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lunes, 10 de junio de 2013

La educación evolutiva

La Tierra engendró la vida hace unos 4 mil millones de años. Y desde entonces, la vida ha debido adaptarse al cambio, a las condiciones y a la dinámica del planeta. En este proceso evolutivo, la vida ha  ensayado infinidad de alternativas con la esperanza de mejorar sus posibilidades de adaptación ante los inevitables cambios medioambientales. La fotosíntesis es una demostración de la extraordinaria creatividad de la vida. La sexualidad es otro invento asombroso de la vida, que podríamos interpretar como un profundo deseo de enriquecer la experiencia vital hacia nuevos horizontes. 
Pero tal vez la propuesta más prodigiosa de la vida, fue aquella que distingue al experimento humano, que comenzó solo recientemente, hace unos 3 millones de años. No por nuestra condición homínida, compartida con los primates, sino por la neotenia, que retrasa el desarrollo del ser humano condenándolo a nacer prematuramente, desvalido e inmaduro. Esta ingeniosa propuesta evolutiva es contra-intuitiva. La fragilidad humana finalmente se transforma en su gran fortaleza. A todas luces una apuesta arriesgada. Pero esta exclusiva característica obligó a nuestra especie a desarrollar mecanismos de cuidado y protección para nuestros jóvenes. Y no solo eso, sino también a transmitir los aprendizajes desde una generación a otra. Los adultos debieron cuidar, proteger y educar a los jóvenes. De modo que la educación es una consecuencia evolutiva de nuestra inmadurez física y emocional.
Adicionalmente, partiendo de la supuesta desventaja de postergar la adultez, también se consigue mantener la inocencia y la curiosidad de los jóvenes durante muchos años. Y entonces, al perdurar el contacto entre adultos y jóvenes, se consigue desarrollar el lenguaje, ya no solo como medio para comunicarse, sino especialmente para enseñar y transmitir información histórica y en definitiva, para mejorar el proceso educativo. El lenguaje, entonces, es la característica evolutiva que convierte al hombre primitivo en un ser social que comparte una aventura colectiva con sus semejantes y que nos permite aprovechar nuestra curiosidad expandida para resolver con éxito los problemas de supervivencia.
Tan exitoso ha sido el proyecto humano que estamos influyendo decisivamente en la evolución de la vida en la Tierra. Y no lo estamos haciendo particularmente bien. Enfrentamos actualmente un período de extinción de insospechadas consecuencias que cambiará el equilibrio natural de nuestro hábitat. Paradojalmente, nuestra fortaleza, ha debilitado la  diversidad de la vida en la madre Tierra. Y eso, también debilita la sustentabilidad de la propia humanidad, a menos que como especie, aprendamos a vivir en armonía con la naturaleza. El mundo es redondo. A la larga nuestra fortaleza se ha convertido en una debilidad.
Tendremos que educarnos para vivir armoniosamente en una comunidad planetaria, luchando por mantener una diversidad ecológica saludable que nos permita no solo respetar sino fomentar la vida. En todas sus manifestaciones. Por eso nuestra educación debe contribuir a crear una consciencia sistémica. Tenemos que compatibilizar nuestra forma de vida con la vida en la Tierra. Nuestro pensamiento y comportamiento deben reflejar una cultura que honre la vida y nos permita aprovechar plenamente la nuestra.
La verdadera educación, debe ayudarnos a vivir plenamente; a sentirnos parte del Universo; a descubrir nuestro rol, como especie y como individuos; a comprender que somos parte de una comunidad planetaria frágil, frondosa y exuberante; y a ser responsables de nuestro destino y de mejorar las posibilidades para las generaciones venideras. La educación evolutiva debe expandir nuestra consciencia y permitirnos admirar el milagro de la vida en todo su esplendor.
Ante este panorama, ¿quien puede rehusarse a contribuir con esta nueva educación?

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