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lunes, 14 de diciembre de 2015

Curso de Felicidad: Lección 2

Segunda lección: Apreciar a los seres humanos es importante para ser feliz



Vivimos en comunidad porque somos animales sociales, gregarios. Nuestro ambiente natural está repleto de personas. Si no nos gustan las personas, lo pasaremos muy mal. Afortunadamente, podemos aprender a ver con gusto a la gente. Y eso contribuye sustancialmente a nuestro bienestar. 
Cuando conocemos la historia que hay detrás de una persona, no sólo la comprendemos, sino que empatizamos con ella. La observamos con mayor consideración y eso nos permite apreciar sus cualidades. Ver cualidades en lugar de defectos, es un cambio rotundo en mi forma de relacionarme con otros. Una forma de convivencia más saludable y generosa. 
 
Todos tenemos cualidades y defectos. Curiosamente las primeras pasan desapercibidas y los segundos, nos molestan profundamente. Allí solemos poner nuestra atención. En los defectos de los demás. Eso no ayuda a una convivencia positiva.
 
Por eso estamos sugiriendo cambiar el foco de nuestra atención. Busquemos cualidades en todas las personas que encontremos. Es un ejercicio de gran ayuda para la convivencia armónica, que nos genera alegría y buen humor. 
 
Pero no basta con distinguir cualidades, queremos recomendarles que las destaquen. Demostrarle a esas personas que hemos distinguido algo positivo en ellos. La gente está hambrienta de apreciación. A todos les agrada recibir un elogio, siempre que sea honesto. Aprovechemos cada oportunidad que se nos presente para entregar a los demás nuestro cariño y gratitud. Agradezcamos los pequeños gestos de consideración que recibamos y expresemos nuestro aprecio a las personas que nos rodean. Especialmente a aquellas que son cercanas. El cariño no se debe dar por sentado. 
 
Es curioso, pero les puedo asegurar que expresar aprecio enriquece nuestras vidas. Nos convierte en personas menos egoístas, menos individualistas y más gentiles. Para hacerlo debemos dejar de pensar en nosotros mismos y eso ya es un avance gigantesco. 
 
Digamos lo que nos gusta, regalemos un elogio cuando corresponda. Sobre todo, hagámoslo antes de que sea demasiado tarde. Las relaciones se cultivan con pequeños pero continuos gestos de cariño. En este ámbito, los detalles son muy importantes. 
 
Ante la mínima sospecha de haber herido involuntariamente a alguien, pida perdón. Es demasiado habitual que nuestras acciones generen consecuencias inesperadas y afecten a terceros. No deje que una herida causada por usted, cicatrice sin pedir perdón. 
 
La otra cara de la moneda es que muchos actos de terceros pueden ser beneficiosos para nosotros. Agradezca cada vez que sienta que alguien le hizo un favor. ¡Y nunca se canse de agradecer!
Ver con buenos ojos y con el corazón limpio a los demás es un bálsamo para nuestro espíritu.  Es la parte más fundamental de la receta de la felicidad. Créanme que es más fácil recomendar esto, que hacerlo. Pero si deciden apreciar a las personas, estarán avanzando decididamente hacia el bienestar y la felicidad.

Los vínculos afectivos también son rasgos evolutivos. Los mamíferos dependen del amamantamiento y en especial el hombre, que nace prematuro y dependiente. La sociabilidad y el cuidado se convirtieron en una necesidad para la supervivencia de nuestra especie, con independencia del género. Cuando dos adultos se hacían cargo del cuidado del infante, las posibilidades de supervivencia crecían dramáticamente. Esto fortaleció el vínculo de pareja y la familia como núcleo social básico. Además, la supervivencia del grupo, dependía de la cooperación entre todos. Dependía de los lazos afectivos de la comunidad. Los humanos construyeron vínculos afectivos también en el juego amistoso y en el trabajo en equipo para cazar o recolectar. Así nos volvimos dependientes de la oxitocina, la hormona de la empatía, la confianza y el amor. Somos, en definitiva, seres amorosos. Nuestra felicidad habita en nuestro corazón. 

Aprende a apreciar a los demás. Date tiempo para conocer sus historias. Allí encontrarás razones para apreciarlos. 
 
