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jueves, 5 de mayo de 2022

Los Secretos del Escarabajo 1.1

Capítulo 1: La Vida

“La vida es una aventura educativa, impecablemente concebida por un maestro divino que opera las fuerzas invisibles del destino, esperanzado en que recorramos aquel camino sagrado que nos conduce hacia Él. Su benevolencia, sin embargo, no impide que sus recursivas lecciones se tornen progresivamente severas cuando desatendemos sus enseñanzas.”



Episodio 1: Premio a la Excelencia

“¡Se estaba honrando al mejor colegio del planeta!”

Ciudad de México, 20 de diciembre, 2015
Es el momento culmine de la Conferencia Anual de Rectores de Colegios Secundarios de los países de la OCDE y un hombre que duda está “ad portas” de recibir el premio a la excelencia pedagógica. Se trata de una ceremonia solemne en la que se reconoce públicamente a los establecimientos educacionales que han conseguido los mejores puntajes en las pruebas PISA. Los resultados de este examen -que debutan desagregados por institución-, distinguen por primera vez a la mejor institución educativa: un colegio chileno llamado “El Escarabajo”. ¡Se estaba honrando al mejor colegio secundario del planeta! El auditorio está repleto de autoridades elegantemente vestidos para la magnífica ocasión. 

    México es un país moderno. Lo refleja la decoración minimalista del recinto: paredes revestidas de madera que combinan bien con el rojo vinagre del piso alfombrado y de las cortinas del escenario; butacas azules aterciopeladas que le imprimen un sabor tradicional al ambiente. Arriba, en la oscuridad profunda del cielo falso, está la impronta de los tiempos: la iluminación inteligente que incorpora los adelantos más recientes de la vanguardia tecnológica; miles de pequeños haces de luces que se concentran donde hay más actividad, simulando una danza en el firmamento especialmente coreografiada para el ser humano. Sentados bajo esas asombrosas estrellas artificiales, en un entorno solemne pero distendido, los asistentes intercambian sus mejores sonrisas. Algunas cámaras dispersas y varios micrófonos en la testera dan cuenta de que diversos medios de comunicación están cubriendo el magno evento. 

    Cuando mencionaron al colegio ganador y el nombre de su rector, Gaspar Lamarc, aquel personaje vacilante caminó hacia el estrado mostrando cierta incomodidad, en medio de aplausos bastante más entusiastas que su andar nervioso. Se aprestaba a recibir la principal distinción a la que podía aspirar un educador: el premio equivalente al “Oscar” pedagógico para un colegio secundario. En el podio, sólo debía cumplir con la formalidad de hacer un pequeño discurso de agradecimiento. Aunque lo disimulaba bien, el galardonado no estaba contento. 

    A pesar de sus cincuenta años y algunas canas que entonces ya peinaba, Lamarc era un hombre atlético y su figura, alta y esbelta, casi quijotesca, resultaba imponente. La manifiesta palidez de su blanca piel acentuaba el intenso azul de sus formidables ojos, sin afectar su enigmático atractivo, aunque evidentemente sugería cierta contrariedad. Tenía preparadas algunas palabras para agradecer a sus colaboradores y señalar de qué forma, tanto él como su equipo, continuarían trabajando para mejorar aún más la calidad de la educación que impartían. Todo aquello, excepto sus sentimientos más profundos, de acuerdo a las directrices que recibió y a lo que la distinguida audiencia y sus propios colegas esperaban de él.  

    Mirándolo desde lejos, allá arriba del escenario se veía aparentemente tranquilo, muy bien plantado en su rol de homenajeado, vestido con un traje formal negro, zapatos relucientes, camisa blanca con colleras de plata y una versión elegante de la corbata roja con puntos negros de su colegio. Sin embargo, por dentro estaba dando una batalla moral  ¿Se atrevería a decir lo que realmente pensaba? ¿Sería políticamente correcto? ¿Debía ser diplomático o debía arriesgarse y decir lo que verdaderamente opinaba? ¿Ser o no ser consecuente? Sus dudas lo tenían agobiado. Siempre había sido una persona de principios y en esta ocasión sentía que su coherencia y honestidad estaban en juego. Mas, qué diablos, si quería ser pragmático en esta ocasión tendría que mostrarse especialmente sutil. Mal que mal, estaba representando a todos sus alumnos, a todos sus profesores y a la educación de Chile, un país que recién comenzaba a entender que podía obtener algo más que triunfos morales. Además, aceptar aquella distinción internacional entrañaba un futuro más que promisorio para él, su pequeña familia y su comunidad escolar. En caso contrario, si su temperamento, impredecible y rebelde, se imponía e incurría en alguna de sus ya célebres salidas de libreto, no sólo desafiaría todos los códigos de comportamiento de la jerarquía académica, sino que se ganaría muchos enemigos. Si bien era cierto que allí podía aprovechar el escenario para hacer activismo educacional y clamar por un cambio urgente en los valores del sistema educativo, aparte de seguir mirándose al espejo con cierto respeto, no tenía claro si algún cambio real era posible. Su decisión, finalmente, estaba tomada. Carraspeó, sacó del bolsillo interior de su chaqueta, el papel con las notas que había preparado para que no se le escapara agradecerle a alguien y lo puso sobre el estrado, convencido de que lo mejor era seguir el libreto a pesar de sus escrúpulos. Se acercó al micrófono, acomodándolo a su altura, y comenzó a leer:

    –Estimado anfitrión, distinguidísimo Ministro de Educación de México; estimado Presidente de la Asociación de Colegios Secundarios; estimados miembros del Directorio de la Asociación de Colegios Secundarios; estimadas autoridades educativas de los diversos países de la OCDE; estimados rectores; estimados educadores…

