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domingo, 15 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.4

Previamente:

    –...le acercó una enorme espina al muslo y se la clavó. Gaspar no sintió nada.

    – Tus piernas ya no caminarán. 

Fue entonces cuando Gaspar se dio cuenta de que estaba paralizado. Se transformó en un observador, el único papel que le cabía a un paralítico en la selva.



Episodio 4: Las leyes de la selva ♣

“…Gaspar imaginó que arriba, en el firmamento, habitaba un gran profesor celestial, que usaba la noche como pizarra y jugaba con las estrellas para trazar las lecciones que deseaba transmitir.

Al atardecer llegaron sus cuidadoras y lo desnudaron. Tiñeron su cuerpo de azul oscuro y le dejaron dos varas largas a los costados. Algo especial iba a ocurrir, supuso Gaspar. Esa noche, por primera vez desde el accidente, varios indígenas lo arrastraron con cuidado para sacarlo de la choza. Afuera, bajo la luz de las estrellas, advirtió que se reunía toda la tribu. AkhaaSha daba instrucciones y todos la obedecían. Al centro, una fogata teñía de colores cálidos a todos los asistentes. Lo pusieron cerca del fuego. Al parecer, sería un testigo privilegiado de una ceremonia importante. Los nativos tenían sus cuerpos pintados de diferentes colores. Algunos se movían muy lentamente, como acechando. Otros con espasmos nerviosos, con más rapidez, escudriñando el denso follaje que rodeaba la aldea. Y un número indefinido de ellos, camuflados subrepticiamente entre la frondosa vegetación, eran invisibles. Gaspar llegó a contar a unos cuarenta aborígenes, pero debían ser muchos más.

    AkhaaSha se veía radiante luciendo su tocado ceremonial. Todo el ritual giraba a su alrededor. Traía consigo un gran recipiente de greda, con una pócima verdosa y espesa, que repartió a cada uno de los presentes, incluido Gaspar. De pronto los ruidos de la selva se tornaron más diversos y nítidos, al tiempo que se alternaron con silencios más profundos mientras todos observaban las estrellas con devoción, expectantes del mensaje que la Madre Naturaleza tenía para ellos. 

    La jungla era rítmica y musical con notas que salían desde todas partes. Estaba viva. Respiraba. Después de unos minutos en esa experiencia mística, Gaspar pudo distinguir un sonido misterioso que surgía desde los árboles más frondosos. La selva parecía estar cantando. Una vez que sintonizó con aquella melodía de fondo, se dio cuenta que tras cada graznido, gruñido o aullido, un nativo camuflado emergía desde la oscuridad de la jungla hasta el resplandor de la fogata, donde se pavoneaba frente al fuego, como presentándose en sociedad. 

    A medida que circulaban los distintos disfraces, la luna se asomaba entre las copas de los árboles y el fuego se consumía. Progresivamente la luz ambiente se hizo más fría. Luego de una pausa silenciosa, los nativos lentamente comenzaron a entonar una canción gutural,  con un ritmo “in crescendo”, hasta que los tambores despertaron un ímpetu desbordante e invitaron a los cuerpos pintados a danzar o tal vez, combatir los espíritus de la selva. Los efectos del brebaje verde se hacían sentir cada vez con mayor fuerza. La cadencia de la música fue aumentando escalonadamente hasta volverse frenética. Los miembros de la tribu, visiblemente alterados, se contorsionaban rítmicamente, dejándose llevar por una coreografía invisible, pero que todos parecían conocer, salvo por supuesto, Gaspar. Cuerpos y almas confundidos en una danza primal que reflejaba la unión y conexión que tenían con la madre naturaleza, como si todos fuesen una familia que se cuida y se protege de las sorpresas que traen consigo las leyes de la selva. Sensualidad, jolgorio, risas y miedo. Batallas y enfrentamientos brutales, incluso con golpes feroces donde el derrotado terminaba siendo metafóricamente devorado por el vencedor. Gaspar mismo, fue atacado por algunos seres colorados y obligado a hacerse pasar por muerto. Tendido inmóvil en la tierra, observó. El aterrador espectáculo era magnífico. Todos corretearon caóticamente hasta que sus menguantes energías se consumieron por completo. Luego, extenuados, juntos y prácticamente desnudos, durmieron bajo la protección de la luna, entregados al cosmos, como si confiaran ciegamente en su destino. 

    Gaspar adivinó que esa experiencia era parte de su preparación. La primera lección que AkhaaSha quería transmitirle. Tendría que descifrarla. 

    Al alba siguiente, mientras los cuerpos seguían dormidos, el lisiado observador aprovechó la tranquilidad del momento para reflexionar. Comprendió que aquel ritual pretendía transmitir conocimientos. Y aunque debió reconocer que su cultura amazónica era paupérrima aún, finalmente creyó deducir el significado oculto que había detrás de la ceremonia: el rito escenificaba la profunda interrelación ecológica en la que todos los organismos vivían. La trama interdependiente de la vida en la selva. El drama periódico por sobrevivir. Revelaba la cercanía de la muerte y la brutalidad del instinto de conservación. Y sugería, de cierta forma más sutil, que la supervivencia era una tarea mutua. Dependían de la enmarañada convivencia selvática. Estaban conectados. La terrible jungla los unía en un proyecto colectivo. Allí, dejaban de ser individuos. La tribu, la flora y la fauna se convertían en manifestaciones de un solo cuerpo: un solo gran organismo; el cosmos amazónico, un frágil ecosistema luchando por perpetuarse. En esa dimensión, eran inseparables. Existían todos juntos, vivían todos juntos, compartían un ambiente natural que consideraban su hogar y por lo mismo, tenían un destino común. La vida era algo sagrado, que se expresaba con enorme diversidad en una delirante danza cotidiana que solo terminaba en el descanso nocturno bajo la supervisión de las constelaciones estelares.

    Desde su mirada pedagógica Gaspar imaginó que arriba, en el firmamento, habitaba un gran profesor celestial, que usaba la noche como pizarra y jugaba con las estrellas para trazar las lecciones que deseaba transmitir. Quizá en la profundidad del cosmos están escritas las leyes de la naturaleza que los seres conscientes deben descifrar. Quizás la ley de la selva era mucho más que una lucha por sobrevivir. Tal vez allí también estaban insinuadas las leyes para una convivencia armónica. Tal vez el hombre moderno debería volver a convertirse en un ser ecológico para entender al Universo, concluyó.

    Mientras cavilaba, presintió que lo estaban mirando. Al volverse captó la energía poderosa de AkhaaSha, que parecía estar examinando sus pensamientos. Ella sonrió. Apuntó con sus dedos índice a sus oídos, a sus ojos, su nariz y su boca, para luego deslizar las manos sutilmente por su cuello y terminar tomándose la cabeza, como si estuviese diciendo:

    –Usa tus sentidos. Piensa… ¡Nada es lo que parece!

Gaspar asintió y sonrió socarronamente, como si le contestara:

    –¿Acaso puedo hacer otra cosa?

    Después de ese momento telepático, varios indígenas literalmente lo arrastraron hasta el río. Allí estaban todos, diluyendo sus extravagantes colores en la corriente del río. Sus disfraces se desvanecían navegando hacia abajo como si fuesen interminables hilos multicolores. Dejaron a Gaspar sentado en la orilla, con sus inútiles piernas bajo el agua y sus manos libres para fregar su piel con el agua corriente. Despojándose de la tinta azulada. Sus cuidadoras lo ayudaron a lavarse bien, aprovechando la ocasión para bañarlo como si fuese un bebé. Fue el último en volver a su cuchitril pero iba fresco y renovado. Ahora se sentía parte de la tribu, como si hubiese sido bautizado por las aguas serpenteantes del Amazonas. 

    Desde entonces, AkhaaSha le reveló frecuentemente sus prácticas chamánicas, permitiéndole advertir como ella se relacionaba con la naturaleza. 

    Cada mañana, después de un breve período de meditación, ella transformaba su choza en aula para educar a aquel alumno de capacidades especiales y procedía a impartir su materia mediante demostraciones y señas. 

    Comenzó por enseñarle a extraer energía natural de la vegetación. Primero los hongos. A identificarlos mediante el olfato. Esto le costó muchísimo porque era un sentido que Gaspar jamás había necesitado desarrollar. AkhaaSha le indicó que las setas, en particular dos de ellas, poseían poderes mágicos muy potentes. Las puso a secar y luego le mostró el procedimiento para conseguir un destilado poderoso. Para ella esta energía era divina y sólo se podía ocupar en casos muy especiales. 

    Lo mismo hizo con varias plantas. Las trataba con mucho respeto y consideración, como si fuesen seres inteligentes y en extremo sensibles. Hablaba con ellas y reaccionaba en consecuencia, como si le respondieran. En algunas ocasiones les hacía cariño, les daba agua y las limpiaba. En otras, después de un pequeño ritual, les sacaba delicadamente algunas hojas para remojarlas. Así preparaba una especie de té, que usaba para las sanaciones. Había unas enredaderas que machacaba y mezclaba con otras plantas para luego hervirlas, que obviamente producían potentes efectos alucinógenos. Él mismo se mareaba durante las preparaciones. 

    Con las flores era más delicada aun. Actuaba como si las admirara. Con amor. Destilando los pétalos mustios, preparaba esencias aromáticas para sazonar los alimentos. 