El biólogo y epistemólogo Humberto Maturana, en su ultimo libro, El Arbol del Vivir, sostiene que hay 3 modos de vivir: a) desde la confianza; b) desde la discriminación y c) desde la amistad. En este último modo de vivir, escogemos convivir en el amar, que se funda en el bien-estar del respeto mutuo, la honestidad, la colaboración, la equidad, la ética social, la reflexión y la conversación. Y agrega, "el amar es el fundamento de todo bienestar".

Encontrarán un video para aprender a ser felices aquí.
Otro video interesante: La llave de la Felicidad
Bibliografía: "Como ganar amigos e influir sobre las personas" de Dale Carnegie (un clásico de relaciones humanas) y "La molécula de la Felicidad" de Paul J. Zack

viernes, 11 de diciembre de 2015

Curso de Felicidad: Lección 1

Primera lección: Somos enteramente responsables de lo que sucede en nuestras vidas.

Nada de lo que ocurre es responsabilidad de terceros. No es necesario andar por la vida culpando a los demás. No tiene sentido quejarse por las circunstancias, ni criticar a nadie. Tampoco es necesario resistirse a lo que sucede. Si algo sucede es porque todo, literalmente todo el universo conspiró para que eso ocurriese. Y en particular, lo que nos sucede a nosotros, es producido por nosotros. Para algunos esto puede ser duro, pero no somos conscientes de lo que provocamos. No comprendemos la inextricable interconexión que hay entre nuestros pensamientos, nuestras acciones y sus efectos. Somos criaturas ignorantes que aprendemos del ensayo y error. Pero el error se nos aparece "ex-post". Cuando las consecuencias de nuestro acto no concuerdan con las expectativas que teníamos "a priori".

Y si queremos ser felices, tenemos que hacernos responsables de nuestra felicidad. La buena noticia es que podemos ser felices, independiente de la realidad que vivimos. La mala noticia es que si no lo somos, el único responsable soy yo mismo. Soy yo el que interpreto lo que sucede y en esa interpretación está la clave de la felicidad...

Ser feliz es una decisión. Más bien, es un hábito que se logra con decisiones que continuamente nos ayudan a vivir en el bienestar. Podemos decidir ser felices y aceptar lo que sucede sin oponer resistencia. O podemos resistirnos y despotricar contra todos y todo, envenenándonos con emociones destructivas y viviendo una vida miserable. ¿Porqué escogemos esta última opción?, es una gran incongruencia muy propia del ser humano. Según Humberto Maturana, "podemos escoger qué vivir queremos vivir"

En este sentido, es razonable lo que propone la oración de la serenidad: "Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia".

Si queremos ser felices, debemos comenzar por cambiar nosotros mismos (esto lo podemos hacer), en lugar de intentar cambiar a los demás (algo que no depende de nosotros). Recuerda siempre que es más fácil calzarse unas zapatillas, que alfombrar el mundo. Y recuerda también que lo que debemos cambiar son nuestras interpretaciones. 

A medida que avance este curso, aprenderemos a cambiar nuestras interpretaciones para mantener nuestro bienestar. Aprenderemos a interpretar para ser felices. Por el momento, quisiera sugerirles que lean Papá Olvida, un texto escrito por un padre que  estaba acostumbrado a quejarse y que buscaba defectos por todas partes...



Papá Olvida:

Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.
He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo.
Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. 
Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con la mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papito!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.
Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.
“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.
Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.
Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.
Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre? 
La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.
Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.
Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.
Temo haberte imaginado hombre. 
Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.
He pedido demasiado, demasiado…
W. Livingston Larned

Lo primero que debemos combatir es el hábito de fijarnos en los defectos, en lo negativo, en los problemas. Allí donde enfocamos nuestra atención, se origina el mundo que experimentamos. Si esa es nuestra tendencia, tenemos que cambiar de actitud. La crítica es inútil, solo crea resentimiento. Las quejas envenenan el ambiente en que vivimos. 


Juzgar o criticar a los demás es injusto, porque no conocemos la historia completa que hay detrás de el comportamiento de un tercero. Y es soberbio porque nos pone en una postura de superioridad, cuando en las mismas circunstancias nosotros habríamos actuado del mismo modo. Pero sobre todo, es ingenuo, porque nos libera de la responsabilidad que pudiéramos tener. Cuando apuntamos con el dedo a alguien, hay que tener consciencia que al menos tres de nuestros dedos apuntan a nosotros mismos. Aceptemos lo que sucede, con confianza de que hay una buena razón para ello. 

