lunes, 29 de diciembre de 2014

La leyenda de la oruga curiosa


Esta es la leyenda que precede a la historia que ustedes conocen desde siempre y que aparece en el “libro sagrado de los humanos”. Habla de tiempos muy remotos, mucho antes de que el hombre existiera. Incluso antes del actual Universo...
Todo comenzó con una buena intención. Un plan que armonizó con el cosmos y que paulatinamente fue adquiriendo coherencia.  Suavemente se convirtió en un ritmo que coordinó al organismo. Un pulso que reverberaba dentro de la caparazón protectora y que dirigía los acontecimientos. Era el comienzo de una vida.
Dentro del huevo, un nuevo ser comenzaba a vivir. Qué acontecimiento más intrigante y sin embargo, tan natural. Era poco más que un grupo de células, multiplicándose, orquestadas, buscando su destino y ya se podía sentir su pujante impulso por vivir. Tenía un potencial que quería manifestarse. Y eso era suficiente para darle aliento a la vida.

Crecía inexorablemente. Cada instante que transcurría le daba más fuerzas y una progresiva sensación de vacío, que posteriormente le sería particularmente familiar, comenzó a  experimentarse en sus entrañas. Tenía hambre. Mucho hambre que no se saciaba, puesto que solo podía alimentarse de su medio circundante.

Esa noche, mientras esperaba el amanecer, soñó con espléndidos seres alados que vestían disfraces multicolores y vivían felices habitando en un hermoso y generoso jardín, que habían construido ellos mismas. Orgullosas y majestuosas criaturas, que volaban de flor en flor, colaborando con el propósito de la naturaleza y reclutando compañeras para el gran éxodo. Una aventura tan extraordinaria y peligrosa que solo debía intentarse con la colaboración de todas ellas.
Cuando despertó, sabía lo que quería ser. Una mariposa. Aspiraba ser como ellas, suaves, sutiles, delicadas y preciosas pero también intrépidas aventureras; generosas y cooperadoras pero resueltas a vivir una vida con sentido. Una vida plena a favor de la vida.

Mientras aguardaba el inicio del primer día de su vida,  su incomodidad creció. La caparazón del huevo protector se estaba volviendo asfixiante y tendría que atreverse a mudarse de ropas. Entonces, se dio cuenta de algo que le acompañaría el resto de su vida. Si quería ampliar su conciencia tendría también que cambiar su envoltura. Un verdadero cambio interior, se refleja en el exterior.

Entonces, quiso nacer... y venciendo sus miedos, salió con muchas dificultades del huevo, primero asomó la cabeza y luego de contorsionarse, en lo que le pareció una eternidad, estirándose hacia un lado y luego hacia el otro, poco o poco consiguió liberar a su cuerpo y dejar su nido,  para encontrarse sola en el mundo...una dolorosa experiencia. 

Así comienza la aventura extraordinaria de una aspirante a mariposa que tuvo conciencia. Si el cuento que están a punto de leer les parece conocido, entonces tal vez alguno de sus átomos vivió en ese universo previo, donde las mariposas reinaban. ¿Quién sabe? En esta historia, todo es posible.

Es una historia contada en tercera persona, pero se trata de una experiencia vivida y sentida en primera persona que fue transmitida oralmente de generación en generación, como lo demostrará la versión objetiva que transmitió el búho, testigo presencial, que transcribiremos más adelante.

Esta historia es también extraordinaria porque no tiene un final. Pueden dejar de leerla donde dejen de comprender. O dejen de interesarse... o dejen de tener tiempo para continuar leyendo. No importa. Cualquier alternativa está bien. La historia se extiende solo hasta donde para ustedes tenga sentido. Como no tiene final, ustedes también pueden continuarla. Cuando puedan y como quieran...

Hace mucho, mucho tiempo, nació esta oruga tan especial. Era una en un millón. Por fuera era como todas las orugas, pero por dentro... era distinta. Su singular voracidad no era fácil de extinguir.  Era una oruga hambrienta de conocimiento. “Curiosa desde la cuna”, le llamaban en aquella región porque salía del huevo mirando hacia todos lados.

Adolorida por el parto, angustiada por su soledad y decepcionada por su apariencia -puesto que no se parecía en nada a esas bellas mariposas- decidió con cierta resignación, olvidar sus sueños utópicos y seguir sus impulsos. No tuvo alternativas. Su cuerpo grotesco, no tenía siquiera una mancha de aquellos hermosos colores que adornaban a sus utópicos ángeles voladores; alargado, esponjoso y peludo, estaba cubierto de piel beige. Nada más anodino e insípido. De hecho, el mundo entero era beige. No podía volar, ni caminar. No tenía brazos ni pies. Estaba condenada a arrastrase. Sus esperanzas quedaron destrozadas bruscamente al nacer. El mundo en que nació era cruel. Frustrada y temblorosa, inició su aventura hacia un futuro incierto y peligroso. No sabía porqué, pero a pesar de todo, quería vivir.

Tenía tanto hambre, que devoró hasta el huevo que le dio vida. Y continuó comiéndose la hoja donde sus padres depositaron el huevo. Y persistió con las otras hojas del árbol donde sus padres depositaron el huevo (no lo sabía entonces, pero era un árbol muy especial) y luego continuó con las hojas de la planta más próxima. Su instinto de supervivencia la conminaba a alimentarse con urgencia y desesperación. Su primer día transcurrió mecánicamente, comiendo todo lo que encontraba. Si le daba frio, se ponía al sol. Si sentía calor, buscaba las sombras, pero seguía intentando infructuosamente saciarse y de escapar de los peligros que posiblemente la acechaban desde cualquier lugar. Sus instintos la guiaban. Sus reflejos ante perturbaciones externas dictaban su comportamiento. Vivía, pero no se daba cuenta de que vivía... aunque seguía queriendo vivir.