    Eran demostraciones prácticas que Gaspar agradecía y disfrutaba como su principal actividad del día. No se extendían por mucho rato, puesto que ella tenía otras obligaciones, pero le permitían pensar en algo concreto el resto del día y así combatir el fantasma de la depresión que a veces se aventuraba por allí.

    Además, AkhaaSha le mostró cómo conseguir energía natural de las semillas. Allí disponían de una variedad asombrosa que primero molían y luego ingerían como infusión. Era evidente que tenían diferentes usos. Cada una emanaba una energía propia, que parecía estar relacionada con su aspecto y colorido. Supuso que esa era la forma que tenían las plantas de expresar su energía interna. Probablemente nuestra apariencia humana también expresa la energía interna que nos habita, se dijo a sí mismo, contemplándose desvalido y desamparado. Y esa energía de las plantas era la única medicina de aquella precaria aldea. Gaspar observó cómo AkhaaSha las usaba en diversos brebajes para tratar a quienes acudían a ella. Así fue cómo Gaspar, se convirtió en aprendiz de Chamán y fue comprendiendo que en la vegetación circulaba la salud de todo el ecosistema. Mientras observaba a su mentora, progresivamente asimiló diversas prácticas del arte de la sanación. Con bastante sorpresa constató que los resultados eran más que aceptables. No obstante la muerte era una visitante habitual dentro de esa comunidad, donde el cuidado diario era una forma de vida, todos cooperaban en la prevención y nadie daba por descontado el mañana. Morir era un evento natural. Común y corriente. Vivían literalmente el momento, intensamente, en un eterno presente, que los nativos respetaban mucho por los continuos riesgos que los sorprendían en la jungla. Eran una comunidad débil y lo sabían. Por eso se cuidaban con esmero. Y entendían que sus recién nacidos eran especialmente frágiles, por eso los cuidados extremos eran para ellos. Cuidar a los jóvenes era la principal ley de supervivencia en la selva. 

    Un día muy temprano en la mañana AkhaaSha despejó el piso y dibujó un árbol en la tierra húmeda de su choza. En sus ramas esbozó algunas criaturas. Luego trazó las raíces que crecían, enterrándose. Perfiló unas gotas cayendo de las nubes e hizo crecer al árbol. Hacia arriba y hacia abajo. En el tronco dibujó una sonrisa. Y finalmente caminó sobre el dibujo, con mucho cuidado, dejando sus huellas impresas en la tierra húmeda. Luego salió, dejando a Gaspar la tarea de interpretar el mensaje.

    Las plantas conectan al cielo con la tierra, fue lo primero que pensó Gaspar. Sin embargo, a medida que examinaba los trazos fue comprendiendo que AkhaaSha había dibujado el árbol de la vida. La simbología era fascinante. El gran árbol parecía un gran paraguas, cobijando a todas las criaturas vivientes. El árbol, el cielo, la tierra y la vida estaban conectados a través del agua, fuente de energía para el sustento del ecosistema, que fluía en diferentes estados a través de ellos despojándolos de cualquier impureza. Energía de la naturaleza que el hombre respetuoso de ella podía aprovechar para su propia sanación. La energía de las plantas sanaba al hombre bueno. 

    Maná cae del cielo, se acostumbró a decir Gaspar en señal de agradecimiento cada vez que llovía, a pesar de las condiciones miserables en las que se encontraba y que debía soportar. El hombre se acostumbra fácilmente a sus circunstancias, pero necesita agua como la vida misma, pensó. Bendita agua. Sin embargo, el ambiente húmedo y caluroso en que normalmente vivían, era veleidoso y cambiante. Lluvias torrenciales podían llegar sin previo aviso. Por eso predecir las condiciones climáticas era muy importante para la supervivencia de la tribu. En los atardeceres AkhaaSha salía a mirar el cielo y se reunía con los cazadores. A veces, cuando la reunión se hacía cerca, lo sacaban a tomar aire y participaba en ellas como observador. Notó que se fijaban mucho en las nubes, en los vientos, en los colores del cielo y en las primeras estrellas que parecían estar ligadas a los ritmos de la naturaleza, lo cual no le pareció extraño. Lo que le llamó mucho la atención fue que se concentraran tanto en los sonidos de la selva: las ranas, los grillos, los pájaros, los gritos de los monos y hasta los gruñidos de los jaguares eran mensajes que estas criaturas les enviaban acerca del clima, y que ellos sabían interpretar a la perfección. Las melodías de la selva eran su predictor más eficaz. Toda la fauna se comportaba como una orquesta sinfónica de extraordinaria sensibilidad, dirigida por los gestos imperiosos de la atmósfera. Cada organismo vivo que los rodeaba interpretaba su partitura con notable maestría, previniendo a los nativos de los avatares del mañana. Muchos escuchaban los atardeceres embelesados, convencidos de que aquella música auguraba su porvenir.

    En la oscuridad profunda de una noche raramente enmudecida, al otro lado de la choza se percibían los ojos ampliamente abiertos de AkhaaSha, negándose a conciliar el sueño. Parecía preocupada o tal vez temerosa, como presintiendo el peligro. Aunque sus pupilas estaban orientadas hacia el cielo, su mirada estaba dirigida hacia su interior. Como percibiendo una melodía alarmante que presagiaba el futuro inmediato. Susurraba en voz baja algo ininteligible, como si estuviese cuchicheando con seres invisibles. Probablemente conversaba con los espíritus de sus antepasados. Parece estar rezando, conjeturó Gaspar. Estaba en una especie de trance. Algo inquietante ocurría en su imaginación porque sus expresiones demostraban aflicción. Suspiraba, gemía y respiraba agitadamente. Sueños lúcidos, según Gaspar.

   Mucho antes del amanecer se escuchó a mucha distancia un disparo, perturbando la tranquilidad selvática. Como si fuese la señal que estaba esperando, AkhaaSha se levantó y salió. Al poco rato, movimientos sigilosos por todas partes demostraban que la tribu entera estaba preparándose para un encuentro inevitable y peligroso. 

    Los niños más pequeños de la tribu entraron a la choza y se apretaron en un rincón. En la oscuridad apenas pudo distinguir a una de sus cuidadoras cubriéndolos con cenizas. Luego hizo lo mismo con él. Tácitamente se estableció un pacto de silencio absoluto entre todos. Gaspar y los niños debían esperar mudos e inmóviles. Agazapados, paralizados por el miedo, como el animal que sabe que no puede huir de su predador. Esperando. 

    En cuestión de segundos, los ruidos externos se diluyeron y la aldea quedó desierta. Los mayores se internaron en la espesura de la selva y desaparecieron. Estaban siguiendo una estrategia cuidadosamente planeada para evitar el encuentro con “otros humanos”. Ellos tendrían que esperar. Sencillamente esperar. Y así, los cenicientos inmóviles aguantaron sus miedos dentro de la choza. 

    Y si la tribu se perturbaba por el peligroso encuentro con la civilización, Gaspar no pudo evitar que en su mente aflorara la esperanza del retorno. Tal vez esa detonación provenía de alguien que podría llevarlo de vuelta a casa. Un ser civilizado.

    De pronto, sonó otro disparo que volvió a sacudir a aquellas almas asustadas. Esta vez mucho más cerca. Y luego dos o tres más. Un grito apagado y algunas voces humanas se distinguieron entre las alarmas estridentes de algunos animales abruptamente zarandeados por el estruendo de las detonaciones. La selva se agitó por un momento. Luego vino una calma sospechosa y después la cautela más silente se apoderó de aquella tímida madrugada. 

    Silencio absoluto por un tiempo. Gaspar intentaba infructuosamente, acallar los latidos de su corazón. Creía oír hasta las palpitaciones de sus compañeros de escondite. La adrenalina lo ahogaba. Unos pasos renuentes delataban la presencia de alguien acercándose sigilosamente. Los niños aun permanecían quietos. Sus ojos desmesuradamente abiertos eran el único cambio perceptible. 

    Entonces, entre las sombras del alba se distinguió una figura humana acercándose a la entrada de la choza. Un cuerpo vestido se agachó preparándose para entrar. El cañón de un rifle penetró el precario refugio de los más débiles y detrás del arma se asomó el rostro pálido de un desaliñado individuo. Investigando. Al principio no reaccionó. Adentro estaba muy oscuro. Solo después de algunos segundos, la sorpresa apareció en ese curtido rostro. Y justo cuando su mirada se encontró con la de Gaspar, una flecha letal atravesó su cuello. 

    Sin que su contacto visual se desatara aun, el extraño se desplomó como pidiéndole explicaciones. Comprendió que había caído en una trampa mortal y se estremeció al darse cuenta del inexorable destino que le aguardaba. En breves instantes, aquel excepcional visitante murió. Su mirada se perdió en el infinito. Allí quedó tendido, bloqueando la entrada de la choza. Allí mismo lo pasó a buscar la muerte, que de paso hizo un gesto cómplice al asustado rector. 


miércoles, 11 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.3

Previamente:

    —…pido perdón. No puedo aceptar el premio ¡Discúlpenme!

Entonces se precipitó el encuentro con el presente. Un impacto fuerte y seco, un tirón desgarrador, gritos desesperados y un duro golpe en la cabeza que lo dejó sumido en la oscuridad.


Episodio 3: La experiencia humana ♣

“Tendrás que dominar al gran destructor que llevas dentro y enseñarle a escuchar a la naturaleza.”