Anthony de Mello, un sacerdote jesuita que no creía en la suerte, contaba una historia que ilustra lo que queremos decir: ¿Buena suerte o mala suerte?, ¿quien sabe?

"Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaban para condolerse con él, y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: «¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe? Una semana después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Este les respondió: «¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?». Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?». Una semana más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota le dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?

Todo lo que a primera vista parece un contratiempo. puede ser un disfraz del bien. Y lo que parece bueno a primera vista puede ser realmente dañoso. Así, pues, será postura sabia que dejemos a Dios decidir lo que es buena suerte y mala y le agradezcamos que todas las cosas se conviertan en bien para los que le aman."

Por eso sostenemos que resistirse a las cosas que suceden, no es una buena estrategia. Nunca estaremos seguros si lo que ocurrió tiene, a la larga, consecuencias negativas pero podemos estar seguros de que es mejor para nuestro bienestar aceptar los hechos con algún grado de optimismo. La vida feliz es como una travesía en yate. Hay que navegarla, aprovechar los vientos y fluir. La vida dura es como una expedición por la selva, abriéndose paso a puro machete y soportando las inclemencias del tiempo con estoicismo. 


Por ejemplo, en el denso tráfico que tienen nuestras ciudades, podemos convertirnos en un energúmeno dentro de nuestro auto, tocar la bocina y vociferar, desesperarnos por la demora e insultar a los otros conductores. Podemos hasta llegar a pelear con otros conductores... E incluso en nuestra impotencia ante la congestión, podemos actuar impulsivamente y ocasionar un accidente. La verdad es que la mayoría de los accidentes de tránsito se producen por la ira de algún energúmeno, que se descontroló. 

Pero hay una alternativa. En esa misma situación podríamos dejar de resistirnos ante el taco y aprovechar de disfrutar el trayecto con una música relajante o un programa de conversación estimulante, conducir con tranquilidad y llegar a nuestro destino contentos y relajados. Esa elección es nuestra. Esa situación nos hace optar entre la resistencia agresiva o la aceptación pacífica de una situación. Una nos descompone, la otra, nos calma. Y todo depende de la interpretación que le damos a la congestión: ¿Se trata de un obstáculo? ¿o de una oportunidad?

Estos ejemplos demuestran que continuamente tomamos decisiones que influyen en nuestro estado de ánimo, que inciden en nuestro bienestar y felicidad.

Somos enteramente responsables de nuestros estados de ánimo, de las emociones que sentimos y del grado de felicidad que experimentamos. Y todas estas cosas, provocan las cosas que nos suceden. Entender esto es la primera lección del camino a la felicidad. 

No queremos sugerir que en nuestra vida no ocurran situaciones difíciles. Al contrario. La vida siempre nos entrega pistas para indicarnos el rumbo adecuado. Si decidimos hacernos responsables de nuestros actos en lugar de culpar a las circunstancias, corregiremos el curso a tiempo. En cambio, si no cambiamos, la vida se encargará de repasar esa lección que no aprendimos y esta vez pondrá mayor énfasis en su mensaje. Y continuará así, hasta que la lección sea tan dura, que no podamos dejar de asimilarla. El costo de nuestra inflexibilidad es muy alto. Más vale aprender a la primera.

El mundo está intrínsecamente interconectado y para comprenderlo mejor se necesita una visión sistémica. En este curso, intentaremos ampliar el entendimiento que tenemos de la vida, incorporando en nuestras lecciones los principales descubrimientos de la ciencia. Podemos demostrar que nuestras recomendaciones tienen bases científicas y para el estudiante interesado propondremos bibliografía complementaria,  pero intentaremos ser pragmáticos. Lo que realmente cuenta es que experimenten con una nueva actitud. Cada uno podrá constatar en carne propia, los resultados del cambio propuesto.

Recomendación: Fluyan por la vida y decidan continuamente ser felices.

