viernes, 12 de junio de 2015

Política integral

Los seres humanos estamos usando estrategias que parecen inadecuadas para resolver los problemas que enfrentamos en el siglo XXI. Nuestros desafíos son de carácter sistémico; los fenómenos ambientales, sociales, económicos, educacionales y políticos son fenómenos complejos, es decir, son sistemas donde interactúan muchísimas variables mutuamente dependientes, con alguna capacidad de autorregulación y dado que son hipersensibles a cualquier cambio en las condiciones, resultan esencialmente impredecibles.
Estamos intentando resolver estos problemas sistémicos dividiéndolos en partes; fundamentalmente porque estamos ciegos a la profunda interconectividad en que evoluciona la vida. Sencillamente no vemos lo que Fritjof Capra llama la “trama de la vida”, la interdependencia característica de la naturaleza. Estamos inmersos en una profunda crisis de percepción. La fragmentación ilusoria en que vivimos nos impide solucionar los grandes desafíos de nuestra propia sustentabilidad.
Esta forma lineal de pensar, heredada culturalmente e reforzada en nuestras escuelas, debe evolucionar. Necesitamos tomar conciencia de que todo está interconectado y en continuo y perpetuo movimiento. Debemos distinguir las sutiles relaciones entre las cosas, porque nada de lo que ocurre es inocuo. Esto requiere que desarrollemos una nueva cosmovisión, un nuevo mapa para explicar el territorio. Requerimos desarrollar el pensamiento sistémico (o complejo como lo llama Edgar Morín) para comprender la verdadera urgencia que tiene el superar la toxicidad de la postmodernidad. No sobreviviremos en este medio ambiente. No sabemos vivir con la naturaleza, ni convivir con otros seres humanos.
Necesitamos una nueva era psíquica. Necesitamos superar no solo la modernidad, también la postmodernidad. Este desafío global nos obligará a cambiar nuestro modo de vida, orientándolo hacia la sustentabilidad, la reflexión y el comportamiento ético.
Antes pensaba que el cambio sólo se podía lograr cambiando la educación (la forma en que educamos), pero ahora sospecho que ese camino requiere más tiempo del que realmente tenemos. Por mucho que me pese, la urgencia del cambio de rumbo me obliga a pensar en líderes de opinión, con suficiente liderazgo para convencer y motivar. ¿Los políticos? Podría ser. En la actual contingencia están dadas todas las condiciones para que aparezca un nuevo tipo de liderazgo, inclusivo y empático, que remueva los cimientos del Congreso (metafóricamente, no con retroexcavadoras) y que consiga articular una propuesta atractiva que aglutine a la mayoría de los ciudadanos. Tal vez allí, donde menos lo esperamos, existen personas conscientes e íntegras, con visión sistémica, dispuestas a aceptar el desafío de reorientar nuestro destino.  Tal vez allí, encontremos una luz de esperanza.
Reconocer a aquellos pioneros  de una política genuinamente integradora y rescatarlos de las ideologías fundamentalistas para darles pleno reconocimiento y respaldo ciudadano es un imperativo evolutivo para nuestra sociedad. ¡A buscarlos!



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