    Arrastraba cada palabra que leía, como si pronunciarlas dejara un sabor agrio en su boca. Le costaba seguir pautas y ser tan meloso. Alzó sus ojos para mirar al auditorio y respirar profundo. Necesitaba aire fresco. En ese preciso instante notó que un minúsculo escarabajo se posó sobre el discurso y lo recorrió de izquierda a derecha, como si lo estuviese leyendo. Cuando Gaspar quiso espantarlo con una cachetada instintiva, el insecto literalmente defecó sobre el papel y manchó el discurso. Luego salió volando. El orador, tras un manifiesto titubeo al reconocer aquella extraña pero significativa sincronicidad, se disculpó, dobló los apuntes y allí, frente a todos sus colegas, mostró su verdadera naturaleza: dolorosamente honesto, impredecible, escéptico, tácito, misterioso e irreverente: 

    –Un bicho acaba de cagarse en mi discurso –dijo–. No lo culpo porque ¡Era una mierda! –Tragó saliva y continuó hablando, aunque ahora estaba completamente decidido– Estas extrañas coincidencias son simbólicas. Sospecho que esta fue una recomendación de mi colegio para hablarles con honestidad. Pues bien, Lo haré… No me siento orgulloso de recibir esta distinción… Me da vergüenza… Lo reconozco hidalgamente…

    Sus pausas, que se hacían eternas, daban cuenta de que intentaba ordenar sus pensamientos.

    –Porque si nuestro objetivo como educadores es preparar mejores personas, quiere decir que estamos fracasando miserablemente. La sociedad que hemos construido está llena de personas desconfiadas, egoístas, superficiales y poco éticas ¡La humanidad está enferma! Y aunque nos cueste reconocerlo, somos los principales responsables. Todos los que somos educadores lo sabemos muy bien.

    Dejó que los oyentes asimilaran sus palabras y continuó.

    –Ahora, si nuestra misión es preparar a los jóvenes para enfrentar el futuro con éxito, entonces nuestro fracaso es más evidente aun ¡El modelo educativo que usamos está obsoleto, añejo, oxidado! El avance de la ciencia y la tecnología es demasiado vertiginoso ¡El futuro es inimaginable! Estamos en un punto de inflexión. Debiéramos preparar a esta generación para el cambio acelerado, para evolucionar, para reinventarse permanentemente, para aceptar la incertidumbre como una oportunidad, sin llenarlos de rancias certezas que obstaculicen su desarrollo.

    Recorrió el auditorio con la mirada y reconoció el asombro –esa encantadora emoción que le placía provocar– dibujado en los rostros de sus colegas. 

    –Hace tiempo que sospecho que la educación actúa como la cicuta, el veneno socrático. Administrada superficialmente distorsiona la realidad. En pequeñísimas dosis puede quitarnos el dolor. Incluso hasta puede paralizarnos antes de que fallezcamos casi sin darnos cuenta. Es una engañosa toxina disfrazada de información. Acabará con nosotros. No estoy exagerando. 

    El asombro en el auditorio se había transformado en cierta incredulidad. Las palabras que pronunciaba el rector eran disonantes con la situación. El ambiente de celebración que prevalecía apenas unos minutos antes, se había enrarecido abruptamente. 

    –Porque ya nos convirtió en seres ingenuos e irresponsables, anestesiados y paralogizados. Mientras tanto, nuestro planeta se queja con toda razón de un abuso inaceptable. La Tierra, mas temprano que tarde, nos va a castigar por habernos trasformado en depredadores insaciables. Y puesto que el respeto por la naturaleza se inculca desde la infancia, obviamente en esta materia también estamos reprobando. Francamente, así como vamos, no somos sustentables.

    El cambio climático era un tema que ya se había tocado en la conferencia. Había poco que agregar, de modo que Gaspar prosiguió con otra arista más relevante para él:

    –Por otra parte, mientras el mundo se hace cada vez más pequeño, las comunicaciones se aceleran y la conectividad aumenta, el encuentro intercultural es cada vez mayor. A diario nos encontramos con gente muy distinta de lugares remotos y extraños. De credos que nos parecen extravagantes ¿Y entonces? Pues ¡Tenemos que aprender a convivir! ¡A respetar la diversidad, para no terminar aniquilándonos! Hay que ampliar el concepto de familia, acogiendo e incluyendo al que es diferente. Incorporando a todos porque… en la diversidad está nuestra fuerza ¿Y qué hace la educación? ¡Todo lo contrario! Homogeniza; uniforma; estandariza ¡Vaya contradicción! 

    Algunas de las autoridades en primera fila se movían nerviosas y cuchicheaban entre ellos intentando decidir cómo reaccionar. Alguien desde atrás se acercó al ministro mexicano, que se veía notoriamente contrariado, suplicando una intervención. El organizador de la conferencia, se levantó de su asiento y lo miró desafiante, como exigiéndole que se detuviera. Gaspar supo que lo interrumpirían en breve y por eso se apuró.

    –Y no menos importante. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando tenemos acceso instantáneo a una descomunal cantidad de información, en gran medida, al conocimiento acumulado por toda la civilización humana en su historia reciente; cuando tenemos la posibilidad, como nunca antes, de utilizar métodos colectivos de aprendizaje y modelos colaborativos, el egoísmo se impone astutamente, atrincherándose en nuestros contenidos, camuflado por las sombras de nuestra educación. Hablo del individualismo que hemos exacerbado en nuestros colegios. 

