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viernes, 1 de mayo de 2015

Viajar ligero de equipaje

Viajaba desde Madrid a Roma y observaba curioso a un grupo de españoles que tenía un comportamiento bastante desconsiderado. Eran ciegos a la incomodidad que generaba su conducta en los demás. Igual que no nos damos cuenta de nuestros errores hasta después de cometerlos, tampoco nos damos cuenta de las molestias que causamos a los demás con nuestras acciones… y puede que nunca caigamos en cuenta de esos errores. Es muy posible que hayamos molestado a otros sin mala intención, sino con poca conciencia de las consecuencias de nuestra conducta. 
Me hice el propósito de ser más considerado, de cultivar la cortesía y desarrollar la empatía. En las manos, llevaba sólo el libro que leí durante el viaje: "La molécula de la Felicidad". Y nada pudo ser más oportuno para lo que ocurrió después. Mis maletas no llegaron. Se quedaron en Madrid. Haciendo honor al libro, decidí tomármelo con humor, sacar alguna lección del evento y actuar cortésmente con quienes recibían los reclamos, consciente de que ellos no eran responsables. No dejaría de disfrutar el viaje. Mi comportamiento contrastaba con la furia del resto de los afectados, quienes se arruinaron el viaje e hirieron verbalmente a funcionarios que trataban de resolver el problema. Incluso habiendo perdido el transporte hacia el hotel por la demora, mantuve el buen humor y procuré encontrar la lección escondida detrás del incidente. "Por algo pasan las cosas", es una frase que uso habitualmente y que en este caso, tuve que repetirme mentalmente varias veces. 
Llegué tarde y cansado al hotel y salí a comprar un cepillo y pasta de dientes y un desodorante en la farmacia de turno. Después de una reparadora ducha, dormí profundamente. Tenía limpio el cuerpo y también la conciencia. Al día siguiente, salí temprano a comprar lo más básico: 1 pijama, 2 calzoncillos y 2 poleras ¡me hicieron inmensamente felíz! No necesitaba más para estar tranquilo… y decidí continuar como si nada hubiese pasado. Unas maletas perdidas no iban a arruinar mis paisajes ni mi capacidad de asombro.
Mientras recorría y disfrutaba de Roma, me di cuenta de la gran lección que había aprendido: ¡Hay que viajar ligero de equipaje! 
Pues bien, cuando regresé esa noche al hotel y ya me había acostumbrado a la idea de un closet mínimo, descubrí que mis maletas habían llegado. Los funcionarios del aeropuerto consiguieron rescatarlas desde Madrid, subirlas a un vuelo y enviármelas. Nunca sabré si hicieron lo mismo con los demás, pero eso no importa, aunque pensaré que así lo hicieron. Ese es mi privilegio. Lo que debo confesar, es otra cosa… Francamente, mientras ordenaba las cosas en el armario, me sorprendí la cantidad de cosas que había empacado. Llevé mucho más de lo que necesitaba. ¡No sabía qué hacer con tanta ropa!
Y entonces, la lección se hizo más evidente: Cuando perdemos algo, a veces nos damos cuenta de que no lo necesitábamos. Entonces cuando lo recuperamos, a veces eso que recuperamos, nos llega a molestar. Necesitamos bastante poco equipaje para vivir en el bienestar. ¿Cuantos recuerdos inservibles guardamos? Recuerda lo que te hace feliz, olvida el resto. ¿Cuantas heridas acumulamos? Perdonemos más. ¿Cuantas preocupaciones acarreamos? Ocúpate más, preocúpate menos ¡Hay que vivir ligero de equipaje!

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