Encontrarás un video interesante aquí.
Otro video de difusión científica para: Aprender a fluir
Bibliografía científica para los mateos: "La trama de la vida" de Ervin Laszlo y "Fluir" de Mihaly  Csikszentmihalyi (ambos libros se pueden descargar desde la red).

domingo, 6 de diciembre de 2015

Un curso de felicidad

El viernes pasado, en una conversación acerca los contenidos que debía tener una Academia de la Felicidad, confesé que mi principal motivación para trabajar en educación era aumentar la felicidad del ser humano. No quiero parecer soberbio, pero dediqué muchos años a dictar cursos de desarrollo personal. Allí conocí a muchas personas que se sentían  incómodas con sus historias. Sostuve que yo reconocí ciertas herramientas o técnicas para aumentar el bienestar y que enseñándolas vía la educación, podríamos formar una generación más feliz. Hace falta gente más contenta y realizada.
¿Qué esperas?, me dijeron y me desafiaron a comenzar en marzo próximo, un curso en la academia de la felicidad que enseñara a disfrutar de la vida. ¡Creo que lo haré! Pero el curso comenzará aquí. En este blog. Agregaré una página con los contenidos del curso. Allí habrá material que permitirá acceder a una serie de recomendaciones probadas que mejorarán nuestra calidad de vida. Se trata de recopilar una sabiduría simple y muy humana, que hemos desechado en busca del éxito económico. ¿Porqué nos dejamos engañar por el espejismo del dinero? No lo sé. Pero allí no habita la alegría. Algunos dicen que ayuda, y puedo entender esa declaración, pero si nos permitimos terminar el curso, veremos que allí también hay supuestos que podemos cuestionar.
Todavía no tengo claro como se organizará el curso. No tiene una estructura preconcebida. Cada publicación será un paso. El recorrido lo iremos construyendo en el tiempo y aunque sé que debemos visitar algunos lugares, prefiero que esta aventura no tenga un itinerario demasiado rígido. En esto, estoy con Antonio Machado: 

"Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar."

Les cito este poema porque quiero aclarar que no hay un camino hacia la felicidad. Hay tantos caminos como personas existen. Nuestra historia personal es aquellas huellas de las que habla Machado y es nuestra y de nadie más. Nuestra vida se vive cuando la vivimos nosotros. Realmente no la vivimos como nuestra cuando seguimos los pasos de alguien más. 
Cada uno está invitado a recorrer este curso aceptando su propio pasado. Algo que ya ocurrió y que no podemos cambiar, pero que tiene repercusiones en nuestro mundo. Y de esas repercusiones debemos hacernos responsables. Nuestra estela, para bien o para mal,  afecta a los demás. Y nuestro camino lo hemos diseñado nosotros mismos. 
En este curso aprenderemos que nuestras equivocaciones sólo aparecen cuando miramos al pasado. Cuando reconocemos que los efectos de nuestros actos han sido muy diferentes a lo que imaginamos. Son, en buena medida, errores de interpretación. Nos equivocamos por inocentes. Y no por maldad. Esta consideración nos permite redimirnos, cualquiera  que haya sido nuestra historia. Incluso si la sociedad ya nos ha condenado. 
Todos pueden recorrer este camino hacia la felicidad, todos tienen derecho a ser felices. Lo curioso es que es también nuestro deber. De no cumplir con este deber, la vida nos castiga con infelicidad. Simple pero poderosa declaración. 
¡Ser feliz o no, es nuestra decisión!


