jueves, 25 de septiembre de 2014

La meditación de la Mandarina


Un grupo de monjes budistas visitaron la facultad de educación. Eran parte del movimiento “Escuelas Despiertas”. ¡Estaban convencidos que podían cambiar el mundo, con profesores felices! Y para ayudarnos en nuestra tarea, nos enseñaron la meditación de la mandarina…
Sentados en el suelo, cada uno de nosotros tomó una mandarina y la examinó, tomando nota de la textura, los colores, la forma y el olor…
Nuestros sentidos estaban absortos en percibir detalles de la fruta. Reconocimos que provenía de la tierra y del agua. De la naturaleza. Y del trabajo de agricultores y comerciantes. Tenía su propia historia. Y esa historia estaba marcada en esa fruta. Antes había sido una flor. Y luego una mandarina pequeñita…Si íbamos a comerla, tendríamos que reconocer el proceso que la había llevado a nuestras manos. La pelamos con cuidado y al sacar la cáscara, notamos el aroma de ésta y también la delicadeza de la fruta sin su piel protectora. Era muy diferente, más vulnerable, más jugosa y más disponible. Notamos los cambios sutiles en nuestra boca y en nuestro cuerpo. Agradecimos la posibilidad de nutrirnos de esa fruta.
Sacamos un gajo, cuidadosamente y lo pusimos en nuestra boca, sin morderlo aun. Y nuestra lengua lo movió por todas partes, hasta dejarla entre nuestros dientes y lentamente lo aplastamos disfrutando el sabor del jugo y degustando la fruta con calma. Mordimos el gajo 30 veces, antes de tragarlo. Así ayudábamos a la digestión. Continuamos con otro gajo y repetimos la operación hasta que, después de una eternidad, incorporamos la fruta a nuestro cuerpo. Así hicimos nuestra la historia de aquella mandarina.
Les cuento esto, porque en el contexto educacional en que estábamos me pareció que la mandarina representaba el conocimiento que el profesor quiere regalar al estudiante. Un conocimiento que esperamos se trague inmediatamente, como si esto representase nuestra efectividad docente. Conocimiento express.
¡Qué diferencia tendríamos si al estudiante le ofrecemos el conocimiento como se nos ofreció la mandarina! Si les regalamos la historia de nuestro aprendizaje, si les permitimos percibir los detalles y le sacamos la cubierta protectora de esas ideas novedosas… Si les damos tiempo para procesar la información, si les permitimos rumiarla lentamente para facilitar su digestión y dejamos que ese nuevo conocimiento penetre en la mente con la delicadeza de quien entra a un templo sagrado.
¡Qué extraordinarios profesores seríamos!
¡Qué excepcionales alumnos tendríamos!
¡Qué asombrosos aprendizajes lograrían! 
¡Qué docentes más felices formaríamos!
¡Qué ejército más potente para cambiar el mundo!
Por eso, los invito a convertirse en profesores-mandarina.
Asi, tendríamos estudiantes despiertos, aprendizajes profundos, maestros respetados y todos aprenderíamos a vivir en el presente.

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