    Gaspar entendía que se le agotaba el tiempo. Tenía tantas otras razones para explicar por qué la educación estaba confundida, que literalmente se atragantaba. En las caras del auditorio advirtió que no había sorpresa alguna; nada de lo que él dijo era en realidad algo novedoso. En aquellas facciones percibió ansiedad. Especialmente en los profesores. En una ocasión que debía ser impecable, Gaspar se había atrevido a levantar la alfombra y la inmundicia acumulada estaba a la vista. Parecían dinosaurios que, embelesados con el espectáculo de un meteorito cursando el cielo, repentinamente toman conciencia de que el impacto con la Tierra es inminente. Seres que se saben condenados a la extinción. Entonces el orador se conmovió e intentó suavizar sus palabras.

    –No debiera hablar por los demás, aunque sospecho que a muchos educadores les pasa lo mismo que a mí. Me siento frustrado y desengañado. Sé que no estamos educando bien y penosamente tampoco tengo la solución. Antes formábamos jóvenes obedientes y muy luego vimos que eso era peligroso cuando sus líderes carecían de autoridad moral. Ahora, formamos jóvenes eficientes que pronto serán superados por la tecnología. Debemos cambiar la forma de educar y la gran pregunta es: ¿Cómo hacerlo? Quién sabe… Pues bien, al menos yo rogaré por intervención divina para conseguir inspiración.

    En un gesto histriónico, juntó sus manos y miró hacia aquel firmamento artificial de luces inteligentes en el techo, como si estuviese rezando. Un silencio curioso envolvió el ambiente y las luces titilaron. Esta última frase y el gesto místico le pesarían al rector. Después, mucho tiempo después, la reconocería como una potente plegaria que lamentablemente fue escuchada por el Universo y que torció abruptamente su destino.  En ese instante mágico, no le dio mucha importancia. Sólo pretendía que sus colegas lo comprendieran. 

    –Confieso que he sido bastante hipócrita. Comencé, como la mayoría de los profesores, educando entusiasmado, sintiéndome privilegiado y realizado. Reconozco que al cabo de muy pocos años de ejercicio profesional traicioné mi genuina vocación y renuncié a la idea de mejorar el mundo. El sistema me obnubiló y pronto sólo anhelé que a mis estudiantes les fuera bien en sus exámenes. Los preparé para conseguir buenas evaluaciones y, en ese acto irreverente, considero que dejé de educarlos. Creo que mi culpa amainó gracias a resultados académicos que parecían prometedores y especialmente por el reconocimiento transversal que esas cifras provocaban. Ahora comprendo que los guarismos pueden ser eximios embusteros. Además, conseguir que los alumnos obtuvieran mejores calificaciones era más fácil que educarlos bien. Mi sentimiento de culpabilidad debía estar equivocado, razoné. Mi ego estaba satisfecho y los apoderados también. Así fue como al dejar el aula y comenzar a dirigir, exigí que todos los profesores prepararan a sus estudiantes para que aprendieran a distinguir las respuestas correctas, sin comprender que estábamos haciendo preguntas capciosas. Mientras tanto, yo sentía que mi corazón y, lo que es peor, la mente de mis estudiantes, se encogía.

    A estas alturas, Gaspar Lamarc, que estaba visiblemente atormentado por las obvias consecuencias de su inconveniente incontinencia verbal, sólo quería marcharse y desaparecer. Extrañamente, algo se lo impedía. Tal vez le quedaban aún destellos de honestidad intelectual que prefería articular. 

    –Los resultados que han otorgado al colegio que represento, el primer lugar en aprendizaje, son mi peor pecado. Demuestran que dejé de educarlos y por eso pido perdón. No puedo aceptar el premio ¡Discúlpenme!

    Las luces de los flashes lo trajeron de vuelta a la realidad ¿Qué había hecho? ¿Cómo se había atrevido? ¿Lo perdonarían sus estudiantes? ¿Y la institución? Sin respuestas satisfactorias, Gaspar supo en ese instante que volvería a su colegio sólo para renunciar a su cargo. A pesar de eso, quiso dejar un último mensaje: 

    –¡Muera la educación fragmentada e industrializada! –sentenció. Y comenzó a bajar del escenario, justo cuando el organizador seguido de algunas autoridades subían a interrumpirlo. Por eso casi nadie pudo escuchar sus últimas palabras, literalmente masculladas. 

    Su voz ya no alcanzaba el micrófono, aunque la última frase que dijo pareció otra invocación dirigida al cosmos.

    –Confío en la fuerza del amor para ayudarnos a reinventar la educación.

    Un silencioso auditorio, atónito y semi-aturdido por la bofetada que les había propinado el insólito protagonista, no sabía cómo reaccionar. Se escucharon algunos silbidos y rechiflas. Y también algunos descoordinados aplausos. Tímidos al principio, aunque pronto comenzaron a aumentar. El ambiente se volvió caótico. Confusión total. Gaspar aprovechó el desconcierto para escabullirse, aunque oyó que más de alguien gritó su nombre. Sin mirar atrás se apuró para intentar llegar al hotel, sacar sus maletas y pagar las cuentas antes de que volvieran sus colegas. Quién sabe qué pasaría con el cóctel que seguía después de la premiación. Estaba seguro de que no duraría mucho, así es que tendría que apurarse.

    El hotel en que se alojaba estaba a la vuelta de la esquina. Cubrió el trecho con zancadas apresuradas y subió a su habitación usando el ascensor. Empacó inmediatamente y bajó a hacer el “checkout”. Apenas estuvo listo se percató de que un periodista lo buscaba en el mesón de recepción del hotel. 