Gaspar despertó frente a un rostro de mujer curtido y fascinante. Una indígena de mediana edad, de mirada penetrante y segura, lo observaba con indisimulado interés. Al ver que Gaspar abría sus ojos, acercó la mano derecha a su frente, donde tenía tres profundos cortes y, sin tocarlo, le transmitió un calor profundo. Eran manos que expedían energía, quemaban. El aire que respiraba parecía ser tóxico. Una serie de olores intensos y novedosos inundaban la atmósfera de la precaria choza que lo alojaba.

    La misteriosa mujer, que se veía espléndida con su piel morena adornada de tatuajes y pinturas, comenzó a moverse con su cuerpo casi desnudo, elástico y musculoso, cadenciosamente y con extraordinaria agilidad alrededor del postrado sobreviviente. La danza era su manera de agradecer a los espíritus de la selva que el chamán blanco hubiera recuperado la conciencia después de quince días en estado de coma. 

    Para el herido, en cambio, se trataba de una escena terrorífica. Desde su cama vegetal Gaspar observó con ojos desorbitados el baile gimnástico sin poder ocultarle a la mujer el miedo que se dibujó clarito en sus propias facciones maltrechas. Desencajado, intentó darle un sentido a la situación pero su mente no le respondió. No podía comprender lo que estaba ocurriendo, ni por qué estaba allí. En su memoria, el recuerdo del accidente, había desaparecido. Como si aquel episodio de su pasado se hubiese borrado por completo de su mente. 

    Quería incorporarse y arrancar, pero su cuerpo no respondía. Incapacitado como estaba se sintió a merced de una bruja danzante que parecía querer intimidarlo con gestos grotescos en lugar de consolarlo en su agonía. Gaspar abrió la boca, como queriendo gritar. Pero no pudo articular palabra alguna. Ella aprovechó ese preciso instante para acercarle un líquido amargo. Gaspar tenía tanta sed que tragó con desesperación. Fue un reflejo instintivo. Al poco rato volvió a perder la conciencia.

    Cuando después de un tiempo indeterminado Gaspar recuperó el conocimiento, la mujer pintarrajeada seguía allí. Esta vez más tranquila, sentada al medio de la pequeña morada, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Respiraba lenta y profundamente. Parecía estar en trance. O meditando. 

    Gaspar apenas recuperado alcanzó a ver parcialmente el lugar donde se encontraba. Dentro de una choza rústica, donde distinguió algunos pequeños huesos, ramas y hojas ordenadas y plumas coloridas. Le dio la sensación de estar en un lugar esotérico. Intentó moverse discretamente y no pudo. Se sentía drogado. Le dolía todo. Por alguna razón recordó a su adorada madre… Ella, que se decía adivina, se sentiría bien en aquel ambiente tan mágico. En vano intentó volverse. El esfuerzo le causó un penetrante dolor que le hizo perder la conciencia nuevamente. 

    Despertó tranquilo y más lúcido esta vez. Su barba crecida demostraba que habían transcurrido varias semanas desde el accidente. No había nadie a su alrededor. Su vista recorrió nuevamente el lugar que habitaba y ahora logró distinguir pieles, hojas, flores, algunos cacharros de arcilla y piedras cóncavas que parecían recipientes y un par de cráneos de animales salvajes. Un tocado lo impresionó. Parecía un disfraz ceremonial que dominaba el centro del recinto. Concluyó acertadamente que la mujer era la hechicera de una tribu primitiva.

    La pequeña choza estaba construida de ramas y hojas verdes. Parecía un refugio provisorio. El viento y la lluvia se colaban con facilidad. Escuchó un ruido. Alguien se acercaba. Como seguía inmóvil decidió cerrar los ojos y hacerse el dormido. Entraron dos muchachas preadolescentes casi completamente desnudas. Comenzaron a limpiarlo cuidadosamente con paños y agua. Le mojaron los labios y luego le movieron los brazos y las piernas para continuar con el aseo. Un grito de dolor que no pudo reprimir, les reveló su estado de conciencia. Las jóvenes se asustaron y salieron raudas, gritando algo incomprensible. 

    Después de un par de minutos la hechicera entró. Gaspar ya estaba calmado. Comprendió que si hubiesen querido hacerle daño ya no estaría vivo. Que estaban intentando salvarle la vida. La mujer lo siguió limpiando con paciencia y delicadeza. Era más que una curandera, era su doctora. Actuaba con total autoridad. Dedicó algún tiempo a tratar las heridas, aplicándoles amable y pacientemente, pócimas y ungüentos. Gaspar la miró con una expresión de profunda gratitud que ella comprendió inmediatamente. Ella le sonrió, mostrando al  unísono, su dentadura imperfecta y su amable benevolencia. Tenía ojos felinos, penetrantes y almendrados. Era portadora de una belleza salvaje y natural, digna de una reina amazónica. Desde ese momento Gaspar recibió sus atenciones con total confianza.

    Así pasaron varios días. El rector seguía postrado, sin adaptarse a su nueva realidad. Era un escenario propio de un cuento fantástico. Desde su lecho, advertía cómo ella, en un oscuro rincón, regularmente preparaba pócimas, escogiendo con cuidado los ingredientes. Parecía una alquimista preparando remedios naturales en la selva. Los guardaba en una especie de morral que siempre acarreaba consigo. A pesar de su sosegada mejoría, Gaspar adivinó que algo andaba muy mal. Algunos músculos no le respondían aunque sus heridas exteriores ya habían cicatrizado. Cada vez que intentaba comunicarse con su cuidadora, ella le respondía con una risita socarrona.

    Un día la mujer preparó un brebaje que ambos compartieron en lo que Gaspar presintió, era un ritual sagrado. Ella se sentó frente a él. Cantó, apenas susurrando una letanía monótona y pegajosa. Gaspar se animó e intentó repetir los sonidos que ella emitía. Después de un rato ella bebió la preparación de un recipiente y le ofreció el resto a su atribulado visitante. Gradualmente sus distorsionadas mentes se entrelazaron y sostuvieron una conversación sin palabras. ¿Telepatía? ¿Clarividencia? Más bien parecía un sueño. Por primera vez conversaron. 

    –AkhaaSha –dijo mostrándole su cuerpo, como si estuviese indicando su nombre–. Soy la eterna memoria de la experiencia humana y la madre de esta familia. 

    Gaspar supo instantáneamente que AkhaaSha era la principal autoridad del grupo. La jefa de la tribu. Se alegró de poder comprender. 

    –AkhaaSha –repitió él, señalándola y apuntó hacia el mismo diciendo– ¡Gaspar!

    –Aspar…

    – ¿Qué ocurrió? 

    AkhaaSha hablaba lentamente y gesticulaba con sus manos intentando explicarle lo sucedido. Gaspar traducía sus palabras y gestos intuitivamente. No estaba cien por ciento seguro, pero creía sus conjeturas eran correctas. El dialogo que sigue es su inmediata interpretación de aquella extraña conversación.

    –Del cielo cayó una gran ave metálica que traía en sus entrañas muchos humanos… Hizo fuego, ruido, daño. Y la selva lloró, se lastimó. 

    – ¿Y los demás? 

    –Muertos. Excepto tú y uno más que murió esa misma noche. Agradecimos a la Madre Naturaleza y a los cuerpos, que hicimos nuestros –dijo AkhaaSha.

    Gaspar se quedó mudo. Atónito. No quiso entrar en detalles, aunque inconscientemente se preguntó: ¿Canibalismo en el siglo XXI? No. Prefería pensar que estaba malinterpretando las señas. AkhaaSha respetó por un rato el silencio escandaloso que se interpuso entre ambos y finalmente lo interrumpió con palabras aun más desconcertantes.

    –Tienes la marca del jaguar –dijo, señalando la cicatriz que Gaspar tenía en la frente–. Esa es una señal. Todos los chamanes la tenemos.

    Entonces ella le mostró la suya detrás del hombro derecho. Tres rasguños paralelos que parecían hechos por una garra felina. Una cicatriz muy similar.

    – ¿Chamanes?

    –Tus ancestros también fueron furtivos chamanes. Me han pedido ayuda pues tienes una gran misión por delante. Ellos siguen acompañándote aquí mismo –dijo mirando al costado, donde se suponía que estaban los antepasados de Gaspar.

    Él se volteó, pero no vio nada. ¿Estaría interpretándola bien?

    –Mi madre era psíquica –musitó inconscientemente Gaspar, reconociendo íntimamente que la amorosa presencia materna se sentía allí. AkhaaSha respetó el contacto esotérico con un silencio prolongado…

    –Lo sé. Y también sé que ahora percibes su presencia –agregó ella.

    – ¿Cómo…?

    –Recuerda que yo guardo en mi corazón toda la experiencia humana. Sé bien quién eres tú. El cordón umbilical entre nuestros mundos…

    –Un cordón que estuvo a punto de cortarse –comentó Gaspar aludiendo a su accidente pero sin comprender del todo aquella insólita aseveración. 

    –No fue fácil tu recuperación desde la muerte. Ya habías entrado a la luz y no querías regresar. Debí usar mucha magia y hacer un pacto con el árbol de la vida. Tendrás que dominar al gran destructor que llevas dentro y enseñarle a escuchar a la naturaleza –le advirtió AkhaaSha.