miércoles, 2 de diciembre de 2015

3 paradigmas

La educación pretende transmitir el conocimiento acumulado por la Humanidad a las nuevas generaciones. Es, por tanto, un proyecto progresivo que, en la medida que el conocimiento aumenta, requiere una capacidad de síntesis creciente y ajustes permanentes. A veces, el ajuste que se requiere, implica un cambio fundamental en las premisas o creencias sobre las que estaba fundado el aprendizaje humano. En este caso, hablamos de cambios paradigmáticos. 
Algunas revoluciones científicas hacen temblar los cimientos de nuestra cultura y nos proponen una nueva forma de mirar la realidad. Copérnico provocó uno de estos cambios de paradigma cuando propuso que la Tierra giraba alrededor del Sol. Lenta pero inexorablemente la educación debió modificar textos y preparar a los profesores para que aceptaran una teoría que ponía en entredicho todo lo que habían enseñado antes. Nuestras creencias más básicas quedaron obsoletas. El pensamiento tradicional debió modernizarse.
La ciencia Newtoniana comenzó a cuestionar las explicaciones que nos daba la religión. Pero no es fácil cambiar las creencias más básicas...
Hace 150 años, Darwin, propuso la idea de la Evolución, que puso en jaque al mundo estático en que vivieron nuestros antepasados. Es que la educación es muy conservadora y recién está aceptando los avances científicos de la modernidad. La verdad objetiva que propuso la ciencia y el pensamiento crítico están dominando el mundo de hoy y sin embargo, ambas ideas ya están infectadas con el virus de la obsolescencia.
Hace ya un siglo, Einstein con su Relatividad, Heisenberg con su Incertidumbre y la física cuántica las condenaron. La verdad en la postmodernidad, es relativa al observador y el pensamiento tampoco puede ser objetivo. Y aquí, en este ajuste paradigmático estamos bastante atrasados. La educación aun no comienza a adaptarse a los postulados de la postmodernidad. Es una tarea pendiente. De hecho los colegios Waldorf y Montessori, que ponen al estudiante al centro del proceso educativo, por ejemplo, están literalmente fuera del sistema. Recién se aprecian algunos esfuerzos por personalizar el aprendizaje.
Para ponerle más pelos a la sopa, la tecnología evolucionó aceleradamente e Internet generó redes de información y conectó las mentes de millones de seres humanos, aumentando significativamente la complejidad de nuestra sociedad. Así, desnudó al mundo postmoderno, humillándolo al demostrar su inconsistencia. Provocó entonces, un nuevo cambio paradigmático. Todo está tan intrínsecamente conectado que ya no podemos distinguir donde terminamos nosotros. Somos una experiencia colectiva expresándose en aventuras individuales, como músicos de una orquesta. 
La educación está peligrosamente atrasada. 
El desarrollo humano, individual y colectivo, recorren el mismo camino. Siguen la misma secuencia. Y la tarea de la educación debiera ser facilitarnos la transición paradigmática. Debiera ayudarnos a ampliar nuestro conocimiento y enriquecer nuestras miradas. Más aun, una buena educación, tiene que empujarnos a superar al paradigma dominante. 
Si la educación actual está estancada en la modernidad, ¿cómo podría ayudarnos a superar la toxicidad de la postmodernidad? 
Peor aun, la mayoría de los profesores en ejercicio nacieron y se criaron en la modernidad. Son hijos de la Ciencia. Necesitan ver para creer. Están luchando por comprender la postmodernidad. ¡Y para eso necesitan cambiar sus creencias!
En cambio, los estudiantes actuales son nativos digitales. Es otra especie de seres humanos. Tienen otra cultura, otros comportamientos y otro pensamiento. Viven en un mundo complejo e integrado. Sostienen que el mundo es plano, la comunicación instantánea y la información plenamente accesible. La brecha generacional entre estudiantes y profesores es demasiado amplia. 
Tenemos un sistema educativo estancado y profesores formados en la modernidad, una elite académica en la postmodernidad y jóvenes integrales. Tres paradigmas conviviendo con dificultad. 
La única alternativa que imagino, es formar con urgencia profesores con visión sistémica y pensamiento complejo. Preparar maestros integrales, que hablen el mismo idioma de sus estudiantes para que juntos cuestionen las premisas de la integralidad y avancen hacia la etapa de desarrollo siguiente. Esta es la difícil tarea urgente de las facultades de educación. 






