lunes, 15 de diciembre de 2014

Querido Santa


Disculpa por escribirte tan tarde. Es cierto que debí hacerlo antes. Pero no sabía por donde empezar.

Fuiste mi primera ilusión y te quise con toda el alma. Era un cariño interesado, lo confieso, pero era enorme. También fuiste mi primera gran desilusión. Descubrir que no existías causó una herida que aun no se cierra. Comprender, más tarde, que vivías en el corazón humano fue un hallazgo que me confundió. Creí que te gustaba el frío del Polo Norte, pero curiosamente habitas en la parte más cálida del planeta…el corazón de las personas hermosas.

Te escribo para darte las gracias. Tus regalos han sido hermosos. Cada vez más apropiados. Ahora creo tener la madurez suficiente para saber que cada regalo que me hacías era para aprender una lección. Ahora comprendo que los juguetes y las personas que cruzaste en mi vida fueron regalos que debí cuidar mejor. Cada nueva amistad, cada nueva relación, cada nueva melodía, cada nueva oportunidad venía envuelta en un paquete rojo. Debí sospechar antes. Pero estaba tan absorto en lo que ocurría en mi cabeza, que entonces no comprendí.

Tus regalos siempre me confundieron. Al principio. Sobre todo, los profesores que pusiste en mis clases y también algunos fuera del aula. Gente de buen corazón dispuesta a ayudarme. Cada uno en su estilo dejó un aprendizaje que me hizo crecer. Reconozco que influyeron positivamente en mi vida. Y mucho… Y por eso quiero darte las gracias. Fueron un regalo que nunca agradecí.

A pesar de los años… en esta época, me siento un niño de nuevo. Recuerdo con nostalgia en esa niñez donde aprendí a relacionarme y a compartir. Una etapa muy hermosa donde aprendí a ser feliz. Especialmente cerca de Navidad, cuando el corazón de las personas vibra con energía positiva.

Gracias, querido Santa, desde mi corazón. Gracias por ser un sueño. Uno que parece imposible, pero que se hace realidad con cariño. Gracias por recordarnos que en la sociedad que hemos construido falta mucho amor. Mil gracias.

Te quiero mucho y deseo que en esta Navidad, disfrutes tú. Te lo mereces.

Mi deseo es que me escribas una carta a mí. Donde reveles tus deseos y yo veré si puedo cumplírtelos. Ojalá pueda. No sé si podré – a estas alturas sé lo que cuestan las cosas – pero prometo que lo intentaré. Estoy seguro que muchos querrán unirse a esta tarea y tal vez juntos podamos darte lo que anhelas…

Quisiera que Santa disfrute una Navidad sin tener que preocuparse de que los niños disfruten la suya. Créeme que me he quebrado la cabeza, tratando de encontrar un regalo apropiado para acompañar esta carta. Un regalo que te haga feliz.

Sospecho que una carta de agradecimiento a alguno de esos profesores que me protegieron cuando temblaba de miedo, o que me abrazaron cuando necesitaba afecto, o que me empujaron cuando dudaba de mi mismo, o que me animaron cuando necesitaba esforzarme más; sería suficiente para ti.

Escribiré muchas de esas cartas, porque…
¡Quisiera que en esta Navidad, tú seas feliz!


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