    –Respetar la naturaleza –dijo Gaspar, dándole a entender que había comprendido, cuando en realidad estaba más confundido que nunca. De lo que sí estaba consciente era de que dependía de su buena voluntad para seguir viviendo. Trataría de seguirle la corriente…

    –Nuestros antepasados han hecho un pacto de honor y conspiran para el bien de la humanidad. Mueven energía para intentar evitar el suicidio humano. 

    –Debo volver ¡Debo irme! –dijo, intentando incorporarse sin éxito. No quería aceptar la interpretación que su mente daba a los gestos y palabras de su cuidadora. ¿Estaría volviéndose loco?

    –No Aspar. Debes prepararte-, lo interrumpió y antes de que él siguiera intentando moverse, le acercó una enorme espina al muslo y se la clavó. Gaspar no sintió nada.

    –Tus heridas fueron grandes. Tus piernas ya no caminarán. 

    Fue entonces cuando Gaspar se dio cuenta de que estaba paralizado. Sólo podía mover sus extremidades superiores, aunque con intenso dolor y mucha dificultad. Se había roto la columna y algunas costillas además del brazo dislocado. Aturdido por las implicancias de una conversación que le parecía irreal, decidió tranquilizarse y reflexionar.

    Su mente también parecía estar quebrada. Quiso creer que todo era una confusión producto del fuerte golpe en la cabeza y el brebaje. Necesitaba ordenarse. Intentó recoger las pocas piezas de información que tenía para construir un relato coherente. Comenzó por dejar las cosas más incomprensibles a un lado e intentaría no hacer suposiciones. 

    Era evidente que había sido el único sobreviviente del accidente aéreo. Estaba en plena selva amazónica, probablemente entre Brasil y Perú. Lo había rescatado una tribu de indígenas que, a juzgar por sus utensilios, costumbres y formas de vida, casi no tenían contacto con la civilización. Muy pocos de sus conocimientos previos servían en aquel mundo primitivo. Supo con certeza que su vida aún pendía del delgado hilo de AkhaaSha. Por el momento se encontraba protegido por esa mujer bondadosa pero aparentemente desquiciada. Ella creía en los espíritus y hablaba con las plantas y los animales, como si supiera sus idiomas. Si de algo estaba seguro era que no debía enfadarla ni contradecirla. Era evidente que ella esperaba algo a cambio de haberle salvado la vida.

    Sus heridas superficiales parecían haber cicatrizado bien. Su hombro aunque se había encajado, aún le dolía con cada movimiento que intentaba. Su cabeza había sufrido un fuerte trauma pero estaba mejorando. Y probablemente el reposo por la inconciencia había contribuido a la recuperación de las costillas. Lo que más le preocupaba ahora era su parálisis. Tal vez tendría solución si lo atendían en un hospital moderno. Allí, en medio de la selva, estaba condenado. Tendría que idear un plan para volver a la civilización cuanto antes. 

    Mientras tanto AkhaaSha lo observaba con evidente y creciente curiosidad. Su cuerpo reaccionaba frente a cada pensamiento de Gaspar. Parecía estar leyendo su mente. Comprendía sus emociones. Entonces fue cuando AkhaaSha le señaló en tono autoritario:

    –No te engañes ni te apures. Antes de regresar debes prepararte –y sin más que agregar salió de la choza.

    A partir de entonces, Gaspar aceptó sus circunstancias sin oponer resistencia y vigiló cuidadosamente los rituales de AkhaaSha. Se transformó en un observador, el único papel que le cabía a un paralítico en la selva.  Notó cómo preparaba sus pociones, cómo seleccionaba sus hierbas y cómo clasificaba sus setas. A veces ella le daba unas infusiones que agradecía mucho, porque saciaban su sed, calmaban sus dolores y lo ayudaban a dormir. Afortunadamente en ese clima tropical la habitual lluvia le regalaba algunas gotas de agua fresca que se colaban hacia el interior de la choza y que él se esforzaba por cazar. Estiraba su cuello y abría la boca, dando un espectáculo que divertía mucho a AkhaaSha. Una refrescante entretención en esa insoportable prisión.

    Aunque estaba claro que las secuelas serían graves, tras algunas semanas después del accidente, todo indicaba que había logrado sobrevivir. -¿Cómo?, ¿Por qué? -se preguntaba. Tal vez porque había sido un buen deportista y probablemente sus años de duro entrenamiento permitieron que su cuerpo resistiera el accidente y favoreciera su recuperación. Quizá gracias a la enorme rigurosidad con que su padre lo crió porque, reconocía, nunca aceptó rendirse frente a sus desafíos. De él heredó una testarudez que podía hacer titubear incluso a la muerte. Si estaba vivo era porque se había vuelto un “viejo porfiado”, como él muchas veces catalogó a su progenitor. Como correspondía a un abogado chapado a la antigua, su viejo fue exigente y obstinado pero justo. Honorable a la antigua, bastante distante y poco cariñoso. Muy diferente a su querida y gentil madre, con quien solía jugar a las adivinanzas. De ella heredó sus poderes psíquicos. Resolver acertijos era su juego favorito cuando era niño. Desarrolló una perspicacia magnífica. Tal vez esos distantes poderes le permitían comunicarse ahora con AkhaaSha. Nunca se atrevió a ejercitarlos frente a su padre. Quizás ahora, en plena jungla amazónica, lograría quitarse esa frustración infantil. Quizás ahora podría reconocerse como el “genio que habita en las entrañas del hombre” como sostenía su querida madre pitonisa.


viernes, 6 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.2

Previamente:
    —Debemos cambiar la forma de educar…¿Cómo hacerlo? Quién sabe… Pues bien, al menos yo rogaré por intervención divina para conseguir inspiración.



Episodio 2: El abrazo de la luz ♣

“Una enorme luz envolvió a Gaspar Lamarc tierna y dulcemente, acogiéndolo y disolviéndolo en un abrazo infinito e inconmensurable de amor y paz. Súbitamente supo que volvía a su verdadero hogar.”
El avión era más pequeño y antiguo de lo que Gaspar había imaginado. Su capacidad bordeaba los cuarenta pasajeros y, de acuerdo a lo que observó al subirse, ni siquiera la mitad de los asientos estaban ocupados. Tanto mejor, pensó, y se deslizó hacia el final del pasillo. Ya sentado en la última fila pidió un trago para relajarse un poco. Estaba preocupado por las repercusiones familiares que tendría su rechazo al premio. La única azafata presente le sonrió mecánicamente cuando le entregó un whisky en las rocas con una porción de maní salado. Después de pagarlo, se lo tomó de un trago, apurándolo para sentir su efecto de inmediato. Poco acostumbrado al alcohol, su cuerpo se estremeció.

    – ¡Gracias! Muy amable de su parte –, le dijo a la azafata, que seguía mirándolo como si intentara acordarse de algo–. ¿Podría decirme cuánto demorará el vuelo a Bogotá? 

    –Debiéramos llegar en cuatro horas –respondió ella, con la característica cortesía de una tripulante con experiencia, sin atreverse a preguntar por qué ese pasajero le parecía tan familiar–. ¿Necesita algo más?

    –Sólo dormir un poco. Descansar. Le agradecería no despertarme hasta que lleguemos a destino. 

    –Con mucho gusto-, dijo ella con un sonsonete típicamente colombiano y desapareció de su vista. 

    A pesar de que el vuelo transcurrió sin ningún inconveniente hasta aterrizar en Bogotá, sus intentos por conciliar el sueño no tuvieron éxito.  Ya en Colombia, mientras cargaban combustible, notó que un par de pasajeros se bajó del avión. Ninguno subió. Pocas personas lo acompañarían a Lima. Lentamente, los acontecimientos previos comenzaron a quedar atrás, lo mismo su ansiedad. Intentó leer algunas revistas sin lograr concentrarse y luego trató en vano de ordenar sus ideas.

    El avión despegó hacia Lima con plena normalidad y en cuestión de minutos, Gaspar estaba durmiendo profundamente. Toda la tensión de México se había disipado y su cuerpo ahora estaba completamente relajado. Roncaba apaciblemente. No tuvo conciencia de cuánto tiempo había transcurrido cuando un timbre lo despertó. Se prendieron las señales de abrocharse el cinturón y se escuchó la voz del piloto advirtiendo:

    –Señoras y señores, les habla el capitán. Desviaremos nuestro rumbo para evitar una tormenta y pasaremos por una zona de turbulencias, por lo que hemos encendido la señal de abrocharse los cinturones. Por precaución les recomendamos mantenerlos abrochados hasta que apaguemos la señal. Es posible el avión se sacuda un poco en los próximos minutos. Muchas gracias por su atención.

    Malhumorado, Gaspar no consiguió volver a dormir. Las turbulencias aumentaron gradualmente y eso lo incomodaba. El avión crujía tras cada brusco movimiento. A pesar de todo, la azafata no se notaba nerviosa e intentaba tranquilizar a los pasajeros, a estas alturas, bastante inquietos. Avanzaron a tumbos durante largos minutos. Era evidente que las condiciones de vuelo no estaban mejorando y que el avión, por alguna razón, estaba volando demasiado cerca de la tormenta para la tranquilidad de sus pocos ocupantes.

