorriera. 

La expansión limitada de mi conciencia, fue una experiencia extraordinaria. Más real que la realidad misma. No fue una experiencia cercana a la muerte, puesto que mi conciencia nunca abandonó a mi cuerpo. Más bien trascendió sus límites tradicionales e incluyó a otras personas que tenían un objetivo común. Experimenté una identidad múltiple asociada a un cuerpo de 5 organismos distintos. El límite entre yo y lo demás, entre lo interno y lo externo, se había ampliado. Comprendí que no estamos separados de los demás. Ellos son un reflejo de uno mismo. En realidad ellos y yo, somos uno. 


Con una tranquilidad abismante y sabiendo que todo lo que estaba ocurriendo era necesario para mi aprendizaje espiritual, me dormí. La arritmia fue controlada y recién comenzó la verdadera recuperación. Ahora sabía que la realidad externa es una experiencia educativa especialmente diseñada para que mi alma se reconociese como parte de una Conciencia Universal. Como la chispa de divinidad que todos compartimos. Es la fuerza vital de una presencia cósmica que está viva dentro de nosotros. Y sabiendo esto, cambié.

Poco a poco comencé a mejorar físicamente. Y aunque mi identidad volvió a sus límites habituales, nunca olvidaré que el otro es un personaje que mi conciencia representa para acercarme a Dios. Yo mismo, encarnado en esas 5 personas, decidí darme una segunda oportunidad. Ahora simplemente debo recuperarme para aprovecharla bien. En eso estoy. 

jueves, 7 de septiembre de 2023

Señales y Corazonadas

Durante semanas el Universo me envió señales. Coincidencias que comenzaron a llamarme la atención: Una extraña conversación (que normalmente no hubiese escuchado) entre dos personas comentando la necesidad de ambos de colocarse un Stent; un comercial de una serie médica que se repetía; una baja relevante en el rendimiento físico que yo atribuí a la edad; un correo invitándome a hacerme un chequeo preventivo en el mes del corazón que borré inmediatamente; sueños insólitos con mi hermano fallecido súbitamente hace un par de años; la canción "Estrechez de Corazón" de Los Prisioneros que se me apareció tanto en una serie de Netflix como en la radio y la reiteración del correo ofreciéndome el chequeo preventivo que borré después de unos días; un pequeño mareo mientras jugaba golf. Incluso en mi casa se taparon las cañerías del califont. En fin, probablemente recibí una serie de otros "mensajes" que no advertí conscientemente. 

Durante semanas el Universo me estuvo enviando múltiples advertencias, en distintos formatos,  pero cuyo mensaje de fondo era el mismo: "cuidado con el corazón". Solo cuando el correo del chequeo preventivo apareció por tercera vez en mi bandeja de entrada, conecté los puntos. Recién entonces algo en mis entrañas me dijo que no lo borrara. Esta vez lo marqué, se lo reenvié a mi señora y le pregunté su opinión. ¡Háztelo! me dijo... y confiando en su certera intuición, llené un formulario y me inscribí. No estaba realmente convencido de la necesidad de hacerme tantos exámenes y el día anterior pensé en anular la hora. Pero mi señora insistió y finalmente despejé mi agenda e hice el ayuno requerido. Fui a la clínica confiado y bien temprano comenzaron a tomarme los exámenes de sangre, orina, ecografías, radiografías y cuanta cosa hay. Después de unas 5 horas de "revisión técnica" y habiendo tomado el magro desayuno incluido en el combo, me reuní con la doctora que en síntesis me comunicó que todos los indicadores estaban normales y que lo único que quedaba era el test de esfuerzo para terminar el chequeo. 

Estaba caminando sobre la trotadora cuando comenzó a cambiar la dirección de los vientos de mi destino. El otrora sencillo nivel de esfuerzo, me agobió y el test debió suspenderse. La médica me comunicó que sospechaba de una estrechez coronaria y me sugirió hacerme una coronariografía a la brevedad. Inmediatamente se comunicó con mi cardiólogo quien programó la intervención para el día siguiente. Sin saber cómo, en algunas horas, estaba tendido en un quirófano mientras mi doctor exploraba mis arterias coronarias para ver si era necesario colocar algún stent. Comencé a sentirme mal. Si yo pensaba volver a casa a mas tardar el día siguiente, esa idea se hizo añicos en cosa de minutos. Aun estaba inmovilizado en la sala de operaciones bajo luces encandilantes cuando el cardiólogo me explicó que "estábamos en problemas" y que necesitaba consultar a otro cirujano. Lo mandó llamar. Mientras tanto, yo transpiraba helado y sentía una angustia que me daba náuseas. La impotencia se apoderó de mi mente. Nada de lo que estaba sucediendo tenía sentido. 

