domingo, 8 de noviembre de 2015

La autoridad del profesor

Aristóteles propuso en su famosa “Política”, que “cualquier autoridad debe promover y defender el bienestar de todos sus subalternos”. Con esta idea, Guillermo de Ockham, un filósofo franciscano más conocido por su principio metodológico, la Navaja de Ockham, logró cuestionar el principio de autoridad.
Argumentaba que cuando la autoridad no cumplía con su tarea básica –cuidar el bienestar de todos sus subalternos– ellos, “la comunidad” tenía derecho a elegir otra autoridad en su reemplazo.
Este personaje de la Edad Media contribuyó a desarrollar las ideas fundamentales de todas las constituciones occidentales.
La autoridad desde su perspectiva, no es un derecho, es un deber. Su poder se basa en un mandato concedido temporalmente a cambio de un servicio hacia una comunidad.
La mayoría de las autoridades en nuestro país, se han comportado como si se hubiesen adjudicado un derecho y actúan sin considerar la necesidad de rendir cuentas.
Están profundamente equivocados. Ser autoridad es una responsabilidad, que no debiera generar privilegios. Todo lo contrario.
Los ciudadanos están tomando conciencia del poder que tienen al conceder autoridad. Están exigiendo el cumplimiento del deber y juzgando el comportamiento de nuestras autoridades. Este es el gran cambio cultural que estamos viendo en el siglo 21.
En un mundo cada vez más transparente, ya no se toleran los abusos. De nadie. Y no solo porque los abusos de poder ya no se pueden esconder, sino porque es una demostración de arbitrariedad, soberbia e irresponsabilidad que resulta inaceptable en la actual sociedad del conocimiento.
Cuando las autoridades no procuran el bienestar de toda su comunidad, deben ser reemplazadas. 

Cuando el presidente de la FIFA remata la sede de los mundiales para beneficio de unos pocos de sus colaboradores, debe ser condenado y arrestado. No busca el bien del fútbol.
Cuando un político sobrepone los intereses de sus financistas a los intereses del país, debe ser desaforado y juzgado. No legisla para el bien del ciudadano común.
Cuando un cura se aprovecha de la inocencia de jóvenes no debe seguir siendo representante de Dios y menos ser protegido por la Iglesia. No busca el bien para toda su congregación.
Cuando el presidente de un centro de estudios aparece involucrado en colusiones y usa el mecanismo de delación compensada, se reconoce culpable y debe renunciar porque no representa al actuar de todos los empresarios. No le hace bien al emprendimiento.

Estos ejemplos demuestran que tenemos una gran crisis de legitimidad en muchas autoridades que se han confundido en el ejercicio del poder que les fue concedido.

Donde no podemos darnos el lujo de tener crisis de autoridad es en la educación. Ser profesor es una gran responsabilidad y un enorme privilegio. Un profesor es un referente y naturalmente se convierte en autoridad relevante en una comunidad estudiantil. Una autoridad que está siendo continuamente juzgada y evaluada por la sociedad.
En consecuencia, un profesor siempre debe enfocarse en el bienestar de sus estudiantes, una tarea enorme:
Antes que nada debe cuidarlos, promover su salud y protegerlos. 
También debe ayudarlos a convivir y respetar reglas y valores.
Además debe incentivarlos a curiosear, aprender y superarse.
Más aun, debe preocuparse de identificar y desarrollar sus talentos.
Y por último, debe intentar que aprendan a ser felices.
Por eso, cuando en una comunidad escolar ustedes vean niños saludables, conviviendo respetuosamente y sin miedos, aprendiendo motivados, expresándose creativamente y sonriendo habitualmente, ustedes sabrán que allí hay profesores que son verdaderas autoridades educativas. 

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