jueves, 20 de octubre de 2016

La Costa Amalfitana

Torre de Pisa
Catedral de Orvieto
Viajamos por la carretera rumbo a la Costa Amalfitana, y nos detuvimos en Pisa, para admirar la torre inclinada por unos minutos. Siempre impresionante y atiborrada de turistas. Fue una parada simbólica para presentar nuestros respetos a un error de ingeniería, pero rápidamente seguimos hacia nuestro destino. Decidimos alojar en Orvieto, un pueblo medieval de la región de Umbría, en el centro de Italia. Ubicada sobre una colina escarpada, debe haber sido una fortaleza inexpugnable, puesto que desde lo alto, domina el paisaje de la Umbría, lleno de olivos. Su monumento más conocido es el Duomo, una catedral que no tiene nada que envidiarle a la de Florencia. Una obra maestra de la arquitectura gótica. Pero hay mucho más que admirar.
Techos de Orvieto
La ciudad era hermosa, llena de callecitas adoquinadas, torres y construcciones centenarias, daba la impresión de que el tiempo se hubiese detenido. A mi me encantaron los techos y la mezcla de piedras y arcillas. Pero reconozco que ver la puesta de sol desde un mirador fue una experiencia casi espiritual. Pocas veces uno se queda sin palabras ante la danza de nubes y colores con que el cielo le dice adiós al sol. Esta fue una de ellas. Para rematar, aprovechamos de disfrutar el espectáculo con una botella de champagne. ¡Magnífico!


Amalfi
Temprano al día siguiente salimos hacia Amalfi. Cuando dejamos atrás Nápoles, salimos de la carretera y comenzamos a experimentar la empinada estrechez de las calles del lugar. Después de recorrer un largo y sinuoso camino, llegamos a un hotel que colgaba de los acantilados mirando la costa. Finalmente, ¡habíamos arribado a nuestro destino! Amalfi era un típico balneario turístico, con muchas tiendas, hoteles y restoranes, que se escondían en una topografía escarpada. Caminos demasiado angostos para autos, en un territorio montañoso y complicado para construir pero atiborrado de gente. Y eso que suponíamos que la temporada había terminado. No cabía duda alguna, la costa amalfitana era un destino turístico muy popular y nosotros estábamos allí, dispuestos a descubrir muchas de sus atracciones.  Intentamos llegar a Positano, pero el tráfico era demasiado intenso y no se podía avanzar. Los locales por supuesto, se movían en motos, con una intrepidez que sorprendía. Casi con cierta agresividad, adelantaban en zonas muy peligrosas. Curiosamente no vimos accidentes pero la cantidad de autos sin espejos retrovisores y rayones en los costados era alarmante. 


Positano
Cuando finalmente llegamos a Positano, encontramos un estacionamiento para el auto y bajamos a la playa, pasando por preciosas tiendas, con la idea de encontrar un restorán donde comer. Estaban todos llenos y justo cuando nuestras aspiraciones disminuían y pensábamos regresar, en un de los restoranes top, un buen anfitrión nos ofreció unas copas de champagne para esperar una mesa que se iba a desocupar. ¡No faltaba más! Nuestra paciencia fue recompensada con una exquisita comida al frente de la playa, mientras Positano se iluminaba y una majestuosa luna aparecía entre los cerros. Sobre un escenario en la playa, unos bailarines danzaban al son de música clásica. ¡Positano en todo su esplendor! 

Positano
Mientras volvíamos al hotel, cayó la noche y llegó una tempestad. Truenos y relámpagos que retumbaban magnificándose con el eco entre las cornisas de roca sólida. Alguna celebración había, porque los fuegos artificiales se sumaron al espectáculo. Las nubes negras, la luminosa luna, la tormenta eléctrica y la algarabía de los turistas, fueron el escenario de aquella estrenduosa noche. Como augurando que este no sería un lugar para descansar. Pero Positano era muy pintoresco y nos encantó tanto que volvimos a comer allí en distintos restoranes, cada uno con su propio sello por otros 2 días mas. Uno de ellos, del hotel más próximo a la playa, el Covo del Saraceno que era mas fino y otro, que tenía las mesas literalmente en la vereda, colgando de un acantilado y con una vista hacia la playa verdaderamente espectacular. No solo valió la pena regresar, incluso quedamos con gusto a poco. Pero me estoy adelantando...