Durante ese primer atardecer, se estremeció al ver algunas pequeñas manchas púrpuras en su piel. Una breve esperanza... ¿Serían los colores de las mariposas? Que sus miedos extinguieron raudamente... ¿Serían señales de alguna enfermedad? ¡Se asustó mucho! ¿Se habría envenenado? ¿Intoxicado? ¿Sería algún maleficio? Se sentía incómoda, su piel estaba dura y la apretaba. Pero, a pesar de todo, continuó comiendo...

Al iniciarse el crepúsculo se encontró con un grillo, que parecía tocar el violín con sus patas traseras. No lucía peligroso. Su monótona melodía de una sola nota–un Do profundo–le llamó la atención, porque parecía resonar con toda la naturaleza. Pero no le dio mucha importancia y continuó buscando saciarse. Algo que no conseguiría en ese primer día.

Llegó la noche y la soledad y las sombras la llenaron de más dudas. Cansada de alimentarse sin reflexión, apenas avanzaba. Tuvo miedo. Sintió el peligro muy cerca. Se detuvo. Paralizada por un terror que no le permitía moverse, decidió esconderse en su interior para alejar la angustia.

Adentro, se encontró con su una presencia que habitaba en su interior. ¡No estaba sola! ¡Alguien vivía dentro de ella! No supo distinguirla bien, pero se parecía al grillo violinista. Hablaba sigilosamente con su misma voz, interrumpía sus pensamientos y la contemplaba con cierto dejo de desaprobación. Sorprendida y curiosa, decidió interrogarla...

­–¿Quién eres? ¿Qué haces acá? ¿Qué buscas? ¿Porqué estás molesta?­­–, preguntó sin pensar.

–Soy tu conciencia–respondió la presencia­ y agregó rápidamente,–debo ayudarte a entenderte conmigo, lo que por lo visto hasta ahora, no será fácil –y siguió murmurándose a si misma, –¿porqué siempre me tocan casos tan difíciles?– y recobrando la compostura, sentenció: –busco mostrarte los “anteojos oscuros” que llevas puestos... y estoy molesta porque ¡eres floja y no piensas!

La oruga curiosa no supo qué decir. Ni como reaccionar. Seguía inmóvil, esperando que el grillo continuara, cosa que no tardó en ocurrir.

–Escúchame bien y luego trata de pensar,  porque no voy a repetirlo– dijo, con una voz muy seria, y continuó con cierta solemnidad – Eres una oruga curiosa, una especie que trae desde la cuna un deseo perenne por aprender. Y por eso, tienes un potencial extraordinario. Pero has vivido el primer día de tu vida reaccionando instintivamente, reaccionando sin pensar. Traes puestos unos anteojos equipados para ayudarte a sobrevivir. Oscurecen todo excepto los peligros. El mundo que ves con esos anteojos oscuros, es un mundo de necesidades y amenazas urgentes; y para resolverlas debes operar sin demoras, instantánea e impulsivamente. La realidad es mucho más interesante de lo que puedes ver hoy, pero no puedes sacarte esos anteojos. Es muy peligroso. Tienes que aprender a ver lo que te ocultan y eso solo se puede lograr... ¡aclarando los cristales! Esos anteojos tienen 7 velos que oscurecen tu vista y tiñen tu mundo de un color. Estos velos se remueven con la ayuda de tu corazón. Cada vez que corras un velo, y solo puedes correr uno a la vez, aclararás el cristal con que miras y despertarás a un mundo que antes no veías. Podrías decir que son anteojos in-foto-cromáticos, puesto que responden a tu luz interior. Mientras más luz tengas en tu interior, más se aclaran los cristales. Aclarar tus anteojos oscuros, ¡esa será tu...perdón, nuestra tarea!

Despertó al alba, sobresaltada, sin saber con certeza, si el encuentro fue un sueño o se quedó dormida después.

La vida en beige le resultó aburrida. Recorrió muchos lugares, sin darse cuenta de lo que estaba haciendo y pasaron muchas cosas que realmente no vio. Miró sin ver. Anduvo sin contemplar el camino y comió sin degustar. Eso no era vida para una oruga “curiosa desde la cuna”. Tendría que desconectar el piloto automático y experimentar el mundo exterior en el presente.

Sintió como si alguien le palmoteaba la espalda, como felicitándola, pero no vio a nadie.

No podía respirar, su piel no era elástica y no le permitía crecer, de modo que decidió desprenderse de ella. Sacó la cabeza y moviéndola hacia todos lados, como si estuviese buscando algo, logró extraer a su grueso cuerpo con cierta dificultad, de su viejo y manchado pijama beige. Su nueva piel era de un púrpura intenso. Una extraña novedad. El mundo se tiñó de un nuevo color, que hizo las cosas más interesantes. Estaba comenzando su segundo día y antes de ir a desayunar, intentó pensar...

Su encuentro misterioso no le pareció tan casual. Si no fue un sueño, tal vez fue un mensaje desde otra dimensión. En su interior pasaban cosas. Allí también había un mundo extraordinario. Allí habitaba un extraño y amenazante ser que la vigilaba.