Después de lo que me pareció una eternidad, finalmente llegó el nuevo cirujano y me explicó que tenía la "enfermedad severa de los 3 vasos" y que debía operarme a corazón abierto tan pronto como fuese posible para colocarme 3 o 4 by-pass. 

    —Tus coronarias tienen demasiadas estrecheces..., parecen un rosario —comentó.

Y mientras yo intentaba digerir sus palabras, agregó una palabra final que quedó revoloteando en mi cabeza:

    —Reza.

    —Hagan lo que tengan que hacer... —, murmuré con apenas un hilo de voz y así quedó sellado uno de los eventos más relevantes de mi vida. Al día siguiente me iba a someter a una cirugía mayor que transformaría tanto mi vida como la de mi familia. 

Esa noche fui trasladado a una pieza para descansar antes de la operación. Por la ventana, el panorama era tenebroso. Bastante parecido a mi estado de ánimo. Santiago estaba cubierto por una densa y oscura nubosidad que azotaba, con una copiosa y persistente lluvia, a la ciudad en toda su extensión. El mal tiempo estaba causando estragos en el valle metropolitano y desde mi privilegiado punto de vista, el espectáculo era bastante aterrador. «Mal presagio», pensé. Sin poder dormir y a esas alturas, evidentemente deprimido, decidí prepararme para aceptar cualquier resultado de la intervención. En el peor de los casos quería despedirme con cierta dignidad de mis seres queridos y me afané buscando palabras apropiadas para que cada adiós particular fuese significativo. En eso me distraje durante las horas mas tristes de esa lúgubre noche. Las emociones literalmente me desbordaron. Cuando ya tenía el guión escrito y mis pensamientos se sosegaron, volví a mirar por la ventana. 

El escenario había cambiado completamente. La lluvia se había detenido. El aire ya limpio, permitía distinguir claramente hasta donde se extendía la alfombra urbana tejida por luminarias de diferentes colores. Luces cálidas y frías de diferentes matices conformaban una especie de patch-work en cada barrio. Algunas de las luces más intensas se alineaban siguiendo el trazado de avenidas y calles que se antojaban eternas. La nitidez del aire hacía resaltar los colores. Luces rojas para demarcar algún hito urbano o azules para destacar algún edificio. Luces verdes desparramadas por sectores y potentes reflectores de luz blanca en el cerro Renca y el San Cristóbal. Con mi vista recorrí la ciudad desde esta nueva perspectiva, intentando identificar ciertos lugares. Mientras tanto, las nubes se quebraron y dispersaron permitiendo que el cielo estrellado se uniera a la danza luminosa más impresionante que yo jamás hubiese visto. Santiago estaba vivo y reluciente. «Qué belleza», pensé arrebatado por el increíble espectáculo que estaba observando. «¿Será otra señal del universo? 

En ese momento de profunda conmoción estética, tuve la primera corazonada: «Tal vez todo ha sucedido de acuerdo a un plan superior. Tal vez esta emergencia hospitalaria sea perfecta para transformar mi vida en una experiencia resplandeciente». Como por arte de magia, sentí una enorme voltereta anímica y me inundé de esperanza: «Todo saldrá bien», recapacité. Y confiado en el buen resultado de la operación, decidí disfrutar la función a través de la ventana, que cada vez se tornaba más impactante. Había algo místico y poderoso en ese paisaje que me hizo pensar en Dios. Poco a poco me llené de energía y cuando amaneció, yo ya estaba dispuesto a poner lo mejor de mí parte para recuperarme lo más rápido posible y replantearme el rumbo de mi existencia. 

Temprano en la mañana, mi señora e hijos me visitaron, pero ya se me habían olvidado las palabras de despedida y solo pude contarles lo mucho que disfruté el panorama nocturno. Afuera sin embargo, seguía lloviendo que se las pelaba y ellos, mirando hacia el poniente, no parecieron comprender las razones de mi tranquilidad. Entonces mis dudas y temores quisieron regresar. Comencé a ponerme nervioso nuevamente, cuando se acercó un sacerdote para ofrecerme apoyo espiritual. Faltaba poco para que me llevaran al quirófano, comentó. Una nueva corazonada me golpeó con fuerza. «El Universo está probando mi fé. No debo flaquear ahora y menos frente a mi familia». pensé.  

