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jueves, 17 de septiembre de 2026

Universidad de la Buena Vida

Una propuesta cultural para vivir mejor en la era de la inteligencia artificial.

Hay proyectos que comienzan con un terreno. Otros comienzan con una idea. Este comenzó con una propiedad, pero poco a poco descubrimos que detrás de ella podía haber algo mucho más grande. Al principio miramos Guanaqueros desde una perspectiva inmobiliaria. Después descubrimos una oportunidad turística. Luego apareció la Granja Schaeffer y surgió una dimensión educativa.

Cuando ampliamos la mirada al conjunto de Guanaqueros, apareció una dimensión cultural. Y al mirar hacia el enorme territorio de Tongoycillo, comenzó a esbozarse una posibilidad de conservación. No cambió el proyecto. Cambió nuestra mirada.

Cada nueva dimensión no reemplazó a la anterior. La contuvo y le dio un nuevo sentido. Así nació una pregunta:

¿Podría Guanaqueros convertirse en un Campus donde personas de todas las edades vengan a aprender a vivir mejor?

Una Universidad entendida como una Comunidad interesada en Aprender a Vivir Mejor.

La idea de una Universidad de la Buena Vida no pretende crear otra institución académica tradicional. No tendría edificios llenos de salas de clases ni un currículo convencional. Su Campus sería el propio territorio. La Granja sería el Laboratorio de Aprendizaje. El Camping, el lugar donde se decantan las ideas. El pueblo,  forma parte del Campus. El mar y la naturaleza, parte de la experiencia. Las rutas y aventuras, parte del currículo.

Y el aprendizaje ocurriría viviendo: Aprendiendo a cuidar el cuerpo. Aprendiendo a alimentarnos mejor. Aprendiendo a relacionarnos. Aprendiendo a contemplar. Aprendiendo a crear; a convivir con la naturaleza; a envejecer activamente; a desconectarnos; a priorizar donde poner nuestra atención. Y, sobre todo: aprendiendo a elegir cómo queremos vivir.

¡La gran oportunidad de nuestro tiempo!

Estamos viviendo en una época extraordinaria. La inteligencia artificial está ampliando nuestra capacidad de aprender, crear, investigar, comunicarnos y resolver problemas. No veo la IA como una amenaza que debamos rechazar. La veo como una gran oportunidad.

Y precisamente porque las máquinas serán cada vez más capaces, aparece una pregunta que considero fundamental:

¿Qué tipo de seres humanos queremos llegar a ser?

Los seres humanos tenemos luces y sombras. Podemos cooperar o competir. Cuidar o dominar. Crear o destruir. Ser generosos o egoístas. Y hemos creado una tecnología que puede amplificar muchas de esas posibilidades. Por eso, quizás la gran tarea de nuestro tiempo no sea solamente desarrollar tecnologías cada vez más inteligentes. Quizás sea también aprender a desarrollar lo mejor de nosotros mismos.

La Universidad de la Buena Vida nace desde esa intuición. No para vivir sin tecnología. Sino para aprender a vivir mejor con ella.

Un ejemplo: Desconectar para volver a conectar

Uno de los experimentos que imaginamos son retiros de tres, cinco o siete días. Durante ellos, las personas podrían dejar voluntariamente en pausa su conexión digital permanente. No como rechazo de Internet. No como una guerra contra las redes sociales. Sino como un ejercicio de atención.

Llegar. Desconectar. Respirar. Caminar. Conversar. Cocinar. Pintar. Observar. Meditar. Escuchar el mar. Cuidar un animal. Mirar las estrellas. Dormir.

Y volver a descubrir algo muy sencillo:

El mundo real sigue siendo extraordinariamente interesante cuando dejamos de mirarlo a través de una pantalla.

Al terminar, la pregunta sería:

¿Qué descubrimos cuando recuperamos nuestra atención?

Estamos pensando en una Universidad para todas las edades

Aprender a vivir mejor no pertenece a una edad determinada. Un niño puede descubrir la curiosidad. Un joven, los hábitos que acompañarán su vida. Un adulto, nuevas maneras de enfrentar la segunda mitad de su existencia. Una persona mayor, propósito, actividad, comunidad y nuevas experiencias. Una familia puede aprender junta. Por eso no imaginamos un lugar “para mayores”, ni para jóvenes. Imaginamos un lugar para todas las edades. Una experiencia intergeneracional donde cada generación tenga algo que enseñar y algo que aprender. 

