lunes, 4 de abril de 2016

Los mensajes de la Muerte

En los últimos días, la muerte ha estado rondando muy cerca. Murió un nuevo amigo, el padre de un viejo amigo y también mi suegro. En todos estos casos, el mundo quiere seguir igual, como si nada hubiese ocurrido. Como evadiendo las consecuencias del fin de una vida. Pero, a pesar de nuestros deseos, ya nada volverá a ser igual. No es que el mundo haya perdido a alguien. Es más bien, que ese alguien dejó algunas enseñanzas profundas que debemos recordar. Son sus semillas, que germinarán en nosotros.

Pero... No conversamos acerca de la muerte. Curioso, dado que es lo único verdaderamente cierto que encontraremos en el futuro. No miramos a los ojos de la muerte, para ver sus intenciones y comprender sus motivos. Sabemos que anda por allí, pero no queremos verla. Tampoco sospechamos como quiere vivir el proceso aquel ser querido que está terminando su gran aventura. Nunca nos dimos el espacio para conversar en serio con él, sobre el final de sus días. Es, a todas luces, un tema tabú. 

A muchos nos representa bien lo que dijo Woody Allen: "no le temo a la muerte, sencillamente no quiero estar allí cuando llegue".

Esta vez, por razones inconscientes, intenté descifrar los mensajes que quiso entregar ese visitante lúgubre que viene a llevarse nuestro último aliento. Descubrí que la muerte es un proceso, no un instante. Comienza a acercarse lenta pero inexorablemente. En algunos casos, el proceso es rápido y sorpresivo, en otros agobiantemente lento y pausado.
Me pareció que en la mayoría de los casos, la muerte nos alcanza cuando todos los aspectos kármicos de nuestras vidas han finalizado. Ricardo Larraín lo dijo mucho mejor: "la muerte nos encuentra cuando se nos acaba el guión". Así comienza la muerte. Mucho antes de que nuestra respiración de agite...

Porque llegamos a la vida con un propósito y se nos concede cierto tiempo para cumplirlo. Las experiencias nos distraen del verdadero sentido que tiene nuestro vivir y normalmente olvidamos por completo ese objetivo o lo guardamos en el inconsciente profundo. Y cuando se nos está agotando el tiempo concedido, sospechamos que tendremos que rendir cuentas y nos ponemos nerviosos. Por eso, algunos parecen luchar contra la muerte y otros la abrazan con cierto alivio. Este nerviosismo hace que nuestra respiración se agite. Porque no sabemos qué es lo que habremos de enfrentar. La incertidumbre nos atemoriza. 

La muerte no es buena ni mala. Es el inicio de una nueva gran aventura. Tan incierta como la propia vida. Sospecho que cuando nos alcanza, despertamos a la realidad. Imagino que mientras nuestro cuerpo yace sin energía, nuestra alma permanece rondando por un tiempo y puede escuchar el llanto de algunos, también puede reconocer el respeto de otros y por cierto, la ironía o indiferencia de unos pocos. En esos momentos, la muerte nos obliga a deshacernos de toda la inocencia que nos queda y a comprender que muchos usan disfraces y representan papeles. Igual que los que usamos nosotros. Son instantes difíciles. Duros y a veces dolorosos. No todos eran lo que parecían ser. 

Sus máscaras finalmente caen y vemos sus verdaderos rostros. Vemos con mayor claridad esa mezcla única de virtudes y defectos que caracteriza a cada ser humano. Esa energía que está transformándose, ese espíritu inefable es capaz de percibir incluso nuestros pensamientos más íntimos, esos que nos avergüenzan a nosotros mismos. 
Y entonces comprende que aun le queda mucho por aprender. Que necesita volver encontrarse con la fuente del amor, la energía purificadora que le dará alas para atreverse a recorrer el mundo terrenal en otro cuerpo, con algo más de sabiduría y con una tarea más relevante. Necesitamos recargar las baterías y viajamos hacia la luz.  

La muerte siempre deja atrás un mensaje a cambio del alma que se lleva. Es un consejo para vivir mejor. Un aprendizaje que necesitamos para recibirla, cuando nos toque a nosotros, con confianza y resignación. Poner atención a los mensajes que deja la muerte es una tarea que rehuimos pero que puede ser sumamente reconfortante. Son semillas del alma que se apronta a viajar y que están destinadas a germinar en nuestro jardín. 
Recoge pues, agradecido, las semillas del ser que se va y riégalas con cariño y preocupación. Cultívalas con esmero. Pronto se convertirán en frutos que endulzarán tu vida. 

Y si nuestra vida es un mensaje que dejamos al mundo... más vale que sea un mensaje inspirador. ¿No les parece?

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