Tampoco quería perder ni un minuto de estar con mis seres queridos. Lo rechacé con la mayor delicadeza posible, indicándole que Dios mismo se me apareció tras la ventana durante la noche anterior y que durante horas me había consolado, perdonado y ofrecido su protección para el desafío que tenía por delante. 

    —No quisiera volver a importunarlo. Me siento privilegiado porque Él siempre ha estado conmigo y también me acompañará durante la operación. Juntos saldremos bien parados de esta. ¡Gracias! —, expliqué.

No pasó mucho rato hasta que vino un enfermero a buscarme para llevarme al pabellón. Allí el anestesista comenzó a prepararme para la delicada intervención. Entré al quirófano y me pusieron sobre la mesa de operaciones. En cuestión de minutos estaría inconsciente y mi cuerpo sería sometido a una prueba extrema. No sabía ni cuándo ni dónde iba a despertar, ni siquiera sabía si es que iba a despertar. Lo único que me sostenía era la corazonada de que todas esas señales que había recibido eran la forma en que el Universo, Dios (o cómo ustedes quieran llamar a esa presencia divina que habita en nuestro interior) se comunicaba conmigo. Y eso me bastaba. 

Entonces perdí la conciencia...





martes, 23 de mayo de 2023

Resumen Capítulo 1


La Vida

    Comenzamos este primer capítulo, reconociendo que la vida es una aventura educativa cuya trama depende de energías invisibles. Nos gobiernan fuerzas misteriosas que tuercen nuestro destino para que aprendamos las lecciones que finalmente nos develarán nuestro origen divino. Esa es la voluntad del profesor cósmico que escribe nuestro guión. Es decir, el propósito de nuestras vidas es aprender a reconocernos como hijos de una presencia eterna, infinita, amorosa y todopoderosa que ordena  todo el universo. 

    Gaspar Lamarc era un educador cuya vida fue perturbada por ese maestro cósmico. Nada de lo que le ocurrió fue casual. Experimentó una crisis existencial al rechazar un reconocimiento porque sabía que no estaba enseñando bien. Advirtió que su éxito como rector era más bien un fracaso espiritual encubierto. Sobre el escenario y frente al desconcertado auditorio que celebraba su desempeño, clamó por intervención divina para mejorar la educación. Fue entonces cuando aquel profesor celestial accedió a cambiar su destino de forma dramática. 

    Sobrevivió a un accidente aéreo que lo dejó paralizado. Revivió en la selva amazónica, en un mundo tribal gobernado por fuerzas invisibles para la razón. Fue reanimado por una curandera que aparte de ser la jefa de la tribu, decía ser la experiencia humana. Durante su larga estadía en la selva, ella le permitió acceder a sus conocimientos ancestrales y lo preparó como chamán. Aislado de la civilización, aprendió a ver las infinitas conexiones de la intrincada trama de la vida y a distinguir las energías sutiles que movían a la naturaleza. Trabajosamente, se convirtió en intérprete del mundo animista de la jungla amazónica. Viviendo en medio de la naturaleza, comprendió que nada es casual. Todo está profundamente interconectado. Y solo cuando finalmente reconoció que en nuestro mundo moderno y en especial la educación, ese conocimiento ancestral se había olvidado, Gaspar aprobó la difícil asignatura.


    Cuando consolidó su nueva forma de pensar y reconoció que la vida, en cualquiera de sus expresiones es sagrada, su maestra amazónica lo devolvió a la civilización. Ya estaba preparado para luchar en contra de la mirada fragmentada predominante de la civilización occidental. Inició el peligroso trayecto de retorno, viajando a la deriva, dejándose llevar por las corrientes algún tributario del Amazonas. Los dioses del río tendrían que protegerlo puesto que el regreso era demasiado arriesgado, dadas sus limitadas condiciones. La prueba final fue tan dura y su situación tan frágil, dolorosa y desesperada que decidió entregarse a la muerte…    

FragilMircoFerri

    Publico esta entrada después de un buen tiempo. Justo el día del funeral de mi amigo y compañero de colegio, Erick Pohlhammer, el poeta de la felicidad, que con su notable sentido del humor y carismática extravagancia, siempre nos recordaba que la vida es tan efímera que hay que disfrutarla aprendiendo de nuestros errores. Y por Dios, ¡qué manera más única de disfrutar la vida que tuvo Erick! Nos dejó un gran ejemplo. Gracias.