    Justo a tiempo –pensó- y subrepticiamente, decidió salir por la puerta de servicio, subió a un taxi y se dirigió al aeropuerto para tomar el primer vuelo comercial hacia Santiago de Chile. Allí se dio cuenta que tendría que esperar demasiado y en su impaciencia sacó un pasaje a Lima con escala en Bogotá, en un vuelo “bajo costo” que partía en unos minutos. Prefería hacer un par de pequeñas escalas antes que seguir esperando allí. Aunque su futuro era incierto, curiosamente ya se sentía mejor. Más aliviado. Se había sacado un enorme peso de encima. Había cometido un exabrupto, pero era lo correcto. Y su cuerpo lo agradecía. Hacía bastante tiempo que le costaba respirar en momentos de tensión. Ahora sus pulmones funcionaban a plena capacidad. Lo único que deseaba era llegar pronto a Chile para renunciar al cargo de rector, dejar la educación y comenzar otra actividad. Ni siquiera le importaba su edad. Quería dar vuelta la página y comenzar de nuevo. Todavía ese educador fugitivo no comprendía que no se podía huir del destino que él mismo había fraguado. Y el suyo quedó forjado por esa plegaria salida del corazón. Aquel instante mágico cuando juntó sus manos, miró al cielo y conmovido, rogó por encontrar inspiración divina para mejorar la educación.

martes, 12 de abril de 2022

Tercera Parte del Escarabajo.

He terminado la tercera parte de la trilogía: Otros Secretos del Escarabajo. Ya está publicada y disponible por Amazon. com. Los que se interesen pueden encargar el libro abriendo la pestaña "página del autor" de este blog. Espero que los que la encarguen, la disfruten y la aprovechen para expandir sus horizontes. En la portada, se insinúa un corazón enredado en el cable de un "mouse", puesto que el tema principal es la relación del ser humano con la tecnología. Tal vez el principal desafío existencial que enfrenta nuestra especie. 

Sin perjuicio de lo anterior, les comento que he decidido publicar semanalmente todos los capítulos de la Primera Parte (Los secretos del Escarabajo) en este blog. Así, ustedes podrán entretenerse con las insólitas aventuras de los personajes principales que sufren todo tipo de peripecias en torno a un colegio de excelencia. Además, podrán hacer comentarios y dejar sus impresiones o aclarar dudas directamente con el autor. Tendremos entonces la posibilidad de leer juntos, aunque sea virtualmente, la novela y al mismo tiempo, enriquecer la lectura con sus aportes y comentarios. 

Quisiera agregar que durante los años que me ha tomado escribir esta novela de más de mil páginas, no solo he disfrutado muchísimo, sino que he crecido demasiado en el proceso. Nunca me imaginé las repercusiones que estas tres novelas provocarían en mi vida. Todas positivas. Terminar un libro es tan enriquecedor que no puedo sino animarlos a todos ustedes a escribir y publicar su propia novela. Dejen volar la imaginación y acepten el desafío. En la web encontrarán consejos y directrices para hacerlo. No es tan difícil. ¡Atrévanse!

viernes, 4 de marzo de 2022

La generación desobediente

Muchos de los que ya somos adultos hace tiempo y acumulamos demasiados recuerdos, aquellos que nacimos en la segunda mitad del siglo XXI, nos encontramos estupefactos, desconcertados y algunos tal vez, incluso molestos. No entendemos la transformación que está viviendo la sociedad. Es que nuestra generación fue educada para obedecer. Y en ese entonces, era lógico, puesto que después de las grandes guerras mundiales, las naciones necesitaban soldados que respetaran la autoridad, las empresas requerían empleados cumplidores y las industrias requerían obreros sumisos. La gran tarea era colectiva: reconstruir las naciones y las economías, desarrollarnos y progresar. Y entonces, los colegios forjaron nuestro carácter usando más el garrote que la zanahoria. Sufrimos una educación rigurosa donde la autoridad del profesor era incuestionable y el miedo la emoción predominante. 

A pesar de eso, también tuvimos nuestra propia "revolución de las flores", que fue aplacada por las promesas del consumo infinito y/o derechamente por gobiernos autoritarios y dictaduras.  Incluso los más hippies aprendimos finalmente a obedecer (por la razón o la fuerza). Nos insertamos en una sociedad que luchaba contra la escasez; viviendo en forma austera en una estructura social profundamente jerárquica y por lo tanto, trabajamos duro para progresar. 

Llegamos a sentirnos orgullosos de poder brindar a nuestros hijos, mayores comodidades que las que nosotros jamás tuvimos, incluso sobrepasando las que en nuestros arrebatos de optimismo, osamos imaginar. Nos integramos al sistema económico y les construimos, con sangre, sudor y lágrimas, un mundo de abundancia. Nuestros sueños materiales, poco a poco, se fueron convirtiendo en realidad y nuestros hijos gozaron de los frutos de nuestros esfuerzos. Apoyados por los progresos científico-tecnológicos, les entregamos un mundo cómodo y eficiente. Siguiendo los consejos del Dr. Spock, protegimos a nuestros hijos de las exigencias educativas desmesuradas, relativizamos sus deberes y enfatizamos sus derechos. No les fijamos límites. No queríamos traumarlos. 

Recién ahora nos estamos dando cuenta que produjimos a una generación desobediente. Una generación que no tiene miedos, que lucha por sus derechos y quiere cambiar el mundo que les heredamos. Nos sacan en cara las consecuencias de nuestra inconsciencia. Tal vez sea necesario, porque según ellos, íbamos rumbo al despeñadero. En este momento, el futuro de nuestro país depende de esta generación rebelde. Se lo han tomado, protestando, luchando por causas postergadas y ahora deben gobernarlo. Controlan la Convención Constituyente y propondrán una Constitución que cambiará el rumbo de la nación. Ahora acaban de aprobar el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y de los animales. Y eso implica que respetan la Vida, en cualquiera de sus expresiones. Esto me basta para ver una luz de esperanza al final del túnel. 