Cuando finalmente salió a alimentarse, se dio cuenta que no estaba sola. La acompañaban sus hermanas. Feliz, corrió a encontrarlas. Muchas tenían piel beige y avanzaban y comían por instinto, tal como hacía ella, ayer. No le hicieron caso. Pero habían otras con pequeñas manchas púrpuras, que se mostraban inquietas ante su presencia y sin embargo, no sabían como responderle. Efectivamente, todas ellas tenían puestos los anteojos oscuros.

De pronto, aparecieron algunas orugas púrpuras. Con ellas podría conversar. Tenía muchas preguntas sin respuestas. Preguntó hasta cansarlas, pero para su sorpresa, le hablaron de seres voladores multicolores, de jardines majestuosos y de migraciones fantásticas. Tal vez su sueño gestacional podría ser cierto. Incluso hubo una hermana púrpura, corpulenta e irónica, que mencionó la existencia de demonios internos, cosa que la hizo estremecerse. ¿Una broma de mal gusto o una advertencia? No importaba mucho, ella ya estaba poseída.

Ese día aprovechó la compañía de sus hermanas y recorrió el camino, asombrándose con cada flor, cada insecto y cada hoja que golosamente disfrutaron. Gozó con cada nuevo descubrimiento. La brisa, el sol y la naturaleza escondían maravillas que atraían su curiosidad. La intensidad de vivir cada momento en el presente y aprender algo nuevo la llenaron de alegría.

Aprovechó de ilustrarse sobre las orugas. Le insistieron que descendían de ángeles que vivían en el paraíso y que si se portaban bien, después de morir, allí vivirían. Además le contaron que viajaban juntas hacia la tierra prometida donde existía el árbol de la vida que les daría la inmortalidad. Comentaron también acerca de las grandes tentaciones y los pecados más comunes. Pero también hablaron de cosas terrenales, los peligros que había que evitar y las hojas más ricas, las orugas más bellas, y ¡la música!

Efectivamente las orugas púrpura también escuchaban una vibración más alta, que el profundo Do. Se trataba de un intenso Re que parecía estar en todas partes. En el mundo beige y púrpura convivían dos notas, el familiar Do y el novedoso Re, que permitían recorrer el camino casi bailando con cierto ritmo y armonía que las entretenía mucho. Incluso le enseñaron a pedir ayuda con un canto que llamaría a sus hermanas y que solo debía usar en casos extremos. Durante el resto del día, comieron, cantaron, bailaron y disfrutaron con los ritos tradicionales de la tribu.

Lamentablemente las orugas beige -castigadas por los dioses multicolores- no podían percibir esta nota y solo respondían al Do, cuestión que siempre las des-coordinaba. El mundo de las orugas era evidentemente milagroso.

Ese día aprendió a comportarse como oruga. Partió imitando a sus hermanas púrpura y entendió su cultura. Absorbió sus tradiciones y comprendió que la conducta de sus hermanas beige obedecía a un accionar sin reflexión. No sin sentir cierta vergüenza por haber vivido un día completo en ese mundo impulsivo.

Los extraordinarios eventos del día hicieron que la noche la sorprendiera y se alejó para dormir sola. Quería pertenecer al grupo pero tenía miedo al rechazo. No quería que sus amigas la escucharan conversando en sueños. Tampoco que vieran sus heridas. Tenía algunas manchas de sangre. Probablemente provocadas desde adentro por el demonio interior, porque no había sentido nada por fuera. Encontró un lugar para guarecerse y demasiado estimulada aún, decidió reflexionar sobre los acontecimientos. Tal vez esto apaciguaría al grillo.

Era cierto lo que su conciencia le dijo. Los anteojos oscuros le ocultaban un mundo maravilloso. Su corazón se llenó de alegría porque las orugas púrpuras podían ver con ojos distintos y de compasión porque las beige estaban ciegas.

–¿Viste las anteojeras? – preguntó una voz interior, sin dejarse ver. No era la voz de su conciencia, que la había perseguido durante todo el día. Casi se había acostumbrado a ella.

–¿Quién será?– pensó, sin abrir la boca.

–Soy tu intuición– le respondió – Habito en lo más profundo de tu ser. Aparezco a veces por estos lados, para darte pistas que te ayuden a encontrar el tesoro. Pero no te distraigas, y responde mi pregunta...

–¿Qué tesoro?–murmuró...y la voz desapareció.

Efectivamente todas tenían anteojeras, pero ese era una rasgo típico de las orugas. ¿qué tenía de especial? Cansada y sin encontrar respuestas, se quedó dormida. Entre dormida y despierta encontró, una respuesta: “la verdad”. ¿Será ese el tesoro?, pensó y sintió otra palmada que le hizo abrir los ojos.

Despertó ahogada e intentó desesperadamente sacarse la ropa púrpura que le quedaba chica. Ese día, el mundo tenía un nuevo vibrante color. Su nueva piel resultó llamativa. ¡Durante su tercer día vestiría de rojo!

Corrió intentando alcanzar a sus hermanas que se habían adelantado. Pero estaban lejos y con su piel escarlata, no pasaría desapercibida. Sería una aventura peligrosa. Una oruga beige parecía necesitar ayuda, pero detenerse y ayudarla solo la retrasaría más. Siguió su camino sin disminuir el paso, y fue entonces cuando un gigantesco pájaro alado se le acercó, dispuesta a engullirla. Aterrada y sin saber como defenderse, pidió ayuda, cantando. El malvado zorzal, giró su cabeza para escuchar mejor... y entonces vio a dos orugas púrpura que presurosas se acercaron a ayudar. Con un tremendo picotazo, atrapó a una de ellas y se la llevó volando. Una escapada milagrosa, pensó nuestra oruga y se fijó en las anteojeras de la sobreviviente. Eso explicaba porqué no vieron el peligro y se acercaron a ayudarla.