    Lamarc miró por la ventana. Si bien la noche era oscura, los rayos iluminaban las alas del avión y entonces en forma intermitente, se podía apreciar la gran intensidad de aquella torrencial lluvia. Desde ahí atrás, el espectáculo era alarmante. La tormenta era feroz. Las frecuentes sacudidas de la aeronave hicieron cundir el nerviosismo entre los pasajeros que de pronto se transformó en pánico. 

    Se sintió un estruendo adelante. Un golpe seco e inesperado. Algo grave había ocurrido. En cuestión de segundos, la cabina del piloto se despresurizó. Todas las cosas sueltas fueron succionadas violentamente hacia delante. Almohadas, frazadas, vasos, papeles, bolsos y carteras volaban, arrastrados por la poderosa ráfaga de viento.  La pobre azafata que no estaba amarrada al cinturón, perdió el equilibrio y la compostura gritando desesperadamente, mientras era aspirada violentamente por el chiflón. Su cuerpo rebotó sucesivamente en varias butacas hasta detenerse bruscamente contra un compartimiento delantero. En ese preciso momento el avión perdió sustento y tanto Gaspar como sus compañeros de vuelo, supieron que caerían estrepitosamente. ¡Irremediablemente iban a estrellarse! Se acurrucó por instinto, preparándose para el impacto mortal. Un poderoso flujo de adrenalina le recorrió todo el cuerpo. El tiempo se ralentizó y la vertiginosa caída del avión comenzó a  transcurrir en cámara lenta, permitiéndole recordar, con todo detalle, algunos pasajes importantes de su vida. Como si fuesen lecciones que debía recordar durante su próxima reencarnación. 

    Visualizó a su madre, amorosa y abnegada, cuando en las noches de tormenta para aplacar sus miedos, le contaba a él y a su hermano historias de misterio a la luz de la chimenea. Los dos, arropados bajo una misma frazada, escuchaban con atención. ¡Oh…cuanto la necesitaba ahora!

    Recordó también a su perra “Sombra” -una labrador negro que él consideraba su mejor amiga-. Tenían una comunicación especial. Ella se sentaba frente a la ventana del porche y movía su cola preparándose para saltarle encima, anticipando precisa y telepáticamente su llegada a la casa. Era la expresión perfecta del afecto incondicional. ¿Estaría ella presintiendo su accidente?

    Percibió después a Esperanza, su primer amor. Esa chica pecosa y traviesa que lo cautivó muy temprano en su adolescencia. Corría descalza en la playa, etérea, como si flotara. Su largo cabello rubio ondeando al viento. Toda la belleza de la juventud plasmada en ella, disfrutando la plenitud del instante. ¡Cuánto la quiso entonces!

    Emergió luego, en ese instantáneo resumen vivencial, el momento más emocionante de su propio matrimonio, cuando en el altar frente a sus familiares y amigos, él y su novia prometieron amarse hasta que la muerte los separase. Sintió que volvía a reiterar ese compromiso: ¡Si, prometo! Ella, ahora convertida en su esposa, tal vez mereció mucho más amor de lo que él supo darle. ¡Efectivamente estaba en deuda!

    Reconoció que parte del amor que legítimamente le correspondía a su amada señora, se lo entregó a un absorbente colegio con nombre de coleóptero, que ahora no parecía nada de relevante. Igual recapituló ese día en que dirigió su primera asamblea como rector. Cuando siendo un joven profesor lleno de energía, prometió que daría larga vida al “Escarabajo”. ¡Cuanta energía desperdiciada en un trabajo que recién había desechado!

    En ese fugaz momento atemporal, se asomó la inolvidable figura de su autoritario padre, como advirtiéndole lo que en verdad estaba ocurriendo. Siempre riguroso y exigente e invitándolo continuamente a poner los pies en la tierra. Ahora eso le parecía un mal chiste. ¡Nunca comprendió bien ese amor severo de su querido viejo!
Entonces se precipitó el encuentro con el presente. Un impacto fuerte y seco, un tirón desgarrador, gritos desesperados y un duro golpe en la cabeza que lo dejó sumido en la oscuridad.

    Desde arriba el espectáculo era dantesco. Aún no amanecía del todo pero entre las alargadas sombras del alba y bajo los árboles se escondía un drama sin precedentes. El avión siniestrado estaba hecho mil pedazos. Fragmentos y piezas por doquier. Apenas se podía distinguir un ala quebrada y algo que podría haber sido la parte trasera del fuselaje. Había cuerpos y miembros humanos diseminados por todas partes. Escombros de todo tipo se asomaban entre la espesura de la selva. Algunas llamas, material incandescente, algo de humo y un intenso olor a combustible resaltaban en aquella frondosa y umbría vegetación. Todo aquello demostraba que allí, en la mitad de la selva amazónica, había ocurrido un trágico accidente aéreo. 

    Un quejido inubicable que parecía ser la señal de alguien con vida, se escuchó a lo lejos. ¿Quién había logrado sobrevivir al furioso choque contra la selva? Colgando de unas ramas había un cuerpo humano sangriento y destrozado. Penosamente pudo reconocerla, su rostro estaba incólume. Aún parecía sonreír. Era la gentil azafata colombiana. Inerte, fallecida. Y lamentablemente no era la única víctima.

    Sigilosamente, desde la frondosa espesura, aparecieron unos nativos semidesnudos que se acercaron con una mezcla de temor y curiosidad. Indios amazónicos bastante primitivos a juzgar por sus atuendos mínimos. Mujeres y niños principalmente. Aunque también habían algunos pocos adultos, distinguibles porque portaban lanzas, arcos y flechas. Afanosos comenzaron a registrarlo todo. Buscaban sin mucho éxito, sobrevivientes. 

    De pronto se produjo un alboroto. Los adultos habían encontrado el origen del quejido. Varios de ellos se acercaron a un asiento volcado que escondía un cuerpo aun amarrado al cinturón de seguridad. ¡Un herido! El daño físico parecía enorme pero su voluntad de vivir era superior. Respiraba con dificultad aunque intensamente. Cuando lo dieron vuelta, pudieron ver su rostro, aunque desencajado, atractivo, misterioso e inconfundible: ¡Gaspar Lamarc! ¡Era él! Malherido e inconsciente, aun estaba con vida. Allí abajo, entre el barro, los escombros y la vegetación, rodeado por nativos tribales, probablemente cazadores-recolectores, estaba su cuerpo, maltrecho, golpeado y sangrante pero inequívocamente vivo, palpitando. Arriba, entre las copas de los árboles más frondosos, como si fuese un primate observando desde las alturas, estaba su conciencia, contemplando el lugar del accidente, donde tantos ya habían muerto y su propio organismo luchaba por sobrevivir. Su cuerpo y su alma se habían separado.

    Desde aquella elevación pudo apreciar un paisaje inquietante: la tupida vegetación se extendía como un interminable océano verde. Su dañado cuerpo estaba en medio de la selva, lejos de cualquier vestigio de civilización. Solo en ese instante comprendió que para todos los efectos prácticos, el avión había sido tragado por la selva y desde el aire nadie lograría encontrarlo. Intentó distinguir algún camino o carretera en los alrededores. Sólo pudo reconocer un pequeño poblado de chozas primitivas en las cercanías. Seguramente desde ahí venían los aborígenes que intentaban reanimarlo, pensó. Cuando volvió su atención a su cuerpo agonizante, advirtió que sus heridas eran muy serias y recién se percató de su precaria situación.  Su vida pendía de un hilo a punto de cortarse. Ya no tenía esperanzas y los esfuerzos que hacían los nativos para reanimarlo parecían inútiles. Sabía que se había separado casi por completo de su cuerpo y que estaba experimentando su muerte lo que le pareció, por los demás, algo muy natural. No sentía dolor, ni temor.

    Una luz maravillosa lo llamaba. No se resistió. No podía. Era intensamente atrayente. Un magneto benevolente. Más que luminosidad, irradiaba amor. Un tipo de amor incondicional que por una parte lo hipnotizaba atrayéndolo y que simultáneamente parecía regocijarse como si estuviese recibiendo al hijo pródigo. Como ese afecto entrañable que los griegos llamaban ágape, pero infinitamente más poderoso. Era una energía indescriptible e inmutable, donde el tiempo no existía, que lo acogía sin juicios. Era una fuerza amorosa y resplandeciente, que lo invitaba a una verdadera fusión cósmica. Un baño para diluirse en un océano de felicidad. Allí no habían límites, ni diferencias. Allí estaba todo concentrado. El Cosmos, la Existencia, el Alma y la Conciencia.