Veo a mis coetáneos temblar ante sus propuestas y no los culpo. Supongo que siguen siendo dominados por el miedo. Aunque a estas alturas de la vida, tal vez deberíamos ser más osados, atrevernos a pensar distinto y recurrir a nuestro derecho a cambiar de opinión. Reconozco que mis creencias no son tan rígidas como antaño y eso me ha hecho más flexible. Me doy cuenta de los errores que cometí. Tomo consciencia de mi inconsciencia. 

Agradezco a la generación desobediente sus cuestionamientos y estoy dispuesto a darles el beneficio de la duda. En una de esas, son una mejor versión que nosotros, como todos esperamos de nuestro hijos y nietos.


A nivel planetario me parece que sucede algo similar. La generación desobediente está intentando corregir a sus padres. Por ejemplo, Ucrania desobedece a Rusia al acercarse a occidente, arriesgándose una guerra de consecuencias impredecibles. Y han demostrado su disposición a defenderse con gran heroísmo, utilizando una estrategia comunicacional que ha colocado al resto del mundo a su favor. He leído muchas interpretaciones acerca de las razones del conflicto pero sin ser experto en estas materias, me parece que se parece mucho a un castigo paternal hacia un hijo que elige ser desobediente. Los viejos tienen miedo de cambiar. Los jóvenes no. Y si hay algo que aprendemos de la naturaleza, es que el cambio es inevitable. Al final e independiente del resultado final, creo que las guerras han demostrado que las armas no ayudan a la solución a los conflictos. Esa es la lección que hace tiempo debimos aprender. Y si esta generación es mejor que la de sus padres, tal vez nuestros nietos agradezcan a sus padres haber sido desobedientes. 

martes, 24 de noviembre de 2020

Conciencia Planetaria

Los acontecimientos globales revelan que la humanidad está expandiendo su conciencia. Con cierta perplejidad, nos estamos dando cuenta de los errores que hemos cometido en el pasado. En todas partes vemos síntomas de un insondable cambio de cosmovisión –de dimensiones copernicanas–, liderado por las nuevas generaciones, que se rebelan frente al mundo tóxico que han heredado. El paradigma dominante está cambiando a gran velocidad. Sin embargo, en lugar de tener miedo, debiéramos estar esperanzados. Claro que se trata de un proceso inquietante, puesto que cambiarán nuestros valores y creencias. Y si somos optimistas, engendrará una mejor forma de relacionarnos tanto con el prójimo como con la naturaleza. Creemos que el ser humano está evolucionando hacia una conciencia planetaria. 


El caos que genera esta expansión de conciencia aunque nos incomode, demuestra que como especie, seguimos evolucionando. Los más jóvenes, horrorizados por la violencia del siglo XX y desilusionados de las ideologías tanto de derecha como de izquierda, reclaman un cambio de cosmovisión y una nueva forma de relacionarse con el prójimo y la naturaleza. Cuentan con la ayuda de la tecnología y la ciencia de vanguardia y están mejor adaptados al vértigo de la transformación. Los más viejos temblamos. Atrapados en estrategias mentales obsoletas, nos esforzamos por liberarnos de nuestros viejos prejuicios. Con estupor, nos damos cuenta de que hemos vivido como gigantes egoístas y que tanto la ilusión del individualismo como la tentación del materialismo nos han desorientado. Recién comprendemos que en alguna parte equivocamos el rumbo y que ahora estamos perdidos. 

Los seres humanos anhelamos encontrar la sabiduría para desarrollar esa perspectiva superior, ese nuevo nivel de conciencia donde los límites se diluyen. Cuando lleguemos allí, comprenderemos que todos los humanos estamos unidos. Que viajamos hacia un destino común. Que tenemos una enorme responsabilidad compartida con la vida en la Tierra. Recién entonces reconoceremos que nuestras diferencias no nos dividen, nos fortalecen. Somos mucho más que individuos. Somos terrícolas, haciéndonos conscientes del milagro de la vida.
Intuyo que pronto aprenderemos a convivir en armonía, desarrollaremos más empatía y trascenderemos las batallas ideológicas. Dejaremos atrás la corrupción y los abusos de poder. Negaremos la superioridad de las elites y rechazaremos las visiones fundamentalistas. Nadie se creerá dueño de la verdad, porque reconoceremos el valor de la diversidad de nuestras experiencias. Tendremos mentes flexibles, conductas respetuosas y recuperaremos nuestra dignidad. Ya no como individuos, sino como especie. Actuaremos como los mosqueteros: ¡Todos para uno y uno para todos!

Esta nueva identidad colectiva nos ayudará a conocernos mejor y a darle un sentido más profundo a nuestras vidas. Somos la Humanidad, guardianes de la vida en la Tierra. Por primera vez, seremos conscientes de estar construyendo un hogar para todas las especies que habitan la biosfera. Todos juntos hermanados en la aventura más emocionante del siglo XXI: ser testigos del big bang de alcanzar consciencia planetaria.


viernes, 27 de marzo de 2020

La Vida se está defendiendo...

¡La Tierra está viva!
Algunos piensan que esta afirmación no es literal. Pueden tener razón, el planeta no parece ser un organismo viviente. Sin embargo, yo sospecho que hay mucho de cierto en ella. La llamada hipótesis Gaia fue propuesta por James Lovelock en 1969, al sugerir que la biosfera regula las condiciones químicas del planeta en una especie de homeostasis que lo hace apto para el florecimiento de la vida. 

La ciencia tradicional no acepta aun que la Tierra es un organismo vivo, pero cada día hay más científicos que piensan que en nuestro planeta, desde que se dieron las condiciones para que surgiera la vida, la propia vida fue gradualmente asumiendo el control del equilibrio químico del entorno para hacerlo más fecundo. 