Su alivio aplacó la sensación de culpabilidad y le pidió a la oruga púrpura que la acompañara. Si el zorzal volvía, ya sabía que hacer. Tenían que alcanzar a sus hermanas y siguieron avanzando juntas. En el camino encontraron otra oruga roja que era seguida por varias beige.  Cantaba con una voz muy potente. Usaba mucho una nueva y posesiva nota: Mi. Era grande y no tenía buenas intenciones. Interrumpiendo al camino, sólo la dejó pasar a cambio de su pequeña compañera.

Se alejó asustada, dejando atrás la amenaza y a su ex-auxiliadora. Solo entonces comprendió que para llegar a reunirse con las orugas, tendría que reclutar seguidoras. La unión hace la fuerza. Convenciéndolas con sus cantos y promesas, juntó un grupo numeroso de orugas púrpuras y beige para finalmente lograr reunirse con la tribu completa. Habían varias tribus reunidas, compuestas de algunas rojas, varias púrpuras y muchas beige. Juntas avanzaban comiendo todo lo que encontraban hacia el paraíso prometido. Se habían convertido en una poderosa fuerza que arrasaba con la vegetación. Le gustó el mundo del Do-Re-Mi, donde sobrevivían sólo los más fuertes. Y las rojas, podían dirigir a las púrpuras y las beige. Juntas las orugas eran poderosas.

Su tercer día terminó abruptamente. La adrenalina aceleraba el tiempo. Esta vez descansó acurrucada entre las otras orugas.

En su introspección, no tardó en aparecer su grillo interior y esta vez, si lucía molesto.

–Pensé que tenías potencial, pero vamos, me has decepcionado. Veamos el tema de las anteojeras– gruñó y sin esperar le endilgó un discurso que la dejó anonadada– Las orugas tienen anteojeras que les reducen el campo de visión. No sólo las anteojeras culturales que tienen todas las orugas púrpuras. Es bastante obvio que las orugas ven sólo lo que su propia cultura les permite ver. Es cierto que te diste cuenta que sus mitos, creencias y valores determinan lo que pueden ver. Pero no te fijaste bien. Esas anteojeras no son exactamente iguales. Son parecidas, porque comparten muchos valores y creencias. Pero cada familia usa anteojeras diferentes porque en cada casa la cultura adquiere matices propios. Cada oruga ve lo que su cultura le permite. No ven lo que ven-si no calza con el paradigma dominante de las orugas- y lo peor es que tampoco ven que no ven (no perciben sus anteojeras). Pero estas anteojeras culturales no son tan peligrosas. Mal que mal, están diseñadas por generaciones de orugas en busca de adaptarse al medio en que viven. Las peligrosas, son las que no viste: las anteojeras personales, las que usan los egoístas.

Y antes de que pudiera reaccionar, continuó:

–Nada de comentarios–insistió–Además de las anteojeras culturales, llevas unas personales, que tiñen todo lo que aprendes del color de tus deseos e intereses. Esas anteojeras limitan tu visión lateral y sólo te permiten ver lo que quieres ver. Y si andas por el mundo viendo exclusivamente aquello que refuerza tus creencias, entonces te conviertes en un ser rígido y egoísta. Y dejas de crecer. Lo peor que le puede pasar a una oruga curiosa. Ya tienes la respuesta que tu intuición buscaba. Y para que recuerdes esta lección, te daré una nota que te saque del Mi...y luego, una vibración extraña sonó: Faaaaaa....

Las notas sonaban distinto en su interior. Eso le pareció interesante. El eco quedó reverberando en su interior. Cuatro vibraciones que sonaban muy distinto. Y cada una evocaba un mundo diferente. Recién entonces comprendió que el conocimiento que había masticado durante el día tenía un sabor demasiado familiar. Que sus acciones habían sido egoístas. Indiferentes a los demás. Se dio cuenta que tenía puestas unas anteojeras anti-sociales. Todo lo que había aprendido ese día resultó ser una ilusión en un espejo. Esas anteojeras personales, la podían convertir en un ser despreciable. Sin siquiera darse cuenta.

Esa noche, pensó que todo el conocimiento que consumía, estaba filtrado por los anteojos de los impulsos y sesgado por sus propias anteojeras y las de su cultura. Su aprendizaje tenía filtros y sesgos. ¿qué hacer?

Recordó que le hablaron de un lugar donde las orugas experimentadas compartían sus aprendizajes, contestaban las preguntas de las jóvenes y si te portabas realmente bien, te enseñaban a volar. Supo qué hacer al día siguiente:  ir al colegio. Allí lograría satisfacer su curiosidad.

Soñó que buscaba un tesoro, cavando un hoyo con una pala. Excavaba y excavaba, y el hoyo se iba profundizando. Su sombra iba creciendo y de pronto, adquirió vida propia y comenzó a hacerle señas.

–¿Porqué no me reconoces? – le preguntó esa sombra independiente– Estuve contigo todo el día, cuando no quisiste ayudar, cuando tuviste miedo y te alegraste de la muerte de otra oruga, cuando manipulaste a las débiles de carácter y cuando pecaste de gula – hizo una pausa, sonrió socarronamente y agregó– Soy tu sombra interior, lo que escondes de tu conciencia. Soy egoísta, miedosa, manipuladora y ambiciosa por aprender, sin medir consecuencias. Aunque no lo quieras, te acompañaré por siempre para recordarte silenciosamente que en tu sombra guardas tus peores características.