    Avanzó hacia la luminiscencia por un túnel oscuro y frío, añorando la promesa del cariño eterno al final del trayecto. Había un fondo musical de armonías envolventes que subyugaban su propia identidad, atrapándola en una danza primal.  Gaspar ya no sufría, ni siquiera era Gaspar, sino que a medida que se acercaba, comenzaba a comprender y aceptar sus experiencias como parte de un proceso sistémico. Cada experiencia vivida era relevante. Necesaria. Todas ellas tenían un propósito que se aclaraba al avanzar. De hecho, en las umbrías paredes del túnel, relucían algunos recuerdos ya olvidados, teñidos de millares de colores, que condimentaban ese proceso de reunión. Estaba tranquilo, agradecido, asombrado y esperanzado. Porque a medida que se acercaba se volvía más sabio, entendiendo su propia vida desde una nueva perspectiva. Iba disfrutando del camino al cielo, de la experiencia de ser adimensional y de regocijarse con esa música gloriosa. Sabía que estaba falleciendo y se entregó a los brazos de la muerte sin ansiedad y sin culpa. Con la clara sensación de que el acto de rechazar aquel premio académico en México había sido una prueba que había logrado superar con éxito y que ahora sí estaba por recibir un merecido galardón. Reunirse con su esencia. Su vida como profesor de biología estaba terminando de la manera más consecuente: en medio de la naturaleza. Una enorme luz envolvió a Gaspar Lamarc tierna y dulcemente, acogiéndolo y disolviéndolo en un abrazo infinito e inconmensurable de amor y paz. Súbitamente supo que volvía a su verdadero hogar. 

jueves, 5 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.1

Capítulo 1: La Vida

“La vida es una aventura educativa, impecablemente concebida por un maestro divino que opera las fuerzas invisibles del destino, esperanzado en que recorramos aquel camino sagrado que nos conduce hacia Él. Su benevolencia, sin embargo, no impide que sus recursivas lecciones se tornen progresivamente severas cuando desatendemos sus enseñanzas.”



Episodio 1: Premio a la Excelencia

“¡Se estaba honrando al mejor colegio del planeta!”

Ciudad de México, 20 de diciembre, 2015
Es el momento culmine de la Conferencia Anual de Rectores de Colegios Secundarios de los países de la OCDE y un hombre que duda está “ad portas” de recibir el premio a la excelencia pedagógica. Se trata de una ceremonia solemne en la que se reconoce públicamente a los establecimientos educacionales que han conseguido los mejores puntajes en las pruebas PISA. Los resultados de este examen -que debutan desagregados por institución-, distinguen por primera vez a la mejor institución educativa: un colegio chileno llamado “El Escarabajo”. ¡Se estaba honrando al mejor colegio secundario del planeta! El auditorio está repleto de autoridades elegantemente vestidos para la magnífica ocasión. 

    México es un país moderno. Lo refleja la decoración minimalista del recinto: paredes revestidas de madera que combinan bien con el rojo vinagre del piso alfombrado y de las cortinas del escenario; butacas azules aterciopeladas que le imprimen un sabor tradicional al ambiente. Arriba, en la oscuridad profunda del cielo falso, está la impronta de los tiempos: la iluminación inteligente que incorpora los adelantos más recientes de la vanguardia tecnológica; miles de pequeños haces de luces que se concentran donde hay más actividad, simulando una danza en el firmamento especialmente coreografiada para el ser humano. Sentados bajo esas asombrosas estrellas artificiales, en un entorno solemne pero distendido, los asistentes intercambian sus mejores sonrisas. Algunas cámaras dispersas y varios micrófonos en la testera dan cuenta de que diversos medios de comunicación están cubriendo el magno evento. 

    Cuando mencionaron al colegio ganador y el nombre de su rector, Gaspar Lamarc, aquel personaje vacilante caminó hacia el estrado mostrando cierta incomodidad, en medio de aplausos bastante más entusiastas que su andar nervioso. Se aprestaba a recibir la principal distinción a la que podía aspirar un educador: el premio equivalente al “Oscar” pedagógico para un colegio secundario. En el podio, sólo debía cumplir con la formalidad de hacer un pequeño discurso de agradecimiento. Aunque lo disimulaba bien, el galardonado no estaba contento. 

    A pesar de sus cincuenta años y algunas canas que entonces ya peinaba, Lamarc era un hombre atlético y su figura, alta y esbelta, casi quijotesca, resultaba imponente. La manifiesta palidez de su blanca piel acentuaba el intenso azul de sus formidables ojos, sin afectar su enigmático atractivo, aunque evidentemente sugería cierta contrariedad. Tenía preparadas algunas palabras para agradecer a sus colaboradores y señalar de qué forma, tanto él como su equipo, continuarían trabajando para mejorar aún más la calidad de la educación que impartían. Todo aquello, excepto sus sentimientos más profundos, de acuerdo a las directrices que recibió y a lo que la distinguida audiencia y sus propios colegas esperaban de él.  

    Mirándolo desde lejos, allá arriba del escenario se veía aparentemente tranquilo, muy bien plantado en su rol de homenajeado, vestido con un traje formal negro, zapatos relucientes, camisa blanca con colleras de plata y una versión elegante de la corbata roja con puntos negros de su colegio. Sin embargo, por dentro estaba dando una batalla moral  ¿Se atrevería a decir lo que realmente pensaba? ¿Sería políticamente correcto? ¿Debía ser diplomático o debía arriesgarse y decir lo que verdaderamente opinaba? ¿Ser o no ser consecuente? Sus dudas lo tenían agobiado. Siempre había sido una persona de principios y en esta ocasión sentía que su coherencia y honestidad estaban en juego. Mas, qué diablos, si quería ser pragmático en esta ocasión tendría que mostrarse especialmente sutil. Mal que mal, estaba representando a todos sus alumnos, a todos sus profesores y a la educación de Chile, un país que recién comenzaba a entender que podía obtener algo más que triunfos morales. Además, aceptar aquella distinción internacional entrañaba un futuro más que promisorio para él, su pequeña familia y su comunidad escolar. En caso contrario, si su temperamento, impredecible y rebelde, se imponía e incurría en alguna de sus ya célebres salidas de libreto, no sólo desafiaría todos los códigos de comportamiento de la jerarquía académica, sino que se ganaría muchos enemigos. Si bien era cierto que allí podía aprovechar el escenario para hacer activismo educacional y clamar por un cambio urgente en los valores del sistema educativo, aparte de seguir mirándose al espejo con cierto respeto, no tenía claro si algún cambio real era posible. Su decisión, finalmente, estaba tomada. Carraspeó, sacó del bolsillo interior de su chaqueta, el papel con las notas que había preparado para que no se le escapara agradecerle a alguien y lo puso sobre el estrado, convencido de que lo mejor era seguir el libreto a pesar de sus escrúpulos. Se acercó al micrófono, acomodándolo a su altura, y comenzó a leer:

    –Estimado anfitrión, distinguidísimo Ministro de Educación de México; estimado Presidente de la Asociación de Colegios Secundarios; estimados miembros del Directorio de la Asociación de Colegios Secundarios; estimadas autoridades educativas de los diversos países de la OCDE; estimados rectores; estimados educadores…

    Arrastraba cada palabra que leía, como si pronunciarlas dejara un sabor agrio en su boca. Le costaba seguir pautas y ser tan meloso. Alzó sus ojos para mirar al auditorio y respirar profundo. Necesitaba aire fresco. En ese preciso instante notó que un minúsculo escarabajo se posó sobre el discurso y lo recorrió de izquierda a derecha, como si lo estuviese leyendo. Cuando Gaspar quiso espantarlo con una cachetada instintiva, el insecto literalmente defecó sobre el papel y manchó el discurso. Luego salió volando. El orador, tras un manifiesto titubeo al reconocer aquella extraña pero significativa sincronicidad, se disculpó, dobló los apuntes y allí, frente a todos sus colegas, mostró su verdadera naturaleza: dolorosamente honesto, impredecible, escéptico, tácito, misterioso e irreverente: 

    –Un bicho acaba de cagarse en mi discurso –dijo–. No lo culpo porque ¡Era una mierda! –Tragó saliva y continuó hablando, aunque ahora estaba completamente decidido– Estas extrañas coincidencias son simbólicas. Sospecho que esta fue una recomendación de mi colegio para hablarles con honestidad. Pues bien, Lo haré… No me siento orgulloso de recibir esta distinción… Me da vergüenza… Lo reconozco hidalgamente…

    Sus pausas, que se hacían eternas, daban cuenta de que intentaba ordenar sus pensamientos.

    –Porque si nuestro objetivo como educadores es preparar mejores personas, quiere decir que estamos fracasando miserablemente. La sociedad que hemos construido está llena de personas desconfiadas, egoístas, superficiales y poco éticas ¡La humanidad está enferma! Y aunque nos cueste reconocerlo, somos los principales responsables. Todos los que somos educadores lo sabemos muy bien.

    Dejó que los oyentes asimilaran sus palabras y continuó.

    –Ahora, si nuestra misión es preparar a los jóvenes para enfrentar el futuro con éxito, entonces nuestro fracaso es más evidente aun ¡El modelo educativo que usamos está obsoleto, añejo, oxidado! El avance de la ciencia y la tecnología es demasiado vertiginoso ¡El futuro es inimaginable! Estamos en un punto de inflexión. Debiéramos preparar a esta generación para el cambio acelerado, para evolucionar, para reinventarse permanentemente, para aceptar la incertidumbre como una oportunidad, sin llenarlos de rancias certezas que obstaculicen su desarrollo.

    Recorrió el auditorio con la mirada y reconoció el asombro –esa encantadora emoción que le placía provocar– dibujado en los rostros de sus colegas. 

    –Hace tiempo que sospecho que la educación actúa como la cicuta, el veneno socrático. Administrada superficialmente distorsiona la realidad. En pequeñísimas dosis puede quitarnos el dolor. Incluso hasta puede paralizarnos antes de que fallezcamos casi sin darnos cuenta. Es una engañosa toxina disfrazada de información. Acabará con nosotros. No estoy exagerando. 

    El asombro en el auditorio se había transformado en cierta incredulidad. Las palabras que pronunciaba el rector eran disonantes con la situación. El ambiente de celebración que prevalecía apenas unos minutos antes, se había enrarecido abruptamente. 

