jueves, 11 de agosto de 2011

El modelo de gestión educacional


Soy partidario de la libertad y de la responsabilidad individual. Durante muchos años trabajé en el directorio del Grange, convertido en la práctica en un “think tank” donde todos actuábamos convencidos de que la calidad de la educación sería el factor más importante en el desarrollo económico de nuestro país.
En dicho directorio, analizamos en profundidad las limitaciones del capitalismo, con especial énfasis en la educación. Revisamos los paradigmas fundamentales de los sistemas vigentes. Una economía de libre mercado genera, por su propia naturaleza, inequidad. Premia al que se esfuerza, trabaja y se arriesga en emprendimientos que contribuyen a aportar valor a la sociedad y también castiga al flojo. Este tipo de inequidad, derivada de la capacidad productiva de las personas es razonable, aconsejable y justa.
No obstante, hay inequidades que se producen por abusos, por privilegios, por poder, por contactos e incluso por amistocracia. Este tipo de  inequidad es poco ética y sencillamente inaceptable. Estas injusticias han contaminado el sistema de tal modo que la calle se ha rebelado en contra de todas las autoridades. Un fenómeno que trasciende nuestras fronteras.
La pésima evaluación de los políticos, de los empresarios, del sistema judicial, del sistema de la salud y de la educación, son síntomas de una sociedad materialista, cortoplacista e injusta. Una sociedad que valora a sus miembros por lo que tienen y no por lo que son. Una sociedad con desigualdad producto de faltas a la ética. Esta sociedad entró en crisis. Y la revolución ya comenzó.
Que el modelo imperante ha fracasado por excesos de algunos y permisividad de otros es más evidente en la educación. De allí que los jóvenes se manifiesten.
Veamos como se gestó el descontento en nuestro país:
Hace algún tiempo, Chile necesitaba más y mejores profesionales. El Estado no tenía recursos ni la capacidad para aumentar significativamente la educación superior. Se autorizó entonces, la creación de Universidades Privadas, sin fines de lucro.
Décadas después, la sociedad protesta en contra de un sistema injusto. Tenemos más profesionales, es cierto, pero ¿mejores? La mayoría piensa que no. Y es probable que tengan razón, pero sus demandas yerran. Ni el fin del lucro, ni la estatización, ni la gratuidad, garantizan la calidad. Y aunque todas estas demandas apuntan hacia el verdadero culpable: el modelo de gestión educacional, las autoridades no han interpretado correctamente ni esta señal, ni la frustración expresada en las manifestaciones multitudinarias.
Es bastante obvio que un modelo sustentable de gestión educacional, debe priorizar la calidad de la educación. En ese modelo, la institución contrata a los mejores profesores y así, consigue prestigiarse. Ello le asegura mayor demanda, lo que redunda en excedentes financieros. Si estos excedentes se reinvierten (completamente-caso de las instituciones sin fines de lucro-o al menos parcialmente) en seguir mejorando la calidad de la educación impartida, se logra un modelo de gestión virtuoso, que apunta hacia la excelencia de los educandos.
Hay instituciones educacionales, con autoridades bien inspiradas, que aplican este modelo de gestión de calidad. Algunas particulares; otra públicas. Algunas sin fines de lucro; otras que destinan una pequeña parte de sus excedentes a justificar el emprendimiento. Algunas son financiadas por el Estado (gratuitas) y otras financiadas por las familias de los estudiantes. La mayoría de ellas son instituciones prestigiosas porque aspiran a la educación de excelencia.
Lamentablemente, cuando el modelo de gestión se enfoca como un negocio y prioriza los excedentes financieros, se tiende a cobrar caro por el servicio y a pagar mal a los empleados. Este enfoque apunta en la dirección equivocada. Los mejores profesores emigran y la institución se desprestigia. Así, la demanda disminuye. En estas condiciones, se presiona para bajar aun más los costos y se cae en un círculo vicioso que solo puede otorgar educación de mala calidad.
Hay que reconocer, hidalgamente, que son muchas más las instituciones que son gestionadas con el modelo equivocado, sin preocupación por la calidad y que contribuyen a aumentar la sensación de injusticia, de frustración y de impotencia que los jóvenes expresan con marchas, cacerolas y con violencia. Es urgente corregir esto.
Cuando los legisladores exigieron Universidades sin fines de lucro, apuntaban a evitar el conflicto de interés entre generar excedentes y la calidad de la educación. Implícitamente, proponían el modelo de gestión virtuoso, cuya primera prioridad era la Calidad. Tal vez no estaríamos en este atolladero si en aquella ocasión, en lugar de estigmatizar al lucro, se hubiesen limitado a autorizar solo Universidades con fines de calidad.
Creemos que si los modelos de gestión educacional estuviesen orientados a privilegiar la calidad, por sobre otras consideraciones, la sensación ambiente sería totalmente distinta. También creemos que la forma de sofocar esta revolución es inculcar principios éticos en la gestión empresarial. Los propios empresarios tenemos la responsabilidad de respetar el “fair play” y denunciar a los pocos inescrupulosos que han contaminado la gestión con malas prácticas. Y por supuesto, que tenemos la responsabilidad de orientar nuestros esfuerzos a lograr productos de excelencia, en cualquier ámbito de acción. Esta es la única forma de construir una sociedad sustentable. De allí la necesidad urgente de incluir la formación valórica en los contenidos esenciales y a la edad más temprana posible.
El mensaje debe ser fuerte y claro: El fin no justifica los medios.

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