Despertó transpirando copiosamente y comprendió que sus anteojeras personales no le dejaban ver su sombra. No era ni tan especial, ni tan bella ni tan buena como creía.

Se levantó temprano, después de renunciar a su vieja piel roja y luciendo un bello uniforme azul, llegó despavorida al colegio, con la esperanza de poder  sacarse los filtros y las anteojeras. El azul le dio más profundidad a su mundo; con 4 diferentes colores, todo se hacía mucho más nítido. Su cuarto día le regalaría muchas lecciones.

Todo estaba muy ordenado. Existían reglamentos y procedimientos. Nada quedaba al azar. Habían autoridades ubicadas en una estructura jerárquica. Unas púrpuras que recordaban los mitos, muchas rojas que exigían respeto y los hacían competir, otras azules que mantenían la disciplina y algunas de colores extraños, que no reconocía. El que obedecía las reglas recibía un premio. El resto era castigado. La principal ofensa era ser creativo. La mayor parte del día la pasó escuchando profesores (disfrazados de azul), que tenían visiones diferentes acerca de cómo funcionaba el mundo y hablaban idiomas distintos. Tampoco respondían preguntas acerca de las otras perspectivas. Actuaban como si entre ellos no se conocieran. Sin el recreo, construyó amistades, aprendió a jugar, a compartir con iguales y a encontrar formas de doblar las reglas, la experiencia escolar hubiese sido un fiasco.

 Allí, en la escuela, para su sorpresa, le pusieron otras anteojeras: las anteojeras de la obediencia. Todo resultó ser una gran competencia por descubrir a la oruga azul más sumisa y obediente. Algunas que habían sido intrépidas rojas, fueron domadas y controladas. Aquellas que traían la curiosidad desde la cuna, eran tratadas por fuerzas especiales. La curiosidad, si bien aceptada de buena gana inicialmente, no era bien vista cuando no se aplacaba con la respuesta del profesor. Les enseñaron a aceptar respuestas sin pensar. Afianzaron sus anteojos oscuros y ajustaron sus anteojeras. El sistema suponía que la generación antecesora sabía donde estaba el conocimiento. Pero cuando se les recordaba que las respuestas que esa generación dio, no eran satisfactorias, entonces el debate se interrumpía. Fue obligación aceptar las viejas conclusiones y así, la verdadera curiosidad quedó irremediablemente limitada. El mundo necesitaba estabilidad y el colegio imponía las respuestas...aunque las daba en idiomas distintos y esto generaba una enorme confusión.

Regresó del colegio decepcionada, con los anteojos oscuros y sus tres anteojeras recién ajustadas.

Esa noche tuvo una terrible pesadilla. Soñó que una locomotora avanzaba peligrosamente hacia un precipicio. Se abría camino sonando un pito con otra nota muy especial: SSSSoooollll.... ella, era un vagón de ese tren, condenada a seguir el camino pre-establecido por los rieles, sin derecho a descansar o protestar. Su propio destino estaba irremediablemente atado al futuro del tren. Lo único que ella veía era la espalda de otro vagón y la rutina de los durmientes. Y los maquinistas impertérritos, solamente permanecían preocupados de avanzar más rápido. Despertó angustiada y decidió dejar el colegio para ir a la universidad. Allí pensó, lograría sacarse las anteojeras.

Aun era temprano y la somnolencia le hizo recordar el tesoro. Si el sentido de su vida era encontrar un tesoro, tendría que seguir excavando. Con la ayuda de su imaginación, retomó la pala y siguió cavando. A punto de darse por vencido, golpeó algo metálico. ¿El tesoro? Recogió una extraña moneda: cuando la miraba, estaba quieta; cuando no la miraba, giraba sobre si misma. Un comportamiento al menos, peculiar.

­–Soy “la otra cara de la moneda”­– le espetó – Cuando tu tomas una postura, yo tomo la otra. Porque todas las cosas son como monedas, tienen dos caras...

Extraña divagación, pero ya había amanecido y debía levantarse.

Se despojó del uniforme azul, que ya no le cabía (y reconoció que al ponérselo debió sospechar del proceso escolar) y sin embargo, modelando su reluciente piel naranja, se encaminó entusiasmada y dispuesta a aprovechar su quinto día en las aulas universitarias.

En la universidad, aprendió cosas verdaderamente asombrosas, que por una parte, corroboraron sus aprendizajes previos y por otra, le dieron un nuevo sentido a su proceso de desarrollo: las orugas tienen 6 pares de ojos: En el primer par de ojos, usan los anteojos oscuros para sobrevivir; en el segundo par de ojos, usan las anteojeras culturales para convivir; en el tercer par, usan anteojeras personales para encontrar su propio camino; No conviene sacarse los anteojos oscuros ni es posible eliminar las anteojeras culturales o personales. Pero en el cuarto par de ojos, algunas usan las anteojeras de la obediencia, que a diferencia de las anteriores, si pueden sacarse. Un aspecto fundamental para las orugas curiosas. En los otros 2 pares de ojos, las orugas no usan anteojeras. Lamentablemente, en esos ojos, las orugas son cortas de vista.

Por eso, en el quinto par de ojos, la universidad le puso unos lentes que le permitieron ver sin sesgos ni filtros: ¡los anteojos de la objetividad! El método científico que aprendió era lo que tanto estaba buscando. Finalmente la dichosa oruga podía ver objetivamente lo que antes veía manchadas de subjetividad. Su mundo se amplió y sintió que hasta entonces, había vivido dormida. Tenía nuevas herramientas. La ciencia y la tecnología, le permitirían desarrollar su pleno potencial.  Entendería como se comportaba el mecanismo del universo. Finalmente tenía las herramientas que le permitirían aprender cualquier cosa, en cualquier momento para su propio beneficio.