    –Porque ya nos convirtió en seres ingenuos e irresponsables, anestesiados y paralogizados. Mientras tanto, nuestro planeta se queja con toda razón de un abuso inaceptable. La Tierra, mas temprano que tarde, nos va a castigar por habernos trasformado en depredadores insaciables. Y puesto que el respeto por la naturaleza se inculca desde la infancia, obviamente en esta materia también estamos reprobando. Francamente, así como vamos, no somos sustentables.

    El cambio climático era un tema que ya se había tocado en la conferencia. Había poco que agregar, de modo que Gaspar prosiguió con otra arista más relevante para él:

    –Por otra parte, mientras el mundo se hace cada vez más pequeño, las comunicaciones se aceleran y la conectividad aumenta, el encuentro intercultural es cada vez mayor. A diario nos encontramos con gente muy distinta de lugares remotos y extraños. De credos que nos parecen extravagantes ¿Y entonces? Pues ¡Tenemos que aprender a convivir! ¡A respetar la diversidad, para no terminar aniquilándonos! Hay que ampliar el concepto de familia, acogiendo e incluyendo al que es diferente. Incorporando a todos porque… en la diversidad está nuestra fuerza ¿Y qué hace la educación? ¡Todo lo contrario! Homogeniza; uniforma; estandariza ¡Vaya contradicción! 

    Algunas de las autoridades en primera fila se movían nerviosas y cuchicheaban entre ellos intentando decidir cómo reaccionar. Alguien desde atrás se acercó al ministro mexicano, que se veía notoriamente contrariado, suplicando una intervención. El organizador de la conferencia, se levantó de su asiento y lo miró desafiante, como exigiéndole que se detuviera. Gaspar supo que lo interrumpirían en breve y por eso se apuró.

    –Y no menos importante. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando tenemos acceso instantáneo a una descomunal cantidad de información, en gran medida, al conocimiento acumulado por toda la civilización humana en su historia reciente; cuando tenemos la posibilidad, como nunca antes, de utilizar métodos colectivos de aprendizaje y modelos colaborativos, el egoísmo se impone astutamente, atrincherándose en nuestros contenidos, camuflado por las sombras de nuestra educación. Hablo del individualismo que hemos exacerbado en nuestros colegios. 

    Gaspar entendía que se le agotaba el tiempo. Tenía tantas otras razones para explicar por qué la educación estaba confundida, que literalmente se atragantaba. En las caras del auditorio advirtió que no había sorpresa alguna; nada de lo que él dijo era en realidad algo novedoso. En aquellas facciones percibió ansiedad. Especialmente en los profesores. En una ocasión que debía ser impecable, Gaspar se había atrevido a levantar la alfombra y la inmundicia acumulada estaba a la vista. Parecían dinosaurios que, embelesados con el espectáculo de un meteorito cursando el cielo, repentinamente toman conciencia de que el impacto con la Tierra es inminente. Seres que se saben condenados a la extinción. Entonces el orador se conmovió e intentó suavizar sus palabras.

    –No debiera hablar por los demás, aunque sospecho que a muchos educadores les pasa lo mismo que a mí. Me siento frustrado y desengañado. Sé que no estamos educando bien y penosamente tampoco tengo la solución. Antes formábamos jóvenes obedientes y muy luego vimos que eso era peligroso cuando sus líderes carecían de autoridad moral. Ahora, formamos jóvenes eficientes que pronto serán superados por la tecnología. Debemos cambiar la forma de educar y la gran pregunta es: ¿Cómo hacerlo? Quién sabe… Pues bien, al menos yo rogaré por intervención divina para conseguir inspiración.

    En un gesto histriónico, juntó sus manos y miró hacia aquel firmamento artificial de luces inteligentes en el techo, como si estuviese rezando. Un silencio curioso envolvió el ambiente y las luces titilaron. Esta última frase y el gesto místico le pesarían al rector. Después, mucho tiempo después, la reconocería como una potente plegaria que lamentablemente fue escuchada por el Universo y que torció abruptamente su destino.  En ese instante mágico, no le dio mucha importancia. Sólo pretendía que sus colegas lo comprendieran. 

    –Confieso que he sido bastante hipócrita. Comencé, como la mayoría de los profesores, educando entusiasmado, sintiéndome privilegiado y realizado. Reconozco que al cabo de muy pocos años de ejercicio profesional traicioné mi genuina vocación y renuncié a la idea de mejorar el mundo. El sistema me obnubiló y pronto sólo anhelé que a mis estudiantes les fuera bien en sus exámenes. Los preparé para conseguir buenas evaluaciones y, en ese acto irreverente, considero que dejé de educarlos. Creo que mi culpa amainó gracias a resultados académicos que parecían prometedores y especialmente por el reconocimiento transversal que esas cifras provocaban. Ahora comprendo que los guarismos pueden ser eximios embusteros. Además, conseguir que los alumnos obtuvieran mejores calificaciones era más fácil que educarlos bien. Mi sentimiento de culpabilidad debía estar equivocado, razoné. Mi ego estaba satisfecho y los apoderados también. Así fue como al dejar el aula y comenzar a dirigir, exigí que todos los profesores prepararan a sus estudiantes para que aprendieran a distinguir las respuestas correctas, sin comprender que estábamos haciendo preguntas capciosas. Mientras tanto, yo sentía que mi corazón y, lo que es peor, la mente de mis estudiantes, se encogía.

    A estas alturas, Gaspar Lamarc, que estaba visiblemente atormentado por las obvias consecuencias de su inconveniente incontinencia verbal, sólo quería marcharse y desaparecer. Extrañamente, algo se lo impedía. Tal vez le quedaban aún destellos de honestidad intelectual que prefería articular. 

    –Los resultados que han otorgado al colegio que represento, el primer lugar en aprendizaje, son mi peor pecado. Demuestran que dejé de educarlos y por eso pido perdón. No puedo aceptar el premio ¡Discúlpenme!

    Las luces de los flashes lo trajeron de vuelta a la realidad ¿Qué había hecho? ¿Cómo se había atrevido? ¿Lo perdonarían sus estudiantes? ¿Y la institución? Sin respuestas satisfactorias, Gaspar supo en ese instante que volvería a su colegio sólo para renunciar a su cargo. A pesar de eso, quiso dejar un último mensaje: 

    –¡Muera la educación fragmentada e industrializada! –sentenció. Y comenzó a bajar del escenario, justo cuando el organizador seguido de algunas autoridades subían a interrumpirlo. Por eso casi nadie pudo escuchar sus últimas palabras, literalmente masculladas. 

    Su voz ya no alcanzaba el micrófono, aunque la última frase que dijo pareció otra invocación dirigida al cosmos.

    –Confío en la fuerza del amor para ayudarnos a reinventar la educación.

    Un silencioso auditorio, atónito y semi-aturdido por la bofetada que les había propinado el insólito protagonista, no sabía cómo reaccionar. Se escucharon algunos silbidos y rechiflas. Y también algunos descoordinados aplausos. Tímidos al principio, aunque pronto comenzaron a aumentar. El ambiente se volvió caótico. Confusión total. Gaspar aprovechó el desconcierto para escabullirse, aunque oyó que más de alguien gritó su nombre. Sin mirar atrás se apuró para intentar llegar al hotel, sacar sus maletas y pagar las cuentas antes de que volvieran sus colegas. Quién sabe qué pasaría con el cóctel que seguía después de la premiación. Estaba seguro de que no duraría mucho, así es que tendría que apurarse.

    El hotel en que se alojaba estaba a la vuelta de la esquina. Cubrió el trecho con zancadas apresuradas y subió a su habitación usando el ascensor. Empacó inmediatamente y bajó a hacer el “checkout”. Apenas estuvo listo se percató de que un periodista lo buscaba en el mesón de recepción del hotel. 

    Justo a tiempo –pensó- y subrepticiamente, decidió salir por la puerta de servicio, subió a un taxi y se dirigió al aeropuerto para tomar el primer vuelo comercial hacia Santiago de Chile. Allí se dio cuenta que tendría que esperar demasiado y en su impaciencia sacó un pasaje a Lima con escala en Bogotá, en un vuelo “bajo costo” que partía en unos minutos. Prefería hacer un par de pequeñas escalas antes que seguir esperando allí. Aunque su futuro era incierto, curiosamente ya se sentía mejor. Más aliviado. Se había sacado un enorme peso de encima. Había cometido un exabrupto, pero era lo correcto. Y su cuerpo lo agradecía. Hacía bastante tiempo que le costaba respirar en momentos de tensión. Ahora sus pulmones funcionaban a plena capacidad. Lo único que deseaba era llegar pronto a Chile para renunciar al cargo de rector, dejar la educación y comenzar otra actividad. Ni siquiera le importaba su edad. Quería dar vuelta la página y comenzar de nuevo. Todavía ese educador fugitivo no comprendía que no se podía huir del destino que él mismo había fraguado. Y el suyo quedó forjado por esa plegaria salida del corazón. Aquel instante mágico cuando juntó sus manos, miró al cielo y conmovido, rogó por encontrar inspiración divina para mejorar la educación.

martes, 12 de abril de 2022

Tercera Parte del Escarabajo.