Aceptemos que decir que la Tierra está viva es una metáfora. En esa misma línea, quisiera proponer lo siguiente: 
¡La Vida está viva!
Tal vez esta declaración sea más aceptable. Y no se trata de un oximorón. Se trata de una intuición profunda...
Estoy convencido de que la vida actúa como un macroorganismo que co-evoluciona con el medioambiente buscando generar vida más compleja. Creo que la Vida existe como un ser colectivo. Buscando perfeccionarse. La Naturaleza y la Tierra interactúan para mantener un equilibrio fértil explorando múltiples posibilidades de engendrar más vida. Son socias evolutivas regando el árbol de la vida...

Supongamos entonces que la Vida es un enorme macroorganismo, compuesto por todos los seres vivos del planeta. Todo lo viviente, desde las bacterias pasando por las plantas y todos los animales hasta los humanos, somos parte de este gigantesco organismo que busca perpetuarse. Y cada uno de los seres vivientes debe cumplir una función individual y otra colectiva para contribuir a la gran aventura de perfeccionamiento vital en que estamos inmersos.
No es difícil de imaginar. Cada persona ya es un macroorganismo, compuesta por cientos de billones de bacterias y virus, miles de millones de hongos y caros, cada uno con miles de especies diferentes que habitan en nuestro cuerpo cuya enorme mayoría es beneficiosa para la salud. Tenemos también billones de células y neuronas que se especializan en diferentes tareas con el fin de lograr el equilibrio homeostático que nos permite vivir. 
Podemos entonces imaginar que somos células humanas del gran macroorganismo de la Vida que habita en la Tierra, donde convivimos con trillones de otros seres con los que tenemos una asociación simbiótica que nos permite mantener la hospitalidad del planeta. Creemos que somos seres independientes y que poseemos libre albedrío, sin tomar consciencia de que nuestra obligación colectiva más fundamental es cuidar de nuestro hogar común. La Vida es altruista y busca maximizar el bien común. 

Este ha sido el gran error humano: el hombre es egoísta y pretende maximizar su propio bienestar. 

Así como nosotros mismos tenemos un sistema inmunológico que combate los organismos antes de que nos causen daños irreversibles, la Vida también parece tener un poderoso ejército interno que la protege de los patógenos más perversos. 

Si la Vida fuese un enorme macroorganismo, se defendería furiosamente contra el ser humano por ser la principal amenaza para su supervivencia. Y eso pareciera que es lo que está ocurriendo. Hemos provocado fiebre en su cuerpo y las primeras tropas han sido enviadas para controlar el daño provocado por la humanidad. El Coronavirus es una reacción defensiva de la Vida. Ataca a las células egoístas e inmaduras. Pero es benigna: ataca a los más viejos y rígidos, dando una oportunidad de cambio a los más jóvenes y flexibles. 
Esta primera reacción defensiva nos da la oportunidad de comprender que tenemos una responsabilidad mayor que nuestro bienestar individual y permitirnos cambiar de comportamiento para contribuir colectivamente a su salud. Necesitamos madurar. Debemos aprovechar esta oportunidad para reconocer que somos parte interesada en la salud de la Vida e intentar disminuir el impacto de nuestras actividades en el clima. 


Es bien probable que esta vez no aprendamos la lección, porque somos demasiado soberbios y entonces estaríamos expuestos a una segunda reacción defensiva de la Vida. Tendríamos entonces una verdadera pandemia que pretendería eliminarnos definitivamente. Extinguirnos. 


La Vida se está defendiendo del daño que le estamos haciendo. Y seguirá haciéndolo si no cambiamos de manera de pensar. Necesitamos una masa crítica de personas de buena voluntad que presione para que el ser humano respete la vida en cualquiera de sus expresiones y recuperemos el sentido ecológico de saber que todos los seres vivientes estamos conectados, intrínsecamente conectados. Necesitamos cuidar y proteger la vida. Amarla y respetarla. Divinizarla. La Vida es sagrada.

Cada especie animal es un experimento de la Vida para perfeccionarse. El ser humano ha sido una experiencia interesante pero peligrosa. Parece ser una apuesta fallida que hay que terminar. 
¡La Vida se está defendiendo de nosotros!
¿No les parece aterrador?


martes, 10 de diciembre de 2019

La inteligencia se puede aumentar

La educación tradicional está en crisis en el mundo entero porque fue diseñada en base a premisas falsas. Muchas. Tantas que no hay suficiente espacio en esta tribuna para exponerlas. Nos concentraremos por tanto, en algunos de los mitos más significativos: los que dicen relación con ideas obsoletas respecto del cerebro humano, que afortunadamente la neurociencia se ha encargado de desmentir.
En efecto, la idea de que el cerebro humano funcionaba como un recipiente que podía recibir y guardar diferentes contenidos dio lugar a una educación memorizante, diseñada buscando eficiencia industrial, como si el proceso formativo óptimo fuese seguir la ruta de una línea de producción, agregando al recipiente, contenidos estandarizados para obtener al final del proceso, cerebros dotados de similar capacidad para procesar información.
En esta errónea idea (predominante hace un par de siglos o más, cuando se diseñaron los sistemas educativos tradicionales), dio origen a la división del proceso educativo en diversas disciplinas, algunas más importantes que otras, al currículo nacional y a la proliferación de las pruebas de alternativas. Estos engendros bajaron la calidad educativa en forma dramática y algunas de estas ideas aunque añejas, se perpetúan por la estructura conservadora del sistema educativo. Nada es más difícil que cuestionar creencias profundamente arraigadas. Por eso, cambiar estas premisas obsoletas resulta un desafío tan urgente como complicado. 
Hoy sabemos que el cerebro humano es muchísimo más complejo de lo que jamás imaginamos. Es, tal vez, la estructura más compleja del Universo. Por eso usaré algunas metáforas que pretenden describir de mejor manera como funciona esta joya evolutiva que tenemos los humanos. Y advierto desde ya, que toda metáfora es peligrosa, limitada y reduccionista y solo la usamos con finas didácticos para ilustrar el problema. 