Decidida a comprender las ciencias de la vida, mientras almorzaba leyendo, se encontró con lo que le pareció “la mejor idea jamás pensada”, la evolución. Todo estaba en movimiento. ¡Avanzamos! Estamos inmersos en un proceso de cambio y desarrollo que progresa en el tiempo. ¡Estamos yendo a algún lado! O mejor expresado, nos estamos convirtiendo en algo distinto...

Sus anteojeras temblaron y sus certezas se redujeron. Necesitaba tiempo para reflexionar y digerir este enorme descubrimiento. Pero le hizo sentido la progresión de los colores y las notas. Cada uno(a) aportaba algo distinto    pudiendo convivir con los anteriores. También reconoció que el mundo se hacía más complejo. Por un lado anhelaba la simplicidad del pasado. Por otro lado, quería satisfacer su inagotable curiosidad.

Esa tarde se dio cuenta que sus lentes se gastaban y adquirían un extraño color mate, que se acentuaba con el tiempo. Comprendió que la verdadera objetividad era una ilusión y que los lentes estaban irremediablemente teñidos por las sombras de sus anteojeras. ¡Necesitaba mantener limpios sus lentes universitarios! Sin cuidados permanentes, la objetividad se contaminaba.

Al caer el sol, estaba leyendo en su lugar preferido, la biblioteca, rodeada de libros, cuando recibió una desagradable sorpresa. Mientras hojeaba con lujuriosa gula el libro de botánica donde aparecían los árboles y plantas más exóticos y deliciosos, descubrió el árbol donde nacen la orugas curiosas. ¡Su árbol de origen! Se trataba del árbol del conocimiento y quien comiese de sus hojas estaría irremediablemente condenado a morir en 7 días. Perpleja pero estoica, se preguntó de qué le servirían ahora los anteojos de la ciencia...

Ese quinto día aunque se hartó de conocimientos, intentando en vano encontrar un antídoto, fue infeliz. Estaba muy lejos de la tierra prometida para llegar en 2 días. Especialmente a ritmo de oruga. Afuera, comenzó una lluvia interminable...

Aquí termina el cuento para la mayoría... aquellos que son pesimistas pueden dejarlo hasta aquí. La vida a veces es así. Muchas veces parece injusta. Pudo haber terminado antes, ciertamente. A veces es efímera.

Esta historia es real. Para los incrédulos, tengo un testigo presencial. Sin evidencias sólidas, no me atrevería a contar esta historia porque aunque esconde secretos profundos, podría catalogarse de mito o ficción. Pero la misma historia fue escrita por un viejo búho, sabia ave rapaz que se deleitaba comiendo orugas. Menciono esto ahora, porque el búho comenzará a participar en la historia. Y aunque es un personaje secundario, su participación es decisiva. Si toman en cuenta que la oruga contó su vida en primera persona y por tanto habló de lo que sentía y pensaba; y que el búho la contó objetivamente desde la perspectiva de un tercero, relatando lo que ocurría, encontrarán que las versiones son estrictamente coincidentes. Y por si no lo sabían...las coincidencias no existen.

Para los curiosos seguiré el relato tal como lo cuentan las orugas del presente...

No podía dormir. Lloró desconsoladamente pero aunque los truenos acallaban sus sollozos, la aparatosa lluvia auguraba que esa sería una terrible noche oscura. El sonido de los truenos era un depresivo La, nota que supuso un empate entre el Do-Re-Mi exterior y el Fa-Sol-La interior. Las fuerzas de la naturaleza se enfrentaban en una batalla portentosa. El río comenzó a crecer...

La madurez de 5 días, le dieron a la oruga curiosa, el temple para enfrentar sus miedos. Con esa lluvia, solo le quedaba enfrentarse a sus demonios interiores: Buscó en vano a su intuición, desafió a su sombra y llamó a la moneda. Nadie respondió. Solo encontró la pala y la fosa. Frustrada y airada, comenzó a excavar frenéticamente. Un poco más y ya no podría salir. No le importó. Entonces, se topó con algo. Protegido por un paño, apareció un gigantesco libro rojo.

        ¡Es nuestra casa! –Su intuición le gritó desde arriba.

        ¡No lo abras!– sugirió la sombra.

        ¡Escaparán todas las sombras! – advirtió la moneda...

Su curiosidad pudo más. Abrió la tapa y descubrió que el libro estaba lleno de imágenes y símbolos extraños. Contenía la historia incontada de todas las orugas. Todo lo que habían vivido y aprendido estaba allí. Allí moraban todas las sombras y las monedas y las intuiciones. Era un registro de los conocimientos adquiridos por todas las generaciones. ¡Era el tesoro!

Sin importarle la lluvia exterior o el cansancio, estudió el texto hasta descubrir otra idea magnífica: todas las orugas estaban conectadas a través de la sabiduría acumulada en ese libro escondido en su interior, el inconsciente colectivo.

Se acababa la noche y seguía precipitando. Siguió buscando desesperadamente, hasta que encontró la historia de la inmortalidad. ¡Era cierto! Pero, siempre había un pero, solo era posible para quienes tuviesen puestos unos anteojos reservados para los más sabios. Los anteojos que usaban los búhos. “Pocos tienen curiosidad suficiente para ponerse estos lentes”, le confidenció el libro. Son, ¡los anteojos de las conexiones! Con ellos, usted podrá ver como las cosas están relacionadas y las consecuencias de sus actos.