La aventura del Campus

Guanaqueros ya tiene gran parte de lo necesario: Tiene mar. Tiene playa. Tiene una caleta; historia; gastronomía; naturaleza; comunidad. Tiene un Camping con décadas de historia.Y tiene la Granja Schaeffer: un trozo de tierra lleno de chilenidad, con jardines, olivos, animales, arte, memoria y una relación profunda con la comunidad.

La oportunidad no parece estar en inventar otro destino. Parece estar en conectar y enriquecer lo que ya existe. Incluso hemos imaginado una Ruta del Tesoro que conecte la Granja, el Camping, la caleta, la playa, los miradores y otros lugares especiales de Guanaqueros. La búsqueda del tesoro podría parecer inicialmente un juego.

Pero tendría otro significado.

El verdadero tesoro no es el oro.
Es el tiempo compartido, la naturaleza, la amistad, la memoria, la creatividad y la capacidad de estar presentes.

Quizás, en definitiva, el verdadero tesoro sea reconectarnos con nuestra humanidad. Y ojalá con nuestra "buena humanidad", esas luces y talentos que le dan sentido a nuestra vida. 

De la Hacienda a la Escuela de Vida

Hay además una historia que no queremos perder. La familia Schaeffer forma parte de la historia de Guanaqueros y de la transformación de este territorio. La antigua hacienda, la tierra, la relación con la comunidad y posteriormente el desarrollo turístico forman parte de un legado. Esta propuesta no busca convertir ese legado en una pieza de museo. Busca darle una nueva expresión contemporánea.

Conservar lo esencial para vivir bien. Reinventar lo necesario para vivir mejor.

Un sueño que recién comienza

Hoy esto es todavía una visión. No tenemos todas las respuestas. Tampoco queremos tenerlas. Queremos probar. Experimentar. Invitar personas que tengan algo que enseñar. Crear pequeños retiros. Medir qué experiencias generan interés. Aprender. Corregir. Y crecer solamente cuando la experiencia demuestre que vale la pena. 

Más adelante, quizás aparezcan nuevas dimensiones. Un Campus más amplio. Nuevas experiencias. Nuevos espacios. Incluso un gran territorio de conservación en Tongoycillo, donde pudiera experimentarse y protegerse otra dimensión de esta misma filosofía:

¿Qué formas de relacionarnos con la naturaleza y entre nosotros queremos conservar para el futuro?

Pero eso vendrá después. Primero plantaremos esta semilla... y extendemos

Una invitación:

Hoy estamos buscando socios estratégicos que quieran explorar esta idea con nosotros. Personas e instituciones que trabajen en: educación, inteligencia artificial, innovación, turismo, bienestar, longevidad, cultura, naturaleza, conservación, economía azul, creatividad y desarrollo territorial.

Buscamos compañeros de viaje. Instituciones que quieran experimentar nuevas formas de aprendizaje. Especialistas que quieran crear experiencias. Organizaciones que quieran poner sus capacidades al servicio de una pregunta mayor. Empresas que quieran explorar nuevas maneras de generar bienestar. Universidades que quieran usar el territorio como laboratorio.

Y personas que simplemente compartan una intuición:

En un mundo cada vez más tecnológico, aprender a vivir bien puede convertirse en uno de los aprendizajes más importantes de todos.

GRANJA SCHAEFFER – Laboratorio de LA BUENA VIDA

Soñamos que Guanaqueros sea el Campus del Vivir Bien, donde comienza una aventura de aprendizaje para todas las edades, en todas las estaciones.

La tecnología puede ayudarnos a hacer más.
La Universidad de la Buena Vida quiere ayudarnos a decidir qué vale la pena hacer.

Buscamos conversar con organizaciones y personas interesadas en ser parte de esta experiencia. ¿Hay alguien por ahí?

 

martes, 15 de septiembre de 2026

La Vida al centro de la Universidad

Hace unos días publiqué en este blog una antigua idea que vuelve a cobrar fuerza: la Universidad del Futuro. Expliqué que cuando era Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Mayor, me correspondió pensar cómo podría ser esa universidad. La imaginamos entonces como un pulpo: un ser vivo, flexible, sensible, inteligente y adaptable, cuyos ocho tentáculos representaban distintas facultades capaces de abordar la transformación universitaria desde perspectivas diferentes.

Hoy, al volver sobre aquella metáfora y después de una década de cambios acelerados, descubro que al pulpo le faltaba algo esencial. Le faltaba un centro. No un centro administrativo. No una rectoría. Ni siquiera el conocimiento. La Vida misma. Y esta nueva mirada me lleva a una pregunta todavía más profunda: ¿Para qué queremos una Universidad del Futuro?

