domingo, 21 de septiembre de 2014

Sobre los hombros de Heisenberg


Conozco a una profesora excepcional que siempre comienza sus clases contando la historia de un trapecista novato que temía soltarse y saltar al vacío para ser recibido por su compañero. Logró superar sus miedos y convertirse en un acróbata famoso, siguiendo al pié de la letra el consejo que entonces le dio su maestro:
–Lanza primero tu corazón– le recomendó… e hizo una pausa para agregar– ¡tu cuerpo seguirá detrás!
Los estudiantes de hoy están preparados para un salto al vacío... sólo así podrán explorar nuevos territorios
Es natural que tengamos miedo a la incertidumbre, pero deberíamos acostumbrarnos a ella; es lo único seguro que tenemos por delante.
Sabemos que cuestionar nuestras certezas no resulta sencillo para nosotros. A pesar de que la ciencia ha dado claras señales de que el modelo clásico que usamos para interpretar la realidad, no es confiable, actuamos como si no hubiese pasado nada. Preferimos nuestras viejas “verdades” aunque las sepamos obsoletas, porque estamos acostumbrados a ellas. Somos adictos a nuestras creencias y eso es el principal problema para nuestro pleno desarrollo. El principio de incertidumbre, propuesto en 1927 por Heisenberg, debió hacernos más humildes y menos categóricos. Según este axioma, nada puede definirse con total exactitud. La certeza absoluta no es posible. Más aun, según el efecto observador, tampoco existe la plena objetividad, puesto que el observador influye en lo observado. El simple acto de observar, cambia lo observado. Aunque la incertidumbre es una verdad científica desde inicios del siglo pasado, aún no nos acostumbramos a ella. Tampoco hemos querido aceptar nuestra subjetividad. Creemos errónea y firmemente en la objetividad de nuestra mirada.
Esto implica que somos participantes en el devenir de nuestra vida. El observador influye en los resultados. Tanto en lo “micro”, como en lo “macro”. Siendo observadores de nuestro vivir, interpretamos la situación en que estamos y actuamos en función de nuestras creencias. Como observadores, podemos elegir donde poner nuestra atención, aquello que observamos; y por lo tanto, podemos elegir aquello que transformamos. Somos enteramente responsables de nuestros actos. Creamos nuestro futuro con nuestras acciones en el presente. Pero sustentamos nuestros actos en creencias falsas. He aquí el problema.
Para desarrollar nuestro pleno potencial, necesitamos aceptar nuestra ignorancia. Aceptar que no sabemos. Aceptar que no sabemos que no sabemos. En suma, necesitamos aceptar nuestra incertidumbre y estar dispuestos a vivir aprendiendo, manteniendo la curiosidad ante las infinitas posibilidades que tenemos en el presente.

La educación que necesitamos, debe ayudarnos a hacer preguntas. A desprendernos de nuestras certezas para reflexionar con la curiosidad inocente de nuestra infancia. Debe comprometernos a vivir en el asombro; a explorar territorios desconocidos, porque en estricto rigor, no sabemos cómo son las cosas. Necesitamos estudiantes curiosos, que escuchen con apertura y hagan preguntas con el propósito de comprender. Pretender una educación que pretenda que los estudiantes den respuestas correctas es un gigantesco error conceptual. La educación debe subirse en los hombros de Heisenberg, convertirnos en observadores de nuestra existencia, hacernos responsables de nuestro aprendizaje y acostumbrarnos a la incertidumbre.

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