Hace unos días publiqué en este blog una antigua idea que vuelve a cobrar fuerza: la Universidad del Futuro. Expliqué que cuando era Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Mayor, me correspondió pensar cómo podría ser esa universidad. La imaginamos entonces como un pulpo: un ser vivo, flexible, sensible, inteligente y adaptable, cuyos ocho tentáculos representaban distintas facultades capaces de abordar la transformación universitaria desde perspectivas diferentes.
Hoy, al volver sobre aquella metáfora y después de una década de cambios acelerados, descubro que al pulpo le faltaba algo esencial. Le faltaba un centro. No un centro administrativo. No una rectoría. Ni siquiera el conocimiento. La Vida misma. Y esta nueva mirada me lleva a una pregunta todavía más profunda: ¿Para qué queremos una Universidad del Futuro?
Creo que la respuesta no está solamente en preparar a las personas para un mundo que cambia aceleradamente. Está en ayudarlas a vivir en ese mundo sin perder aquello que queremos conservar de nuestra humanidad. Pero, ¿Qué queremos conservar?
Esta pregunta me ha acompañado durante mucho tiempo y vuelve a aparecer ahora con especial fuerza. Humberto Maturana nos invitaba a mirar los procesos de transformación desde aquello que queremos conservar. Todo cambia permanentemente, pero algo debe mantenerse para que podamos reconocer aquello que está cambiando.
Entonces me atrevo a formular una primera respuesta: Queremos conservar una Buena Humanidad. No hablo de una humanidad perfecta ni de una esencia humana inmutable. Nuestra historia también está llena de violencia, egoísmo y dominación. Hablo de ese modo de vivir que reconocemos como especialmente humano y que queremos fortalecer: el amor, el respeto, la cooperación y el cuidado mutuo. El aceptar a la otra vida como una vida légítima y digna de admiración.
La dificultad, por supuesto, está en definir qué entendemos por “buena humanidad”. Y quizás sea acertado que esa definición nunca quede completamente cerrada. Porque una institución que decide de una vez y para siempre qué es una buena humanidad podría terminar convirtiendo un valor en un dogma.
Tal vez la Universidad del Futuro tenga que mantener abierta esa pregunta: ¿Qué significa vivir humanamente bien?; mientras ella misma se transforma desde la Universidad para el trabajo a la Universidad para la Vida.
Durante buena parte de la historia, la educación superior ha estado orientada a preparar a las personas para ganarse la vida. Pero el mundo está cambiando rapidísimo. Y si la inteligencia artificial y la automatización continúan desarrollándose exponencialmente, es muy posible que una parte creciente del trabajo deje de ser necesaria para la supervivencia y al mismo tiempo, la esperanza de vida continúe aumentando.
Eso plantea un desafío educativo completamente nuevo:¿Cómo aprender a vivir cuando trabajar ya no sea el eje de nuestra existencia? Pues entonces necesitaremos una educación que nos acompañe durante toda la vida. Una educación para aprender a vivir sin trabajar. Para convivir. Para cuidar. Para crear. Para descubrir nuestros talentos. Para envejecer sabiamente. Para encontrar propósito. Y también para hacernos las preguntas que la vida nos vaya planteando.
Por eso la Universidad del Futuro no debería ser una etapa de la educación. Debería ser la educación entendida como una forma de vivir. Una universidad que también esté viva (no solo flexible y adaptable, sino con capacidad de recrearse a si misma): Autopoiética.
No pretendo trasladar mecánicamente este concepto biológico a una institución. Pero sí me parece una poderosa inspiración. Una Universidad Viva debería ser capaz de generar continuamente: nuevos aprendices, nuevos profesores, nuevas preguntas, nuevos conocimientos y nuevas formas de organizarse.
Una universidad que educa a las personas que mañana serán capaces de transformarla. En otras palabras: una Universidad Viva no sólo transmite conocimiento; se renueva a través del conocimiento que genera; que sea un maestro inesperado, como el pulpo:
Pero ninguno de estos tentáculos debería gobernar por sí solo.
En una sociedad longeva, necesitamos una universidad verdaderamente intergeneracional. Cada generación posee conocimientos que las otras no tienen y se enriquecen mutuamente cuando se legitiman. Porque quizás una de las grandes pérdidas de nuestra época sea precisamente dejar fuera de la conversación a quienes han acumulado décadas de experiencia. Hemos tratado a la vejez como si fuera una enfermedad, sin entender que también era sabiduría.
La Universidad para todas las etapas de la vida debería convertirse también en una universidad de transmisión intergeneracional. Especialmente cuando aparece la inteligencia artificial, porque ella está cambiando la relación entre educación y conocimiento. Durante siglos, una parte central de la tarea del profesor fue transmitir información. Hoy tenemos una cantidad de información disponible como nunca antes.
Hay una última paradoja.
Si queremos una institución viva, tendremos que aceptar que la Universidad del Futuro de hoy no será necesariamente la Universidad del Futuro de mañana. Sus facultades podrán cambiar. Podrán aparecer nuevos tentáculos y algunos podrán desaparecer. O fusionarse. Porque en la era de cambios acelerados, el conocimiento que hoy consideramos central puede dejar de serlo. Y probablemente surgirán preguntas que todavía ni siquiera sabemos formular. Lo que no debería sentirse como un fracaso.
Debería ser una señal de que la universidad está viva. Porque una universidad verdaderamente viva no conserva sus formas. Conserva aquello que considera valioso mientras se transforma para seguir viviendo. Quizás ésta sea la Universidad del Futuro que necesitamos
La "Buena" Humanidad: Una humanidad capaz de amar. De cooperar. De respetar. De cuidar. De convivir. De maravillarse. Y de seguir preguntándose qué significa vivir bien. Después de todo, la Universidad del Futuro es la Universidad de la Vida. Una universidad cuyo centro no es el conocimiento ni el trabajo, sino ese proceso sagrado que llamamos Vida. Y cuyo gran desafío sea acompañarnos para que, mientras evolucionamos, no perdamos aquello que hace que nuestra evolución siga siendo humana.




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