Vistas de Capri
Habiendo dormido poco por la tormenta, al día siguiente navegamos a Capri. Una isla famosa que nos recibió con algunos chubascos. Tomamos el teleférico y subimos al casco antiguo de la ciudad. Si bien estaba lleno de tiendas muy glamorosas, decidimos perdernos caminando por los senderos abruptos que rodeaban la isla y mostraban la belleza natural de la isla rocosa.  Lamentablemente el Arco Naturale estaba en reparación y los andamios echaban a perder parte del panorama. Pero igual era una faceta de Capri que vale la pena conocer. Cansados, almorzamos las típicas pastas en un y luego recorrimos las tiendas y las villas de los emperadores romanos. Regresamos felices de haber conocido una isla con tanta historia y como ya dije, comimos en Positano.

Pompeia
Frescos de Pompeia
Al día siguiente nuestro destino era la no menos famosa Pompeya y su pariente pobre, Herculano. Sobrecogedora experiencia. Las ruinas no escondían la riqueza y sofisticación de la vida hace 2000 años. La sensibilidad estética estaba presente en los muros de las casas. En realidad, era obvio que vivían bien. Al menos hasta que la erupción los sepultó. 
Reconstitución de un cuerpo
Vasijas para el vino
Algunos alcanzaron a arrancar, pero la mayoría sufrió una muerte asfixiante pero afortunadamente rápida. Lo más impresionante para mi fue que a mayoría de los fallecidos hacían esfuerzos para poder respirar, como se puede apreciar en la foto. La ciudad era mucho más grande de lo que yo había construido en mi imaginación. Y las construcciones más elaboradas. Era una comunidad que al parecer había logrado vivir con cierto grado de bienestar y disfrutar de las cosas buenas de la vida. 

Ruinas de Herculano
Las ruinas de Herculano, estaban en la ciudad. Descubiertas la construir nuevas poblaciones, son clara evidencia de que el ser humano tropieza con la misma piedra varias veces. Había menos gente, el lugar era más pequeño y en mi opinión estaba menos cuidado que Pompeya. Pero igual de impresionante. Aquí la bajada de la nube tóxica fue tan violenta que aun se conservan restos de materia orgánica como maderas. Todo se carbonizó. La tragedia provocada por el Vesubio está presente en los restos de dos milenios de antigüedad y los esqueletos apiñados en pequeñas piezas al final del recorrido eran sobrecogedores. Salí de allí, con el corazón encogido.  
Sorrento
Y para mejorar el ánimo, fuimos a pasear a Sorrento. Donde los muelles literalmente se transforman en playa y se cubren de reposteras y quitasoles. Pero el verdadero ajetreo esta en las tiendas en calles peatonales, donde aprovechamos de comprar algunos recuerdos. Es que no queríamos olvidar lo vivido. Conocer la costa amalfitana era una experiencia llena de estímulos diversos y su fama mundial estaba plenamente justificada. Para despedirmos, decidimos ir a comer a Positano, una vez más, y brindar con unas copas de champagne (nuevamente) por haber tenido el privilegio de conocer uno de los lugares más bellos del mundo. Nada mejor que hacerlo desde lo alto de la ciudad, a la intemperie (protegido apenas por una flor de la pluma), en un restorán colgando de los acantilados y dominando el paisaje de la bahía. Así terminaba otro día inolvidable...

Alguna vez soñé irme a vivir a esta región para vivir una vida más sencilla, sociable y amorosa... Recordé ese sueño porque, ¡la vida es bella, pero se hace tanto más hermosa en un lugar precioso con la compañía adecuada! 

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