Le quedaba su sexto par de ojos y sus últimos días de vida. Decidió intentarlo. El búho era malvado y sagaz, comía orugas y esperaba que estuviesen crecidas para engullirlas a la luz de la luna. El peor de los demonios alados. Vivía cerca escondido en el follaje de los pinos.

Vestida de verde, salió dispuesta a todo. Nada la hubiese preparado para lo que vio. Abajo, la crecida del río se había transformado en una espantosa inundación. No quedaban rastros de vida. El valle se había transformado en lago. Únicamente asomaban algunas copas de árboles. Cerca, pero inalcanzable, en la copa de un pino vecino, se divisaba la silueta de un monstruoso búho.

Ya no tenía tanta energía. Tampoco sabía nadar. Se deprimió y sin embargo, recordó que tendría que enfrentarse a sus miedos. Comenzó a saltar y hacerle señas al búho. Le gritó, le cantó y le bailó, hasta que... el búho emprendió el vuelo. Su corazón latía aceleradamente. El ave de rapiña voló a su alrededor y le sonrió. Tal vez no era tan malvada pensó. Se acercó ágilmente y sus potentes garras la tomaron cuidadosamente. Volaron muy lejos. La desolación provocada por el agua seguía por doquier. Llegaron a descansar a la copa de un árbol majestuoso donde el búho se posó. Allí tenía un nido. Parecía sorprendido. Su cabeza giraba en 360 grados, sin saber qué hacer. Sus lentes asomaban entre sus plumas. La oruga aprovechó un momento de descuido y se los robó.

– ¡Espérame sin moverte! – Le ordenó el búho – Debo ver hasta donde llegó el diluvio. Hoy cenaremos juntos a la luz de la luna – agregó, socarronamente y emprendió el vuelo.

Al ponerse esos lentes, la oruga se estremeció. ¡Todo estaba conectado! Y se dio cuenta que el universo era mucho más complejo de lo que jamás había imaginado. ¡Ahora comprendía! El comportamiento inescrupuloso de las orugas, comiéndose la vegetación tenía consecuencias. Catastróficas, en este caso. Comprendió que la ausencia de hojas, hizo que las hormigas emigraran y detrás de ellas, los castores. Los diques, quedaron abandonados y las lluvias terminaron de romperlos. La naturaleza buscando su propio equilibrio, reaccionó con una inundación.

El búho estaba buscando a los suyos, pero regresaría para alimentarse. ¡La cena era ella! No había nada más para comer. Horrorizada, decidió esconderse. En las ramas solo quedaban algunas hojas y el nido protegía un solitario huevo. ¡Seguro que volvería!

Desesperada, recordó que antes de morir, las orugas tejían un saco donde dormían eternamente. Prefería encerrarse prematuramente en su  sepulcro a leer su libro rojo antes que servirle de cena al búho. Igual, el tiempo se le acababa. Tejió y tejió afanosamente y estaba terminando cuando vio que el búho se aproximaba. Se zambulló adentro de su capullo y alcanzó a dar las últimas puntadas desde el interior. Sintió el aleteo del búho y sus rezongos al descubrir que su cena había escapado. Ya el sol se había puesto y el búho lloraba de impotencia con un lastimoso Siiiiii. Ese día no había dormido...y su desayuno había escapado.

La escala musical estaba completa. Con los anteojos de las relaciones aún puestos, repasó las notas y comprendió que todo era un ciclo que se repetiría armónicamente en un nivel de vibración superior. La naturaleza y la música estaban entrañablemente conectados. El crecimiento es una característica esencial de la vida. El equilibrio del organismo con el medio es efímero. Pero es una responsabilidad compartida. Somos parte de la trama de la vida y tenemos nuestro rol.

Volvió su atención sobre el libro rojo y comprendió que había cierto desequilibrio entre el desarrollo de las ciencias de la naturaleza y el desarrollo de la ciencias del espíritu. Para darle sostenibilidad a la cultura y tradiciones de las orugas, las sobrevivientes tendrían que empezar a conocerse por dentro. Lloró amargamente sabiendo que su mensaje no podía ser transmitido. Estaba encerrada y a punto de morir.

Comenzaba su séptimo día y decidió descansar, esperando lo inevitable. Ese día dejaría que su cuerpo descansara, que su mente rezara para que su espíritu la alcanzara antes de morir. No salió, pero la luz del sol que penetraba a través del capullo era filtrada de modo que su ambiente era intensamente amarillo. El día debía ser esplendoroso. 

Sintió vergüenza. Había pecado de soberbia. Vivió toda su vida, convencida de que tenía las respuestas. Repasó las diferentes etapas de su desarrollo. Los errores que cometió, se debieron a la visión que entonces tenía del mundo. Si volviera a vivir, los volvería a cometer porque veía sesgadamente. Todo resultó una falsa ilusión. Cuando encontró los anteojos adecuados, ya se había equivocado y no podía volver el tiempo atrás. Y entonces, deseó haber sido ser más humilde, más consciente y más considerada. Y reservó su últimas horas para la contemplación.

Sintió una gran paz interior, comprendió que sus errores eran inevitables. Entonces, decidió agradecer el milagro de la vida y estar en silencio.

Luego de varias horas de meditación, se acercaron: su conciencia, su intuición, su sombra y su moneda.

–¿Vienen a despedirse o a disculparse?–preguntó irónicamente.