Creo que la respuesta no está solamente en preparar a las personas para un mundo que cambia aceleradamente. Está en ayudarlas a vivir en ese mundo sin perder aquello que queremos conservar de nuestra humanidad. Pero, ¿Qué queremos conservar?

Esta pregunta me ha acompañado durante mucho tiempo y vuelve a aparecer ahora con especial fuerza. Humberto Maturana nos invitaba a mirar los procesos de transformación desde aquello que queremos conservar. Todo cambia permanentemente, pero algo debe mantenerse para que podamos reconocer aquello que está cambiando.

Entonces me atrevo a formular una primera respuesta: Queremos conservar una Buena Humanidad. No hablo de una humanidad perfecta ni de una esencia humana inmutable. Nuestra historia también está llena de violencia, egoísmo y dominación. Hablo de ese modo de vivir que reconocemos como especialmente humano y que queremos fortalecer: el amor, el respeto, la cooperación y el cuidado mutuo. El aceptar a la otra vida como una vida légítima y digna de admiración. 

La dificultad, por supuesto, está en definir qué entendemos por “buena humanidad”. Y quizás sea acertado que esa definición nunca quede completamente cerrada. Porque una institución que decide de una vez y para siempre qué es una buena humanidad podría terminar convirtiendo un valor en un dogma.

Tal vez la Universidad del Futuro tenga que mantener abierta esa pregunta: ¿Qué significa vivir humanamente bien?; mientras ella misma se transforma desde la Universidad para el trabajo a la Universidad para la Vida.

Durante buena parte de la historia, la educación superior ha estado orientada a preparar a las personas para ganarse la vida. Pero el mundo está cambiando rapidísimo. Y si la inteligencia artificial y la automatización continúan desarrollándose exponencialmente, es muy posible que una parte creciente del trabajo deje de ser necesaria para la supervivencia y al mismo tiempo, la esperanza de vida continúe aumentando.

Eso plantea un desafío educativo completamente nuevo:¿Cómo aprender a vivir cuando trabajar ya no sea el eje de nuestra existencia? Pues entonces necesitaremos una educación que nos acompañe durante toda la vida. Una educación para aprender a vivir sin trabajar. Para convivir. Para cuidar. Para crear. Para descubrir nuestros talentos. Para envejecer sabiamente. Para encontrar propósito. Y también para hacernos las preguntas que la vida nos vaya planteando.

Por eso la Universidad del Futuro no debería ser una etapa de la educación. Debería ser la educación entendida como una forma de vivir. Una universidad que también esté viva (no solo flexible y adaptable, sino con capacidad de recrearse a si misma): Autopoiética.

No pretendo trasladar mecánicamente este concepto biológico a una institución. Pero sí me parece una poderosa inspiración. Una Universidad Viva debería ser capaz de generar continuamente: nuevos aprendices, nuevos profesores, nuevas preguntas, nuevos conocimientos y nuevas formas de organizarse.

Una universidad que educa a las personas que mañana serán capaces de transformarla. En otras palabras: una Universidad Viva no sólo transmite conocimiento; se renueva a través del conocimiento que genera; que sea un maestro inesperado, como el pulpo:

Sus ocho tentáculos siguen siendo necesarios: Curiosidad, Vida, Humano, Bienestar, Talentos, Conciencia, Ignorancia e Intuición, porque cada uno ilumina una parte diferente del territorio.
La Curiosidad nos mueve de las respuestas hacia las preguntas.
La Vida nos enseña a vivir y a envejecer sabiamente.
Lo Humano nos recuerda qué queremos conservar.
El Bienestar nos ayuda a cuidar nuestra salud física y emocional.
Los Talentos reconocen la singularidad de cada persona.
La Conciencia nos recuerda que nuestros mapas no son el territorio.
La Ignorancia nos enseña humildad frente a lo que todavía no sabemos.
Y la Intuición mantiene abiertos caminos que la razón todavía no alcanza a iluminar.

Pero ninguno de estos tentáculos debería gobernar por sí solo.

El cerebro central del pulpo está en su cabeza y se encarga de la coordinación general. La Universidad también debe tener un cerebro central, preocupado por la Vida. Y el principio que lo orienta es la Buena Humanidad. Y si la vida se convierte en el centro, entonces la universidad deja de tener sentido como un lugar exclusivo para jóvenes.