sábado, 28 de noviembre de 2015

Domesticar al animal más peligroso

Estamos viviendo un profundo cambio cultural. Una toma de consciencia colectiva que nos está obligando a responsabilizarnos por la realidad que vivimos. Estamos dándonos cuenta que no podemos seguir culpando a los demás. Hemos sido cómplices activos. Hemos tolerado privilegios y corrupción. Hemos preferido mirar hacia otro lado en lugar de denunciar al abusador.
Digo esto con una sensación de nauseas. Porque siempre lo supimos. Estaba a la vista en todas partes. En la política, en las empresas, en la justicia, en la educación, en las iglesias y en el deporte. Unos pocos aprovechadores con mucho poder, infectaron las instituciones con el virus de la ambición desmedida y la corrupción.
Pero en un mundo profundamente interconectado y acelerado, ya no se pueden guardar secretos. Ni esconder la ropa sucia. Más temprano que tarde, aquellos que abusan de su poder serán denunciados y condenados.
Yo soy culpable. Lo confieso. Tu también. Aunque creamos que fuimos engañados o ingenuos, el mal olor se sentía en todas partes pero nos acostumbramos a él.
Los atropellos a los derechos humanos, el financiamiento de la política, las colusiones, la delincuencia, el lucro, la pedofilia y el encubrimiento institucional, el doping y las coimas, son algunos síntomas de nuestra cobarde indolencia. No queríamos ver.
¡No más! Nuestros jóvenes, levantaron la voz. Se rebelaron. Y como por arte de magia, aparecieron fantasmas por doquier. Y seguirán brotando desde otros territorios ya irremediablemente infectados.

El ser humano no juega limpio. ¡Si hasta la Caperucita se comió al lobo!  Somos una especie que tiene una sombra tenebrosa. El lado oscuro del ser humano es poderoso y peligroso. Nuestra naturaleza dual no nos debe engañar. Hay que domesticar al animal más peligroso del planeta. Ese es el enorme desafío que enfrenta la educación. 


domingo, 22 de noviembre de 2015

Profesores felices para lograr calidad

La educación es un proceso complejo y multidimensional.

La primera consideración que debemos hacer respecto de la afirmación anterior, es que el objeto de transformación no es el estudiante. Es el estudiante y su entorno. El estudiante no está separado de su familia, su cultura, su sociedad o de la naturaleza. Un cambio en él, afecta a todo su contexto y viceversa.

Comprender esto, nos permite reconocer la complejidad del proceso educativo. La profunda interconexión entre la evolución del individuo y su medio ambiente (psicológico, social y natural), relación que hoy, está acentuada por las nuevas tecnologías. Por eso decimos que la educación es compleja.

La segunda característica del proceso educativo nos sugiere que existen una serie de dimensiones educativas que hemos invisibilizado con nuestras anteojeras e ingenuidad. Algunas son tan básicas que las hemos dado por supuestas. Otras, que ni siquiera quisimos reconocer. Pretender evaluar la educación limitándola a la dimensión del aprendizaje es un reduccionismo ingenuo. La educación es además, un proceso multidimensional y progresivo.

Sostenemos que una educación de calidad debe orientarse a aumentar al bienestar del estudiante y su entorno. Para esto debe cumplir una serie de condiciones. Cada condición es necesaria para lograr la siguiente y por lo tanto son condiciones acumulativas:
·   El cuidado del estudiante y su entorno. Es la primera y más básica de las condiciones. El corazón de la fruta educacional. El antídoto contra el miedo y la garantía de salud. Por eso el profesor debe tener vocación y empatía.
·      La convivencia del estudiante con sus pares y congéneres. Lograda la confianza podemos socializar. Debemos aprender a convivir con otros respetando criterios de convivencia. Por eso el profesor debe ser ejemplo de integridad.
·     El aprendizaje y la preparación para la autonomía. Sólo podemos aprender si estamos dispuestos  a asumir riesgos y cuestionar premisas, confiando en el maestro. Por eso el profesor debe tener conocimientos y criterio.
·       El desarrollo del talento y del pleno potencial. Asumiendo riesgos podremos ser creativos, descubrir nuestro talento y explotarlo para superarnos continuamente. Por eso el profesor debe tener visión y grandes expectativas.
·    El bienestar y la felicidad del estudiante. Sin miedo, confiando en nuestra autonomía y potencial, podemos contribuir y encontrar el sentido a nuestras vidas y realizarnos en lo que hacemos. Solo entonces podemos llegar a ser felices. Y tener alumnos contentos convierte al profesor en un maestro feliz.

Aunque toda esta explicación pueda parecer complicada, en realidad resulta muy fácil distinguir donde se educa con calidad. Es allí donde hay un ambiente de convivencia sano y positivo... y muy especialmente, donde los profesores disfrutan su trabajo. En una frase, los profesores felices, garantizan la calidad.