–Venimos a pedirte que leas el último capítulo del libro rojo, antes de irte al cielo– respondieron en coro, sonriendo y casi satisfechas – Estás transformándote.

La oruga tomó el libro y leyó.

“La trascendencia solo se logra cuando la oruga integra todas las perspectivas mirando por sus 6 pares de ojos al mismo tiempo”.

Volvió a leer. ¿Sería posible que se trate de la inmortalidad que tanto buscó? Primero intentó con 2 pares de ojos. No resultaba fácil porque una perspectiva intentaba siempre imponerse. Luego de un poco de práctica, se sintió confiada y agregó el tercer par de ojos. Veía con sus anteojos oscuros, sus anteojeras personales y las culturales. Luego, escalonadamente agregó los anteojos de la obediencia, de la objetividad y las relaciones. Ahora todo se veía más claro. Los colores eran intensos, la música emocionante, los recuerdos reconfortantes y ahora, re-examinando su propia vida, su extraordinaria aventura tenía sentido. Una sensación de pertenencia y conexión con el cosmos la invadió. Y cantó...

Una silueta se acercó y atravesó el capullo.

–Soy tu espíritu– declaró – Vengo a buscarte. Te invito a un viaje incierto. A crear un mundo que evoluciona dentro de otro mundo que también evoluciona hacia un futuro enmarañado de posibilidades recíprocas. A co-crear un jardín de flores en el paraíso de las mariposas, un mundo de color turquesa– y terminó diciendo – Cierra los ojos y prepárate...

Los diferentes puntos de vista fueron cerrándose y la oruga se entregó a la incertidumbre de aceptar la invitación. Tal vez su sueño original se haría realidad, al fin y al cabo. ¿Quién sabe?

Así termina la historia y la vida de la oruga curiosa.



Veamos ahora como cuenta la misma historia, el búho:

Un día, nació una oruga. Salió del huevo, mirando hacia todos lados y con bastante dificultad. Era una oruga curiosa, quería conocer el mundo, sin siquiera haber salido de su huevo.

Comió muchas de las hojas del manzano, lo que le daría un sabor especial. Y continuó comiendo las hojas del Canelo. En pocos días, se convertiría en un delicioso manjar. Tendría que cuidarla para que sobreviviera.

Era demasiado inocente aún. En su primer día, no vio al gorrión que la contemplaba indeciso (y que yo debí espantar), ni a la ardilla que saltó sobre su diminuto cuerpo. Ni percibió los mensajes del sol, el viento o la lluvia... Sus sentidos estaban inmaduros y fue un milagro que sobreviviese en esas condiciones. Intentó conversar con un grillo, pero aun no aprendía a conversar y menos con otras especies. Durmió sola y era sonámbula.

Al día siguiente, se encontró con otras orugas, que le enseñaron a conversar. En el grupo estaba más protegida, pero era difícil distinguirla. Debió distraerla para que se separara del grupo. Se quedó dormida hablando sola.

El tercer día fue peligroso. Un zorzal quiso comérsela y de no haber sido por mi grito de advertencia, lo habría conseguido. ¡Yo la vi primero! Cualquier distracción y la comida se perdía. Preferí que se uniera al grupo. En la noche era más fácil vigilarla.

El otro día fue más sencillo. Se puso en la fila y marchó ordenadamente con el resto de las orugas. Durmió a saltos. El quinto día encontró una lupa y se distrajo con todo lo que encontraba. Ese anochecer comenzó la lluvia que provocó la gran inundación. Llovió tan torrencialmente que la perdí de vista. Durante esa noche tan oscura, el agua amenazó a la vida. Al día siguiente, no quise esperar más. La llevé al árbol de la vida y la deposité cerca del nido. No tenía donde ir, porque había agua por todos lados, pensé.

Volé hacia las cuatro direcciones para ver hasta donde llegaba la inundación. Solo vi agua y muerte infinita. Sobrecogido regresé al nido para conversar con alguien. Mi cena se había convertido en la única posible conversación. Tendría que contarle la verdad. Llegué cansada y verdaderamente arrepentida de haberla mirado solo como un alimento. Pero la oruga ya no estaba. Un saco verdoso flameaba en el tronco, a media asta, como señalando la rendición de la vida. La soledad me embargó y me puse a llorar. Estaba sola...la vida se extinguiría.

Busqué el cuerpo de la oruga por todos lados, infructuosamente durante toda la noche. Al amanecer fui a descansar al árbol de la vida y aunque ustedes no me crean, juro que escuché a la oruga cantando. Me sentí dichosa porque estaba viva. Y comprendí que ambas estábamos conectadas. Los búhos, las orugas y la vida aun tenía esperanzas.

Las orugas aprenden a volar, concluí. ¿De qué otra forma había desaparecido?

 

Así termina la versión del búho, evidencia irrefutable de la historia de la oruga curiosa. Si la leen con atención, verán que sólo son 2 perspectivas diferentes para los mismos sucesos.

Existe otras versiones que cuentan los hombres, pero está bastante distorsionada porque ellos tienen tendencia a figurar y a exagerar un poco las cosas. Tienen varias interpretaciones, pero en la mayoría de ellas, se convirtieron en personajes principales y transformaron a la oruga en una diabólica serpiente. En todo caso, todas estas historias tienen el mérito de respetar e incluso reverenciar la vida y entenderla como una aventura de aprendizaje que, vivida con integridad, debe conducirnos gradualmente hacia la trascendencia. Un mensaje maravilloso, independiente de donde venga ¿no les parece?

 

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