Hoy sabemos que el cerebro humano se parece más a una antena receptora-transmisora que se está continuamente perfeccionando. Una antena que puede transmitir y recibir simultáneamente. Con la tendencia natural a sintonizar con la información que le resulta interesante o relevante. Y al mismo tiempo, reaccionar al estímulo que está percibiendo, descartándolo por irrelevante o poniéndole más atención para procesarla mejor (tal como escogemos música al recorrer el dial).

Las implicancias del cambio de metáfora cerebral, desde el recipiente vacío que se llena con los conocimientos del profesor, a la antena bidireccional que selecciona la información que es relevante en ese instante, tiene enormes implicaciones. Por ejemplo: 

  • El ambiente emocional del aula es de primordial importancia.
  • Si el contenido no le es relevante, no será procesado por el estudiante.
  • El interés del estudiante debe primar en la materia que se trata. 
  • El aprendizaje es consecuencia de la relevancia de la materia para el alumno.
No es la única metáfora que podemos aplicar al cerebro humano con los conocimientos de vanguardia que nos brinda la neurociencia:
También podemos hacer una analogía entre un cerebro y un músculo. Así como podemos entrenar al músculo para que adquiera más fuerza o flexibilidad, según el ejercicio que hagamos; también podemos entrenar al cerebro para que sea más poderoso al procesar información, especializándolo en resolver un tipo de problemas; o podemos prepararlo para resolver situaciones inéditas y así, darle flexibilidad. La estructura neuronal del cerebro está continuamente evolucionando. Adaptándose al uso que se le da. Al igual que un músculo, el funcionamiento óptimo del cerebro está dado por un equilibrio entre su eficiencia para procesar información y su flexibilidad para adaptarse a nuevas circunstancias. 

Las implicancias de esta analogía, nos permite corregir la idea de que la estructura neuronal queda definida en la infancia y que la inteligencia es una característica de una persona. No es así:

  • El cerebro es plástico. Siempre está adaptándose a la circunstancias. 
  • La capacidad para resolver problemas se puede entrenar. 
  • La creatividad también. 
  • La inteligencia siempre se puede mejorar y esa es la principal tarea de un profesor.
Estoy convencido de que si los profesores se tomaran en serio los avances de las ciencias cognitivas, hace rato que habríamos reformado el sistema educacional, tendríamos educación personalizada, mejores aprendizajes y estudiantes más realizados. Solo así, daríamos un salto cuántico hacia la calidad educativa. 

Pues bien, si hubiese que escoger solo una de las nuevas premisas para rediseñar la alicaída educación, yo comenzaría con la última: La misión del profesor es aumentar la inteligencia de sus estudiantes. Desde allí, se puede construir una nueva educación, con el gran propósito de mejorar la capacidad del ser humano para resolver problemas complejos. 

jueves, 21 de noviembre de 2019

La obsolescencia del paradigma científico



Las manifestaciones espontáneas que se están generando en el mundo entero, en mi opinión, no son actos conspirativos provocados por "agentes del mal". Considero que esa interpretación de los hechos es comprensible, pero resulta parcial e incompleta. En cambio, las protestas me parecen expresiones de profunda incomodidad y franca rebeldía frente al paradigma "científico", predominante en la modernidad. Estamos viviendo una crisis existencial y por tanto, son ataques a una cosmovisión poderosa pero inconsistente, fragmentada y obsoleta, que si bien ha generado un progreso económico indiscutible, también ha producido costos crecientes que no la hacen sustentable en el mediano plazo. En esta nueva era hiperconectada, en este mundo impulsado por la inteligencia artificial, los problemas que enfrentamos (que son muchos y en diversas áreas) no se pueden resolver con un pensamiento fragmentado o lineal. ¡La humanidad necesita una nueva forma de pensar! 

Las manifestaciones son el grito destemplado detrás de la violencia desatada por los encapuchados que no tienen nada que perder en una sociedad que ya los condenó; esa es la queja desgarradora detrás del castigo a las cacerolas vacías; ese es el ritmo al que marchan los desilusionados por la politiquería; ese el el foco de los incendios, los saqueos y también el origen del caos social. Es la única forma de castigar a todos políticos por su  irresponsabilidad. No justifico los actos vandálicos. En ningún caso. La violencia no resuelve problemas. Pero si escuchamos correctamente el clamor popular, con verdaderas ganas de entender qué demonios está pasando, debemos concluir que necesitamos cambiar nuestras premisas. Nuestras creencias más básicas están añejas, obsoletas. Si escuchamos bien, estas protestas son un llamado a cambiar de paradigma.  Un protesta ante la ceguera de las autoridades. Todas ellas. Porque todos estamos bastante ciegos.
Por cierto, no es la primera vez que hemos vivido épocas de ceguera colectiva...
Esto ha ocurrido con anterioridad.

Las protestas que hoy están desafiando al poder político son similares a las que provocaron el colapso del paradigma religioso (mítico) y que impusieron el paradigma científico (moderno) que hoy se cuestiona. Demasiado parecidas para mi gusto, lo que demuestra que hemos tropezado con la misma piedra varias veces. Veamos...

Hace más de 500 años, Martín Lutero, desafió al poder religioso de la iglesia católica (que perdonaba pecados a cambio de donaciones) e inició la revolución protestante pidiendo gratuidad para la salvación. Los protestantes no necesitaban a la iglesia como mediadora ante Dios. Su conciencia individual era la única autoridad moral válida. Se guiaban por la biblia y consiguían la salvación mediante una ética de trabajo impecable. De ahí nacieron  el individualismo, los empresarios y el capitalismo. Desde entonces, la religión comienza a perder poder y se plantan las semillas del individualismo y la revolución industrial. 