En una sociedad longeva, necesitamos una universidad verdaderamente intergeneracional. Cada generación posee conocimientos que las otras no tienen y se enriquecen mutuamente cuando se legitiman. Porque quizás una de las grandes pérdidas de nuestra época sea precisamente dejar fuera de la conversación a quienes han acumulado décadas de experiencia. Hemos tratado a la vejez como si fuera una enfermedad, sin entender que también era sabiduría. 

La Universidad para todas las etapas de la vida debería convertirse también en una universidad de transmisión intergeneracional. Especialmente cuando aparece la inteligencia artificial, porque ella está cambiando la relación entre educación y conocimiento. Durante siglos, una parte central de la tarea del profesor fue transmitir información. Hoy tenemos una cantidad de información disponible como nunca antes.

La pregunta educativa comienza a desplazarse: Ya no es solamente: ¿Cuánto sabes? Sino: ¿Qué preguntas haces? Y quizás, todavía más profundamente: ¿Qué haces con lo que sabes?

La máquina puede ayudarnos a encontrar estas respuestas. Pero no debería decidir por nosotros qué vale la pena preguntar, qué queremos conservar ni para qué queremos vivir. Es posible que, justamente cuando las máquinas sean capaces de hacer cada vez más cosas, tengamos que dedicar mayor atención a aquello que queremos seguir haciendo nosotros. Por eso necesitamos una Universidad que no tenga miedo de cambiar.

Hay una última paradoja.

Si queremos una institución viva, tendremos que aceptar que la Universidad del Futuro de hoy no será necesariamente la Universidad del Futuro de mañana. Sus facultades podrán cambiar. Podrán aparecer nuevos tentáculos y algunos podrán desaparecer. O fusionarse. Porque en la era de cambios acelerados, el conocimiento que hoy consideramos central puede dejar de serlo. Y probablemente surgirán preguntas que todavía ni siquiera sabemos formular. Lo que no debería sentirse como un fracaso.

Debería ser una señal de que la universidad está viva. Porque una universidad verdaderamente viva no conserva sus formas. Conserva aquello que considera valioso mientras se transforma para seguir viviendo. Quizás ésta sea la Universidad del Futuro que necesitamos

Después de estos años, aquella antigua imagen del pulpo comienza a adquirir un nuevo significado. Ya no veo simplemente una universidad con ocho facultades innovadoras. Veo un organismo que acompaña al ser humano durante toda su vida. Una institución que aprende. Que se transforma. Que se reproduce culturalmente. Que se atreve a explorar territorios desconocidos. Que reconoce sus propios puntos ciegos. Y que, en medio de todos esos cambios, intenta conservar algo fundamental:

La "Buena" Humanidad: Una humanidad capaz de amar. De cooperar. De respetar. De cuidar. De convivir. De maravillarse. Y de seguir preguntándose qué significa vivir bien. Después de todo, la Universidad del Futuro es la Universidad de la Vida. Una universidad cuyo centro no es el conocimiento ni el trabajo, sino ese proceso sagrado que llamamos Vida. Y cuyo gran desafío sea acompañarnos para que, mientras evolucionamos, no perdamos aquello que hace que nuestra evolución siga siendo humana.


lunes, 7 de septiembre de 2026

La Universidad del Futuro

Hace unos 10 años, cuando trabajaba como Decano de la Facultad de Educación en la Universidad Mayor se me encomendó la tarea de pensar cómo sería la Universidad del Futuro. Yo no era un académico de carrera. Llegué a la Universidad tras haber liderado una transformación educativa de una creatividad sin precedentes en un Colegio privado de reconocido prestigio. Mi trayectoria profesional y mi formación académica como Ingeniero Civil y Magister en Biología-Cultural demostraban que no solo era capaz de “pensar fuera de la caja”, sino que además tenía una mirada sistémica capaz de resolver problemas complejos.

Debí actuar con urgencia. Toda la educación del país estaba en tela de juicio. Los estudiantes clamaban por “educación de calidad” y las instituciones luchaban por validarse vía acreditaciones. La opinión pública era crítica. La intolerancia frente a ideas diferentes tampoco permitía dialogar con altura de miras. El ambiente estaba politizado, la tensión era evidente y pronto iba a explotar.

Conté con la colaboración de todos los Decanos(as), que entonces era un equipo formidable de académicos y además conseguí que contribuyeran las mejores mentes del país:  Humberto Maturana, Juan Cassasus, Rafael Echeverría, entre otros. Se trataba de un tema-país prioritario y nadie se quería restar. Los aportes y contribuciones llegaron desde ámbitos insospechados, incluyendo universidades nacionales y extranjeras.

