miércoles, 3 de octubre de 2012
viernes, 28 de septiembre de 2012
Si, se puede: ¡acortar las carreras!
El mundo está
enfrentando una transición cultural profunda, catalizada por problemas
globales, de carácter sistémico (interconectados e interdependientes) que
demuestran la necesidad expandir nuestra percepción de la realidad, desde la
mirada mecanicista, cartesiana y lineal hacia una perspectiva sostenible,
holística y no lineal (integral). El cambio de paradigma nos dará una nueva
explicación de cómo funciona la vida, que modificará nuestros valores y
comportamientos. En esta tarea, la educación tiene un rol fundamental y la
nueva generación de profesionales, debe estar
preparada para asumirla.
Si vamos a
discutir los problemas de fondo acerca del acortamiento de carreras, en primer
lugar tenemos que despojarnos de los intereses particulares y enfrentar el
desafío con una perspectiva planetaria.
A las universidades no les conviene.
A los profesores tampoco.
Y sin embargo, se puede...
Se puede
reducir la duración de las carreras, siempre que los nuevos profesionales
asuman la responsabilidad de su actualización permanente. En un mundo
cambiante, el título profesional debe entenderse como el inicio de la educación
continua y por tanto, la preparación universitaria debe conducir a la autonomía
académica.
Se puede
reducir las carreras si la educación secundaria logra los estándares que el
ministerio le impone. No es justo que solo la educación superior asuma el costo
de una tarea mal ejecutada por terceros. Quien quiera seguir estudios
superiores debe estar capacitado para ello. Esta es tarea de todos.
Se puede
reducir las carreras si se facilita la inserción laboral con procesos
educativos más prácticos, donde el aprender se logra haciendo. En esta tarea la
empresa pública y privada debe relacionarse mejor con las universidades,
desarrollando capacitaciones conjuntas.
Por último,
se puede aprovechar esta re-ingeniería de las carreras para actualizar las
disciplinas en función de las necesidades del siglo XXI, aprovechar la
accesibilidad al conocimiento que nos brinda la tecnología, usar mejores métodos y generar sinergias
entre las instituciones de educación superior, sin olvidar que estamos formando
seres humanos que tendrán que resolver los problemas que nuestra mirada fragmentada y cortoplacista les ha heredado.
Perder esta oportunidad, sería una verdadera irresponsabilidad.
domingo, 23 de septiembre de 2012
sábado, 22 de septiembre de 2012
El dialogo constructivo
Lo primero que dije al aceptar la
responsabilidad de dirigir la facultad de educación, fue que yo venía de otro mundo...de un
mundo más plano. Era bastante evidente, pero lo dije por varias razones: obviamente hacía una referencia al
mundo plano que propone Thomas Friedman, al advertirnos del cambio
paradigmático que encontraremos en la
era de la información; pero también por la urgente necesidad de que el
mundo académico revise sus postulados más básicos (la jerarquía de los grados
académicos y la fragmentación disciplinar, entre muchos otros); aunque mi
motivación más íntima al hacer esta declaración, era la necesidad de cambiar el
tipo de comunicación unidireccional que experimentan los estudiantes en las
aulas.
Me crié en una cultura donde el diálogo
respetuoso era visto como una oportunidad de contrastar posturas para ampliar
nuestras miradas. Las diferencias de opinión, eran no solo aceptadas, sino muy valoradas.
Eran producto de vidas distintas. En esa cultura, la comunicación es
bi-direccional. Se escucha al otro, respetándolo y partiendo del supuesto de
que su interpretación es válida y que el contexto explica una percepción
distinta que genera una interpretación novedosa. Allí, cuando alguien manifiesta no estar de acuerdo, se celebra el
interés de compartir una perspectiva adicional para enriquecer la
conversación. Se escucha, atentamente, para comprender como esa otra arista permite tener otra explicación. El diálogo constructivo, a partir de las diferencias, es el
mecanismo de integración de conocimientos. Discutir una idea desde distintas realidades
y experiencias, permitía ampliarla y comprenderla mucho mejor. Es un ejercicio
de plasticidad mental, que siempre he valorado.
El antiguo profesor, que se siente dueño
de la verdad, tiende a un monólogo expositivo, tratando de proporcionar
evidencia contundente acerca de su postura. No escucha para comprender, sino
que lo hace para rebatir y convencer. Pierde así una posibilidad extraordinaria
de enriquecer su mirada y ampliar sus conocimientos. Hoy, el conocimiento está
al alcance de los estudiantes, que traen otros contextos y enriquecen el análisis de cualquier tema.
Más aún, esas juveniles miradas, nos permitirán desenmascarar algunas de nuestras
creencias más limitantes. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. La
universidad debe contribuir a generar una transición verdaderamente integradora.
Afortunadamente, algunos profesores han
sabido adaptarse a la nueva realidad y han comprendido el cambio en el rol que les corresponde. Los profesores del siglo XXI tendrán que desarrollar
habilidades socio-emocionales para relacionarse mejor con sus estudiantes.
Algunos de nuestros connotados maestros, las tienen en forma natural y es justamente eso, lo que los
distingue del resto de los profesores. Hoy, se reconoce que el clima emocional
en el aula, es el factor más influyente en el aprendizaje de los estudiantes.
Entonces, nuestra tarea prioritaria es formar profesores con empatía. Y eso se
consigue con nuestro ejemplo, creando un ambiente de respeto mutuo y sobretodo,
recuperando la capacidad de dialogar constructivamente con nuestros futuros
profesores.miércoles, 19 de septiembre de 2012
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