Paralelamente, Nicolás Copérnico sugirió que todo era una ilusión, dudó de nuestros sentidos, y también desafió a la teología y al sentido común. Probó matemáticamente que el Sol no giraba alrededor de la Tierra, sino que la Tierra giraba alrededor del Sol. El ser humano dejó de confiar en sus sentidos y dejó de ser el motivo de la Creación y el centro del Universo...

Luego, Galileo Galilei sentó las bases del método científico experimental buscando lograr total objetividad y fue pionero de la revolución científica del Renacimiento. Postuló que la materia es inerte y que el Universo está muerto. No tiene alma ni sentido. Y así, nos convirtió, sin querer, en individuos aislados, viviendo en un mundo totalmente indiferente.  

En aquella misma época, René Descartes un escéptico que desafió el pensamiento y  la autoridad predominante en la búsqueda de certezas absolutas (considerado el padre de la filosofía moderna), separa el mundo en 2 naturalezas diferentes: el mundo de la materia o del cuerpo que podía comprenderse con certezas a través de la razón y la ciencia; y el mundo del alma que debía analizarse a través de la fe y la religión. Desde entonces ciencia y espiritualidad siguieron caminos separados. Uno fortaleciéndose y otro debilitándose.

En estos 4 gigantes intelectuales de la Humanidad descansa el paradigma científico y  en su enorme influencia se explica la actual cultura occidental: individualista, materialista, escéptica y fragmentada en que vivimos desde el siglo XVII. Pues ahora, recién después de cientos de años, es evidente que las generaciones más jóvenes, están rechazando de plano estas viejas premisas:

a) El individualismo exagerado es demasiado peligroso si no consideran las consecuencias sobre el prójimo ni sobre la naturaleza, ni la responsabilidad ética de nuestros actos. El hombre egoísta y codicioso termina acumulando posesiones, alienándose de su entorno y siendo la principal causa de su propia extinción. Por eso, muchos jóvenes nos están juzgando. Les heredaremos una sociedad y un planeta enfermos. Para ellos, es evidente que todo está conectado, que nuestra identidad es colectiva. No estamos aislados. Nuestros destinos están inexorablemente unidos. Porque somos seres sociales y vivimos en comunidad, nos une un hilo que está demasiado tenso. 

b) El materialismo exacerbado deja fuera un aspecto fundamental del ser humano. Tenemos una dimensión espiritual atrofiada que debemos recuperar si queremos encontrarle sentido a la vida. Saber quienes somos y hacia adonde vamos, es un imperativo ético que no podemos soslayar. En efecto, ahora somos responsables de la dirección evolutiva del planeta y tenemos que asumir esa responsabilidad. Pero lo más importante es que la solución a la crisis social que vivimos no está en lo exclusivamente material. Debemos recuperar y ampliar el sentido de familia y aspirar a una existencia basada en bienes no materiales. 

c) Es por eso, que la ciencia occidental debe incorporar lo inmaterial en su quehacer, para buscar una explicación a los fenómenos mentales y en especial, a la conciencia.  Tal vez es aquí, donde la cultura oriental, que lleva miles de años estudiando y desarrollando las ciencias de la mente, puede ayudarnos a encontrar la paz y el bienestar que tanto necesitamos. Me parece que por eso los jóvenes están interesados en la meditación, el yoga y los estados alterados de conciencia. La mente tiene facultades que en occidente, no estamos usando. En alguna parte de nuestro inconsciente colectivo, reconocemos la falta de una parte esencial de nuestra naturaleza humana: el desarrollo de una mente sana. 

d) La fragmentación, propia del método científico e inculcada en la educación desde la primera infancia, no nos ha permitido desarrollar visión sistémica, pensamiento complejo, ni análisis holístico de  los  problemas que enfrentamos y explica una multiplicidad de problemas de convivencia causados por visiones que pueden haber sido bien intencionadas, pero han resultados parciales y miopes. Tal vez por eso, la democracia representativa ha fracasado. El mundo hiperconectado del siglo XXI necesita humanos y en especial políticos con formación integral. 

Si hoy estamos viviendo en un mundo computacional (horizontal, tecnológico, instantáneo, transparente, complejo, exponencial, integrado, enredado y virtual), necesitamos actualizar aquellas premisas y repensar la forma de vida. Con gran urgencia. Necesitamos otro paradigma, donde el respeto, la empatía, la compasión y la responsabilidad adquieran la dimensión que realmente merecen para justificar la prolongación de la aventura humana. 

Porque no somos individuos aislados. Somos seres conectados por nuestras conciencias. 
Porque materia y mente tampoco son sustancias diferentes. Son distintas formas de energía que pueden interactuar recíprocamente. 
Porque la ciencia y la religión no operan en ámbitos desconectados. Deben fusionarse para proponer un camino ancho que pueda ser recorrido por cualquier persona. 
Y también porque la evolución de la conciencia humana es un proyecto que nos incluye a todos. Con nuestras diferencias y peculiaridades. 
Somos más que simples humanos, o simples organismos vivos. Somos uno con los demás y con la propia naturaleza. La dualidad copernicana es una ilusión. Somos una gran conciencia intentando conocerse a si misma. Tan solo eso.

Postdata: No deja de sorprenderme el paralelo entre la petición de gratuidad para la salvación que exigían los protestantes, con la petición de gratuidad para la educación superior, que quieren los jóvenes hoy. Si hace 5 siglos resultaba inmoral que la iglesia perdonara pecados con donaciones, hoy resulta más inmoral aún que los políticos otorguen privilegios a sus propios financistas. O tengan fuero, o se fijen los sueldos...