Las conclusiones preliminares fueron interesantes, novedosas e inesperadas, pero ninguna se alcanzó a implementar. A mi juicio, tampoco había agua en la piscina para aceptarlas en ese momento. La educación es una institución muy resistente al cambio y las propuestas eran francamente disruptivas.

Los estudiantes universitarios se movilizaron para forzar cambios estructurales y cuando la bomba de la “gratuidad” reventó, comenzó la batalla de las universidades privadas por la supervivencia. La Universidad Mayor se jibarizó en un afán de apretarse el cinturón al máximo para poder competir, reduciendo los costos fijos en forma dramática. Otras universidades privadas optaron por aceptar las condiciones de la Gratuidad. La conversación cambió y con eso, el sueño de la Universidad del Futuro se esfumó.

Después de una década de cambios acelerados, las ideas que entonces se barajaron se han hecho mucho más relevantes. Y me pregunto si no convendría retomarlas. Voy a intentar resumirlas dándome licencia para usar un lenguaje coloquial y didáctico.

 

Esta universidad no es una institución tradicional. Es una comunidad de pensamiento...


Imaginamos la Universidad del Futuro como un pulpo: Un ser vivo, blando, inteligente, adaptable, cambiante y sensible (características necesarias para la transformación que requiere la Educación Superior). Con tentáculos capaces de pensar en forma independiente, como si fuesen diferentes facultades dirigiendo una parte de la metamorfosis universitaria.

 


1)    La Facultad de la Curiosidad (De las respuestas a las preguntas)

La educación se ha diseñado para memorizar información y entregar respuestas correctas. La nueva pregunta educativa no es: ¿Cuánto sabes? Es, ¿Qué preguntas haces? Con todo el conocimiento acumulado en la nube ahora el estudiante debe aprender a formular las mejores preguntas para su aprendizaje.  

 

2)    La Facultad de la Vida (De aprender a ganarse la vida a aprender a vivirla)

La vida se concibe como una sucesión continua de ciclos de aprendizaje y transformación. No se trata de educar para trabajar o producir, sino cómo vivir mejor y envejecer sabiamente (entendiendo la vida como un proceso de aprendizaje para transformarnos en nuestra mejor versión).

 

3)    La Facultad de lo Humano (De mantener nuestra humanidad en la transformación)

La simbiosis del ser humano con la tecnología está redefiniendo los límites de lo que significa ser Homo Sapiens. Lo importante ahora es educar para conservar el modo de vida que caracteriza nuestra humanidad en todas nuestras etapas de crecimiento.

 

4)    La Facultad del Bienestar (Del aprendizaje a la Felicidad)

La tecnología y las redes sociales se están convirtiendo en una amenaza creciente para la salud emocional de las personas. La educación emocional para enseñar que la felicidad no depende de tener cosas sino de la satisfacción interna es vital para el nuevo estudiante.

 

5)    La Facultad de los Talentos (De la uniformidad a la diversidad)

Las neurociencias ahora nos permiten identificar las fortalezas innatas de los estudiantes. Educar para desarrollar esos talentos no solo facilita el aprendizaje sino contribuye al florecimiento personal y garantiza motivación. Esto implica personalizar la educación.

 

6)    La Facultad de la Conciencia (De la cosmovisión rígida a la espiral de Conciencia)

Darse cuenta de que nuestros mapas no son el territorio y que podemos perfeccionarlos agregando información que nos permita alcanzar un nuevo nivel de conciencia, ayuda no solo a la convivencia sino a darle sentido trascendente al proceso educativo.

 

7)    La Facultad de la Ignorancia (De la certeza a la humildad epistemológica)

Reconocer los límites de nuestro conocimiento (personal y colectivo) es comprender que nuestra ignorancia no tiene límites. La nueva educación no debe explorar “lo que no sabemos”, sino aquello que “no sabemos que no sabemos”.

 

8)    La Facultad de la Intuición (Del razonamiento lógico al juicio instantáneo)

Se trata de enseñar a usar la reflexión profunda, el sueño y el silencio para conectar puntos y sintonizar con soluciones novedosas. Propone usar la intuición y la creatividad, como puntos de partida para resolver problemas complejos con ayuda de la IA.

 

La Universidad del Futuro es una necesidad evolutiva y será una peligrosa aventura de autodescubrimiento para ayudarnos a convivir en armonía con la transhumanidad, la posthumanidad y la IA.