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domingo, 18 de diciembre de 2011

Estaba dormido y lo despertamos...


El espíritu del “fair play” estaba dormido. Todos comprendemos que para desempeñarnos con igualdad de oportunidades en nuestras actividades, necesitamos la cancha nivelada, el fin de los privilegios y del abuso de poder. Sin embargo, durante algunos años, pareció que el fin justificaba los medios; que la letra de una ley era más importante que su espíritu; que la división entre lo correcto y lo incorrecto dependía de las circunstancias; y que ganar era lo único que importaba. Hemos estado tratando de engañar al árbitro y de sacar ventajas en base a nuestra astucia y desconsideración.
Este año, el “fair play” despertó. Y se indignó cuando vio lo que ocurría. Por donde miraba, las faltas eran evidentes:
En la Política, el comportamiento de “los honorables” no respetaba los límites de velocidad o de la prudencia. El poder se había extralimitado.
En las Iglesias, se encontró demasiada suciedad, escondida por años debajo de las alfombras... y conste que solo se han levantado unas pocas. La moral se había relativizado.
En las Empresas, la “responsabilidad social” debió salir a combatir, sin mucho éxito,  las colusiones y las repactaciones que fueron escandalosas. La codicia se había desbocado.
Y así, en muchas áreas de nuestra sociedad...Pero en Educación, la situación era sencillamente grotesca.
Y entonces, el “fair play” decidió manifestarse. Infectó a los jóvenes, especialmente susceptibles al idealismo. Y desde allí, ganó apoyo ciudadano para construir demandas insoslayables. Se tomó las calles y levantó la voz. Consciente de que algunas autoridades intentarían sacar provecho egoísta del llamado a la justicia y equidad, decidió usar como estandarte la “calidad de la educación”. De este modo, cuando el tiempo nos otorgara la perspectiva necesaria, podríamos desenmascarar a aquellos que buscaban solo reafirmar sus intereses.
Este año el espíritu del “fair play” ha removido el piso de nuestra sociedad. Es el terremoto del 2011 y créanme que derribará más edificios que aquel del 2010.
Nos dará la oportunidad de enmendar el rumbo. Es su estilo. La navidad y las vacaciones de verano nos brindarán algo de tiempo para comprender que una sociedad no se puede construir sin justicia. Pero si no corregimos nuestro comportamiento, entonces el 2012 nos traerá sorpresas.
¿Qué aprendimos este año?
Que el cambio es urgente y necesario y que todos somos responsables de manifestarlo.
Que debemos superar el ego individual para construir una sociedad justa y sustentable.
Que aquello que sabemos debe ser coherente con lo que hacemos y lo que somos.
Que el cambio requiere tiempo y una nueva forma de hacer las cosas.
En educación, ¿Qué haremos el próximo año?
Las instituciones, las autoridades, los apoderados, profesores y estudiantes deben asumir nuevas responsabilidades y aceptar el desafío del cambio.
Los estudiantes deben dejar de ser pasivos y asumir la responsabilidad de aprender.
Los profesores deben estar al servicio de los estudiantes, del aprendizaje que logren y de los valores que asimilen.
Los apoderados deben hacerse socios de los profesores y participar enérgicamente en la formación valórica de los estudiantes.
Las autoridades deben diseñar políticas públicas educacionales en dirección de la igualdad de oportunidades y del respeto al “fair play” y medir calidad con indicadores más holísticos.
Las instituciones deben redefinir sus misiones en función de su nueva responsabilidad social.
Pero sobretodo, lo que sucede dentro del aula debe ser diferente: la clase expositiva debe transformarse en una clase participativa. Poco a poco, hay que entregar el volante al estudiante. Dejarlo que conduzca su propio destino. Enseñarle a recorrer el vasto océano del conocimiento en el asiento del conductor. El profesor del siglo XXI debe ser como un GPS en el auto del estudiante y solo dar alternativas e indicar como llegar desde un lugar a otro. Este es el cambio más relevante del 2012...
¡Sacar al estudiante de la maleta y dejarlo al volante!

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