He terminado la tercera parte de la trilogía: Otros Secretos del Escarabajo. Ya está publicada y disponible por Amazon. com. Los que se interesen pueden encargar el libro abriendo la pestaña "página del autor" de este blog. Espero que los que la encarguen, la disfruten y la aprovechen para expandir sus horizontes. En la portada, se insinúa un corazón enredado en el cable de un "mouse", puesto que el tema principal es la relación del ser humano con la tecnología. Tal vez el principal desafío existencial que enfrenta nuestra especie. 

Sin perjuicio de lo anterior, les comento que he decidido publicar semanalmente todos los capítulos de la Primera Parte (Los secretos del Escarabajo) en este blog. Así, ustedes podrán entretenerse con las insólitas aventuras de los personajes principales que sufren todo tipo de peripecias en torno a un colegio de excelencia. Además, podrán hacer comentarios y dejar sus impresiones o aclarar dudas directamente con el autor. Tendremos entonces la posibilidad de leer juntos, aunque sea virtualmente, la novela y al mismo tiempo, enriquecer la lectura con sus aportes y comentarios. 

Quisiera agregar que durante los años que me ha tomado escribir esta novela de más de mil páginas, no solo he disfrutado muchísimo, sino que he crecido demasiado en el proceso. Nunca me imaginé las repercusiones que estas tres novelas provocarían en mi vida. Todas positivas. Terminar un libro es tan enriquecedor que no puedo sino animarlos a todos ustedes a escribir y publicar su propia novela. Dejen volar la imaginación y acepten el desafío. En la web encontrarán consejos y directrices para hacerlo. No es tan difícil. ¡Atrévanse!

viernes, 4 de marzo de 2022

La generación desobediente

Muchos de los que ya somos adultos hace tiempo y acumulamos demasiados recuerdos, aquellos que nacimos en la segunda mitad del siglo XXI, nos encontramos estupefactos, desconcertados y algunos tal vez, incluso molestos. No entendemos la transformación que está viviendo la sociedad. Es que nuestra generación fue educada para obedecer. Y en ese entonces, era lógico, puesto que después de las grandes guerras mundiales, las naciones necesitaban soldados que respetaran la autoridad, las empresas requerían empleados cumplidores y las industrias requerían obreros sumisos. La gran tarea era colectiva: reconstruir las naciones y las economías, desarrollarnos y progresar. Y entonces, los colegios forjaron nuestro carácter usando más el garrote que la zanahoria. Sufrimos una educación rigurosa donde la autoridad del profesor era incuestionable y el miedo la emoción predominante. 

A pesar de eso, también tuvimos nuestra propia "revolución de las flores", que fue aplacada por las promesas del consumo infinito y/o derechamente por gobiernos autoritarios y dictaduras.  Incluso los más hippies aprendimos finalmente a obedecer (por la razón o la fuerza). Nos insertamos en una sociedad que luchaba contra la escasez; viviendo en forma austera en una estructura social profundamente jerárquica y por lo tanto, trabajamos duro para progresar. 

Llegamos a sentirnos orgullosos de poder brindar a nuestros hijos, mayores comodidades que las que nosotros jamás tuvimos, incluso sobrepasando las que en nuestros arrebatos de optimismo, osamos imaginar. Nos integramos al sistema económico y les construimos, con sangre, sudor y lágrimas, un mundo de abundancia. Nuestros sueños materiales, poco a poco, se fueron convirtiendo en realidad y nuestros hijos gozaron de los frutos de nuestros esfuerzos. Apoyados por los progresos científico-tecnológicos, les entregamos un mundo cómodo y eficiente. Siguiendo los consejos del Dr. Spock, protegimos a nuestros hijos de las exigencias educativas desmesuradas, relativizamos sus deberes y enfatizamos sus derechos. No les fijamos límites. No queríamos traumarlos. 

Recién ahora nos estamos dando cuenta que produjimos a una generación desobediente. Una generación que no tiene miedos, que lucha por sus derechos y quiere cambiar el mundo que les heredamos. Nos sacan en cara las consecuencias de nuestra inconsciencia. Tal vez sea necesario, porque según ellos, íbamos rumbo al despeñadero. En este momento, el futuro de nuestro país depende de esta generación rebelde. Se lo han tomado, protestando, luchando por causas postergadas y ahora deben gobernarlo. Controlan la Convención Constituyente y propondrán una Constitución que cambiará el rumbo de la nación. Ahora acaban de aprobar el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y de los animales. Y eso implica que respetan la Vida, en cualquiera de sus expresiones. Esto me basta para ver una luz de esperanza al final del túnel. 


Veo a mis coetáneos temblar ante sus propuestas y no los culpo. Supongo que siguen siendo dominados por el miedo. Aunque a estas alturas de la vida, tal vez deberíamos ser más osados, atrevernos a pensar distinto y recurrir a nuestro derecho a cambiar de opinión. Reconozco que mis creencias no son tan rígidas como antaño y eso me ha hecho más flexible. Me doy cuenta de los errores que cometí. Tomo consciencia de mi inconsciencia. 

Agradezco a la generación desobediente sus cuestionamientos y estoy dispuesto a darles el beneficio de la duda. En una de esas, son una mejor versión que nosotros, como todos esperamos de nuestro hijos y nietos.


A nivel planetario me parece que sucede algo similar. La generación desobediente está intentando corregir a sus padres. Por ejemplo, Ucrania desobedece a Rusia al acercarse a occidente, arriesgándose una guerra de consecuencias impredecibles. Y han demostrado su disposición a defenderse con gran heroísmo, utilizando una estrategia comunicacional que ha colocado al resto del mundo a su favor. He leído muchas interpretaciones acerca de las razones del conflicto pero sin ser experto en estas materias, me parece que se parece mucho a un castigo paternal hacia un hijo que elige ser desobediente. Los viejos tienen miedo de cambiar. Los jóvenes no. Y si hay algo que aprendemos de la naturaleza, es que el cambio es inevitable. Al final e independiente del resultado final, creo que las guerras han demostrado que las armas no ayudan a la solución a los conflictos. Esa es la lección que hace tiempo debimos aprender. Y si esta generación es mejor que la de sus padres, tal vez nuestros nietos agradezcan a sus padres haber sido desobedientes. 

martes, 24 de noviembre de 2020

Conciencia Planetaria

Los acontecimientos globales revelan que la humanidad está expandiendo su conciencia. Con cierta perplejidad, nos estamos dando cuenta de los errores que hemos cometido en el pasado. En todas partes vemos síntomas de un insondable cambio de cosmovisión –de dimensiones copernicanas–, liderado por las nuevas generaciones, que se rebelan frente al mundo tóxico que han heredado. El paradigma dominante está cambiando a gran velocidad. Sin embargo, en lugar de tener miedo, debiéramos estar esperanzados. Claro que se trata de un proceso inquietante, puesto que cambiarán nuestros valores y creencias. Y si somos optimistas, engendrará una mejor forma de relacionarnos tanto con el prójimo como con la naturaleza. Creemos que el ser humano está evolucionando hacia una conciencia planetaria. 


El caos que genera esta expansión de conciencia aunque nos incomode, demuestra que como especie, seguimos evolucionando. Los más jóvenes, horrorizados por la violencia del siglo XX y desilusionados de las ideologías tanto de derecha como de izquierda, reclaman un cambio de cosmovisión y una nueva forma de relacionarse con el prójimo y la naturaleza. Cuentan con la ayuda de la tecnología y la ciencia de vanguardia y están mejor adaptados al vértigo de la transformación. Los más viejos temblamos. Atrapados en estrategias mentales obsoletas, nos esforzamos por liberarnos de nuestros viejos prejuicios. Con estupor, nos damos cuenta de que hemos vivido como gigantes egoístas y que tanto la ilusión del individualismo como la tentación del materialismo nos han desorientado. Recién comprendemos que en alguna parte equivocamos el rumbo y que ahora estamos perdidos. 

Los seres humanos anhelamos encontrar la sabiduría para desarrollar esa perspectiva superior, ese nuevo nivel de conciencia donde los límites se diluyen. Cuando lleguemos allí, comprenderemos que todos los humanos estamos unidos. Que viajamos hacia un destino común. Que tenemos una enorme responsabilidad compartida con la vida en la Tierra. Recién entonces reconoceremos que nuestras diferencias no nos dividen, nos fortalecen. Somos mucho más que individuos. Somos terrícolas, haciéndonos conscientes del milagro de la vida.
Intuyo que pronto aprenderemos a convivir en armonía, desarrollaremos más empatía y trascenderemos las batallas ideológicas. Dejaremos atrás la corrupción y los abusos de poder. Negaremos la superioridad de las elites y rechazaremos las visiones fundamentalistas. Nadie se creerá dueño de la verdad, porque reconoceremos el valor de la diversidad de nuestras experiencias. Tendremos mentes flexibles, conductas respetuosas y recuperaremos nuestra dignidad. Ya no como individuos, sino como especie. Actuaremos como los mosqueteros: ¡Todos para uno y uno para todos!

Esta nueva identidad colectiva nos ayudará a conocernos mejor y a darle un sentido más profundo a nuestras vidas. Somos la Humanidad, guardianes de la vida en la Tierra. Por primera vez, seremos conscientes de estar construyendo un hogar para todas las especies que habitan la biosfera. Todos juntos hermanados en la aventura más emocionante del siglo XXI: ser testigos del big bang de alcanzar consciencia planetaria.