martes, 8 de marzo de 2016

Soy

Creemos que somos individuos independientes, inmersos en una realidad objetiva de 4 dimensiones.  El espacio-tiempo. Ese es el sueño colectivo de la época moderna. Pocos han logrado despertar de esta ilusión. Aunque algunos visionarios si lo han hecho, para descubrir que en realidad estamos tan profundamente interconectados que no es posible distinguir donde termina uno y donde comienza el otro. No estamos separados. Ni de los demás, ni de la naturaleza. No hay sujeto y ni tampoco hay objeto...  Somos uno, indivisible, sin partes.
La maravillosa sensación de sentirse uno con el Universo, históricamente ha estado reservada para algunos pocos iluminados o místicos que lograron despertar del sueño de la separación. Conocemos muchos personajes adelantados a su tiempo que hablaron de la "no-dualidad" y que no fueron bien comprendidos por sus contemporáneos.
Pero hoy parece estar emergiendo un nuevo paradigma científico que no sólo acepta la no-dualidad sino que la reconoce esencial para comprendernos mejor a nosotros mismos y para encontrarle sentido a nuestras vidas. Hoy, la ciencia reconoce que no es posible hablar de una realidad independiente del observador. Muchos científicos, especialmente físicos cuánticos, reconocen que lo que entendemos por realidad es simplemente un espejo de nuestras interpretaciones. Que lo que percibimos con nuestros sentidos, refleja nuestras creencias, nuestros miedos y nuestras ideas. Muchos grandes pensadores hoy sostienen que vivimos en un universo holográfico, fractal, donde la información del todo, está en cada parte. El universo entero dentro de nosotros. Algunos, más radicales y no por ello menos certeros, sostienen que las partes no existen y que solo podemos tomar conciencia de lo que somos, al sentirnos siendo aquello que percibimos o experimentamos.
Uno de ellos fue un místico extraordinario: Sri Nisargadatta Maharaj, que escribió "Soy, eso" donde nos sugiere tomar consciencia de que somos todo aquello que experimentamos. Y propone que consciente y sistemáticamente nos identifiquemos con lo que percibimos. Que nos sintamos siendo aquello donde ponemos atención.
Así lo hice, un buen día mientras caminaba en la costa...
Soy el viento, que me trae aromas recónditos y enfría mi cuerpo, pensé. Y me reconocí en ese viento y en la música lejana que me regalaba. Yo era viento, la fuerza dispersa e inconstante del aire que parecía estar fuera, pero que se parecía demasiado a la energía siempre entusiasta y veleidosa que fluía dentro de mi mente y hacía volar a mis pensamientos.
Soy el pasto, que recibe mis pisadas y que adorna los jardines, admití. Y me acepté en ese pasto reconociendo en el trabajo del jardinero, los esfuerzos de mis profesores.
Soy el árbol, sus hojas, ramas y raíces que crecen apuntando al cielo, aspirando a las estrellas. Y también me ví allí, en ese y en todos los árboles del raquítico bosque que cubría el acantilado; queriendo nutrirme de la pachamama para crecer y abrazar al firmamento, como yo pretendía alimentarme de conocimientos.
Soy el mar, majestuosa sopa salada con sus olas y mareas, y su increíble vida interior. Un universo  acuoso escondido bajo la superficie, cual mi propia personalidad.
Soy el sol, energía poderosa que a diario alimenta mi espíritu y que se parece a mi propio entusiasmo por vivir.
Soy también esa persona que camina despreocupadamente hacia mí. Cuyo rostro refleja una historia que también coincide con la mía. Los detalles parecen diferir, pero la perspectiva amplia las acerca y desde tan lejos como yo miraba, esas historias se confundían. ¡Soy él!
Y soy también aquel. Soy todos. Soy todo... Soy, eso.
Así caminé ese día, aceptándome en todo aquello que captaba mi atención y reconociendo que yo era parte de un gran evento, indivisible e infinito; omnipresente y plenamente amoroso. Me invadió una profunda sensación de bienestar y llegué a la convicción de que todo era perfecto. Me sentí inmensamente pleno. Palpé la felicidad.

El ejercicio fue realmente increíble, y se lo recomiendo a todos. Por todas partes descubría quien era yo. Y lo repetí varias veces, hasta que poco a poco se convirtió en un hábito. Entonces, comprendí que yo... soy eso.

Por eso, quisiera invitarte a descubrirte en mi, en los demás, y en todas las cosas. Verás que también eres, eso.

2 comentarios:

  1. Excelente post Cornelio, ojalá esa conciencia de que soy-somos todo comience a ser norma en la humanidad, de esta forma el camino a la felicidad y la sustentabilidad será mucho más fácil

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  2. Gracias Adrián, como bien sabes, esa toma de conciencia es algo que quisimos incorporar en la educación para contribuir al despertar que tanto necesita nuestra sociedad.

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